Conocí a Cossete el 2007, cuando vino a hacer turismo a Chile con un grupo de amigas. Salimos en grupo a tomar unas cervezas y bailar, sin mayores expectativas, y sin imaginar lo que el futuro nos tenía preparado. Intercambiamos contactos y regresó a Perú. Comencé a escribirle hasta que se hizo hábito, entre bromas nos fuimos conociendo, viajé un par de veces, ella vino también a visitarme, y el amor comenzó a nacer.

Regresé a Perú el 2008 y pololeamos. Me enamoré de sus ojos transparentes, de su mirada sencilla, su sonrisa amable y de su risa torpe, me enamoré de su esfuerzo, de su superación, el compromiso con su familia y su corazón sensible. Ella también se enamoró de mí.

Aquel año enfrenté por primera vez mis miedos y fui honesta con ella, tanto como me lo permitía ser conmigo misma: una noche de domingo, antes de dejarla en su casa, le conté que me travestía. Mientras salían las palabras de mi boca su rostro iba cambiando y, lo que había sido un domingo alegre, terminó cubierto de lágrimas. Le pedí perdón, por no ser el hombre perfecto que quería ser para ella, sentí enorme culpa, ella tuvo miedo, y nos despedimos con angustia en nuestros vientres. Pudo haberme visto como una persona enferma, o reprocharme haberle hecho perder tiempo en una relación sin futuro; pudo haber revelado mi secreto; pero no lo hizo. Cossete me amaba.

Seguimos recorriendo juntas el camino, ella trató de entenderme; me miró con empatía. Fue entonces y sólo entonces que, por primera vez en veintisiete años, pude mirarme con empatía. El año 2009 le pedí matrimonio y me dijo que sí; el 2010 nos casamos y nos vinimos, felices, a vivir a Chile. Todo era perfecto y soñado. En un país nuevo, comenzando una vida nueva, viajamos mucho y, sin tantos amigos, ni familiares, tuvimos más tiempo para pasar juntas. Mientras estuviéramos de la mano, Alejandro y Cossete, el mundo estaba completo.

Son momentos así los que queremos que duren para siempre, pero la gran constante en la vida es el cambio y yo, aunque no podía admitirlo, estaba cambiando. Fueron pequeños pasos como afeitarme, perforarme las orejas o darle forma a mis cejas, que se fueron sumando con otros y el apoyo de Cossete fue virando hacia cuestionamientos: si sólo se trataba de  travestirme ¿por qué estaba cambiando tanto? ¿por qué me dolía regresar a mi rol masculino?

Cada paso que daba me hacía feliz, con cada cambio me sentía más cómoda, cada día me pesaba más ocultarlo, hasta que llegó el punto en que fue innegable para las dos. Siempre lo supe, pero nunca había podido admitirlo, por el estigma que cargan esas palabras. Fue una noche de verano en que discutíamos que lo dije: “tal vez soy transgénero”; y una vez dicho, no puedes volver atrás.

No puedo imaginar lo duras que fueron esas palabras para ella. Momentos como ese golpean tu presente, destrozan tu futuro y resignifican tu pasado. Peleamos algunos meses en ese remolino inicial, pero entre las discusiones, Cossete pudo verme más allá del estigma, sentir mi angustia y mi dolor, y decidió que, aunque le doliera, iba a apoyarme.

Transitar fue muy duro. Los miedos acumulados por 35 años me acompañaban en el viaje, la marginación y el rechazo acecharon todo el camino, mi mundo se tambaleaba y, cuando parecía que iba a caer, la roca que me sostuvo fue Cossete. Mientras me amara, no estaba sola.

Lloramos juntas muchas veces en el camino. Ella me dijo que no sabía si podría seguir conmigo, ni qué pasaría entre nosotras, pero me prometió que iba a darlo todo para que nuestra relación funcione. Yo sabía que iba a ser difícil, pero me aferré a la esperanza de que nuestro amor sobreviva la tormenta.

Terminamos de recorrer este camino de la mano y, superada la tormenta, nos abrazamos y festejó conmigo.

Los siguientes meses viví un sueño, por fin podía ser yo misma al lado de la mujer que amaba; pero, mientras festejaba y compartía mi alegría al mundo, no pude ver algo: Cossete no estaba siendo ella misma.

No fue hasta hace poco que pude sentir su dolor, tal vez se lo guardó para ayudarme, tal vez fui yo quien no pudo verlo: Alejandro, aquel hombre que alguna vez amó se había ido, sus sueños con él estaban rotos y su partida dejó un vacío que, como Alessia, no puedo llenar.

Yo era una persona distinta, el mundo nos veía distinto y, para poder seguir a mi lado, Cossete se había convertido en alguien que no era. Por más que la amé, no pude ser un hombre cis; por más que me amó, no pudo ser lesbiana.

Vienen días duros, nuestros caminos se separan. Sin saber qué me espera mañana ni qué nos depara el destino, recuerdo aquella tarde en que amé a Cossete y sé que todo valió la pena.


Ingeniera industrial y activista en diversidad