La Comisión se instaló frente a la casa del torturador. Con dos megáfonos gritaron: Nelson Lillo Merodio, torturador Covema; vive en John Jackson, La Reina; si no hay justicia, hay funa.

Luego, con la misma intensidad siguieron con los antecedentes: Lillo fue Comisario de Investigaciones, encabezó la Brigada Móvil en 1976, pasó a la Brigada de Asaltos en 1978; y asumió como Comisario de La Florida en 1980; participó de las torturas contra el ex dirigente sindical y militante del Partido Socialista, Marcel Carrasco; reconoció frente a la madre del integrante del GAP, Raúl Jaime Olivares, que había participado en la tortura y asesinato de su hijo; encabezó las torturas contra Elba Blamey Vásquez, en ese momento menor de edad; fue condenado por el ministro Mario Carroza a 541 días de presidio menor por la aplicación de torturas en contra de Cecilia Alzamora Véjares; y a cinco años y un día de presidio mayor por el asesinato de José Eduardo Jara Aravena; ambos interceptados por un grupo de civiles armados, que los llevaron, primero, hasta el Cuartel Borgoño, y después a una casa de seguridad en Ñuñoa; espera segunda instancia del proceso judicial en libertad; fue dado de baja de la PDI por su ineficiencia en el caso conocido como los “psicópatas de Viña” (1980).

Pero antes que la funa tomara lugar, Juan Saravia se subió a “El Soviet” (como le llama al destartalado Opel rojo que maneja) para hacer un recorrido de reconocimiento.

Aún no eran las 11:30 del domingo cuando se alejó del la estación de metro Príncipe de Gales, en La Reina, donde comenzaba a tomar forma la “Comisión Funa” de la jornada: el grupo de personas que desde hace más o menos 20 años van a las casas u oficinas de quienes violaron derechos humanos en dictadura y que hoy están libres o esperando procesos judiciales. El objetivo es que el barrio sepa qué hizo el vecino al que la comisión apunta.

Saravia, vocero del grupo, era de los pocos que sabían del funado. Tratan de trabajar así, sin que se mencione siquiera el nombre por teléfono, al menos hasta que comiencen a caminar hacia el lugar. Hacerlo sería poner en riesgo a los convocados (familias enteras, jóvenes, niños, adultos mayores). Pero Juan conocía el nombre, el RUT, lo que el sujeto había hecho en dictadura, y la dirección donde hoy vive. Fueron, por lo bajo, dos años de investigación, y dos meses de estudio de sus hábitos. Sabiendo eso, se subió a su auto y manejó por Tobalaba hacia el oriente, dobló a la izquierda por La Cañada, y siguió por Ramón Laval hasta Príncipe de Gales, que los domingos funciona como Ciclorecreovia. Y allí, mientras esperaba la luz verde para avanzar, vio cómo del portón en calle John Jackson, salía una camioneta gris.

-Ahí está. ¡Ahí está!, toma, graba con el teléfono -dijo Saravia inquieto, a la vez que sacaba su celular del bolsillo-. ¡Grábalo, grábalo! -repitió extasiado.

Avanzó lento. Pudo verlo desde atrás: pelo gris y corto. En el asiento del pasajero, una mujer. En la curva obligada de Jack Johnson, Saravia giró en U, mientras la camioneta gris lo adelantaba hacia el oriente.

-No importa si no está en su casa -dijo Juan Saravia después-: nosotros queremos que sepan del asesino que está en el barrio.

Volvió rápido hasta estación Príncipe de Gales. Bajó del auto, le contó a unos pocos lo que había visto, mencionó que alcanzó a grabarlo, y esperó hasta 12:02 para subir a una banca y dar agradecimientos a los asistentes, al Colectivo La Mecha (comparsa de vientos y percusiones); y las medidas de seguridad.

Contaron 105 personas. Todas escucharon, primero a Saravia, y después a Julio Oliva, otro vocero de la Comisión que dio instrucciones:

-El lienzo de la funa va adelante – Y entonces, mientras se desplegaba el lienzo, aparecía en grandes letras rojas el nombre del funado: Nelson Lillo Merodio. Después, en color azul, se leía COVEMA (Comando Vengadores de Mártires) y TORTURADOR. A la izquierda del papel, una estrella roja y la firma: Comisión Funa.

Pasado el mediodía el grupo empezó a caminar. De algunas mochilas salieron folletos informativos en blanco y negro: nombre, rut y dirección de Nelson Lillo, y algo de lo que había hecho.

Un equipo de avanzada pegaba los papeles en paraderos y árboles, los dejaba en los autos, y los repartía entre automovilistas y transeúntes que pasaban o se asomaban curiosos. De fondo sonaba: “¿Qué dirá el Santo Padre / que vive en roma / que le están degollando / a sus palomas?”.

12:30. La Comisión, a la altura de The Grange School, comenzó a ser seguida de cerca por tres policías en bicicleta. Cinco minutos después, las más de 100 personas llegaban a la esquina de Príncipe de Gales con John Jackson. Al unísono cantaban: “Alerta, alerta, alerta vecino / al lado de su casa vive un asesino”. Y todos los que estaban en sus casas salieron a mirar, excepto Lillo.

Mientras la mayoría leía, otro grupo pegaba rápido el lienzo principal en la casa de Lillo, además de otros 84 folletos en todo el frontis; también volaron aviones de papel hacia el techo y antejardín. Alejandro, vecino que se asomó a ver lo que pasaba, dijo no saber mucho de él, que siempre lo veía lejano, con poca conversación barrial.

-Debe ser por eso, quizás la culpa no lo deja -contó antes de pegar él mismo uno de los papeles en la casa.

En total, la intervención duró poco más de 10 minutos. Con el mismo ánimo, el bloque caminó por Príncipe de Gales hacia el poniente. Cuando finalmente llegaron a la estación de Metro, Julio Oliva reflexionó con voz pausada:

Si la justicia existiera, nosotros no existiríamos. Pero existimos, y quiero que demos un fuerte aplauso por todos los que ya no están.

Entonces el grupo aplaudió, y la funa se acabó.