Los situacionistas planteaban que caminando sin rumbo se llega a zonas neurálgicas de la ciudad y es lo que parece acontecer en este libro. El protagonista (y también narrador) sale a caminar, y aunque en literatura no es posible separarlos cuando son un mismo ente, Galende teoriza sobre aquella posibilidad. “Se podría decir que el personaje sabe adónde se dirige, pero el narrador tiene muy poca idea sobre eso”, dice Galende, quien rescata la idea de un amigo sobre que “una novela es una pequeña teoría encubierta”.

El libro dialoga con la novela Mis dos mundos del argentino Sergio Chejfec y Wanderlust, una historia del caminar, de la ensayista estadounidense Rebecca Solnit. Al menos dos de los libros que el autor reconoce lo inspiraron. Más allá, aparece borrosamente Sebald y Los anillos de Saturno, aunque para cualquiera no debe ser fácil situarse frente a la prosa zigzagueante de aquella novela, que deriva y vuelve impecablemente a una línea central sin perder el hilo ni la capacidad de narrar. De partida, Galende, autor de varios ensayos y profesor de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, duda de la palabra novela. Aquí parte de lo que conversamos una mañana de agosto en la misma calle de la que parte el recorrido de su libro:

Un género menor

En esta novela, si es que se puede llamar así, traté de hacer eso, una teoría encubierta que no tenía como desarrollar en otros géneros más interesantes que la novela, como el ensayo. Decidí decirlo en una novela porque era un género que se adaptaba bien a lo que yo quería contar. Como la novela, además de ser una teoría encubierta, es un género menor, no es que yo me ría de las novelas; me río de mí como alguien que pretende escribir una novela. Esa es otra deriva, la de alguien que se ha sometido al absurdo de querer escribir en un género que ya no da por ningún lado.

Las novelas tienen un período: nacen con El Quijote de Cervantes y terminan con Flaubert. Después de eso es muy difícil estar seguro de que lo que uno está haciendo, por más que narre, es escribir una novela. En ese sentido, nada me parecería más vergonzoso que ser tratado de novelista. Aunque la palabra académico no me gusta mucho más.

La ruta

La hice alguna vez, pero no completa. Conozco los alrededores de la calle Huelén y conozco la Quebrada de Macul, adonde llegué caminando. El resto, podría decirse que la propia distancia la fue inventando por mí, porque el camino es verosímil para llegar a Peñalolén –donde por lo demás ocurrieron tantas cosas­: ahí Blest Gana escribió Durante la Reconquista, ahí se pintó La vista de Santiago desde Peñalolén de Ciccarelli, y ahí se dirigieron las maniobras que terminaron con el gobierno de la Unidad Popular, o sea que es un rincón que superpone situaciones que también hablan de la memoria de este país—. También paso por Villa Grimaldi, unos pasos más debajo de donde Pinochet con sus patotas dirigía en su pésimo inglés las maniobras golpistas.

Escribir y caminar

Son muchos los que me han inspirado. El que a mí más me importa, y con quien de alguna manera esta novela dialoga, es Sergio Chejfec, que es para mí un narrador fundamental a quien admiro mucho. Por supuesto, también están esas 21 cuadras que caminan los personajes de Saer en Glosa, los libros de Thoreau, los de Stevenson, el gran ensayo de Solnit sobre el arte de caminar, los libros de Robert Walser, autor al que quiero mucho. Pero esa literatura de caminantes no es curiosamente aquello en lo que pensé cuando escribí esta novela. Quería ver si era posible mostrar pequeñas y ridículas situaciones visualmente puras sin la necesidad de auxiliarse con historias.

La podóloga

Es una pequeña historia aleatoria, porque en el fondo soy un cobarde y no me atrevería a servirle al lector una novela en la que no haya a la vez una pequeña historia. Me encantaría hacerlo. Esa es una especia de utopía, pero no tengo los recursos y me siento profundamente incapaz de hacer algo así.

Reglas

Me puse esas limitantes neuróticas que a veces se ponen los cineastas y se autoimponen los escritores, que no sé para qué sirven ni para qué son. Por ejemplo, no usar ningún nombre propio. No citar ningún libro ni ningún autor. Están, pero no los digo. Lo hice para forzarme a escribir en un registro. En ese sentido, la novela no se expone ni como una admiración de los caminantes urbanos ni como un elogio del caminante que ama la naturaleza. Thoreau, que camina por la naturaleza para perderse en un bosque de símbolos, o los admirados flâneurs de Benjamin que se pierden alegóricamente en la ciudad. A mí no me interesaban ninguno de esos dos caminantes. Me interesa caminar y ese sería mi lugar. En ese sentido, las caminantes a las que yo más admiro son las Madres y las Abuelas de la Plaza de Mayo, que desde hace cuatro décadas caminan exactamente por el mismo lugar.

El libro se lanza el jueves 30 de agosto a las 19 horas en el Archivo Nacional, Miraflores #50. Presentan la artista visual Natalia Babarovic, el documentalista Ignacio Agüero y el filósofo y ensayista Alfonso Iommi.