A Manuel Guerrero que siempre nos da pistas

En vísperas de una nueva conmemoración del asesinato en masa del pueblo de Chile llamado Golpe de Estado de 1973, las voces dentro de la denominada izquierda han declarado que los DDHH parecen asumir un valor absoluto que no admite “contexto” alguno que permita relativizar, en cierto modo, su importancia.

Sin embargo, concebir el carácter a-histórico de los DDHH trae sus paradojas: las intervenciones imperialistas frecuentemente usan el argumento de la defensa de los DDHH para, denunciar a un cierto tirano y así ejecutar su saqueo; a la vez, quienes hayan sido víctima de dicha intervención realizada en nombre de los DDHH también pueden denunciarla en función de la violación sistemática que tal intervención ha producido de los DDHH mismos.

Como se ve, no se trata que los imperialistas “mienten” –tesis demasiado simple- sino que hacen uso del formalismo de los DDHH, al igual que lo hacen aquellos que resisten a dicho imperialismo. Ello muestra que, lejos de asumir un carácter absoluto, éstos son siempre “relativos” a los diversos lugares de enunciación porque están siempre en disputa histórica y política.

Como una previa al 11 de septiembre de 2018, ha circulado el término “contexto” fetichizado, tanto por el oportunismo de derechas como por el moralismo de la izquierda, la paradoja en la que nos encontramos es que la apuesta por construir una concepción histórica y política –por más equivocada que esté- parece hallarse del lado de la derecha. La voz de la izquierda parece haber renunciado a la historia y, en una posición que reivindica el aspecto moral, ha dejado de lado la reflexión política (al “contexto”) ofreciéndole ese terreno a las derechas.

Desde las izquierdas se ha prescindido del “contexto” al precio de despolitizar el debate; desde las derechas se ha argumentado desde el “contexto” al precio de relativizar la catástrofe. Ambas alternativas, con o sin la intención, tienden a la misma neutralización: sea para inscribir un principio abstracto que des-historiza la realidad política (Gabriel Boric), sea para “contextualizar” una historia en la que se supone está de suyo determinada por “causas” claramente definidas que muestran el “empate” proveído por la historia (Lucía Santa Cruz).

Si la neutralización operada tanto desde el moralismo de la izquierda como desde el relativismo de las derechas puede ser vista como parte de un dispositivo, de un “montaje” –para usar esta palabra de moda- que la propia racionalidad aún logra instalar para impedir su desactivación, para contener las fuerzas que exigen su destitución, entonces el trabajo del pensar resulta no sólo urgente, sino además decisivo sólo si es capaz de atravesar ese último “tapón” impuesto por la dictadura para impedir pensarla. Y sólo podremos hacerlo si atendemos la materialidad de los procesos y las racionalidades mortíferas que actuaron de consuno. No para llegar a un “consenso” histórico, sino para ser capaces de actuar y pensar políticamente en el presente.

Necesitamos de la historia, pero no para “museificar” el pasado, no para reprocharnos lo que no fuimos, lo que no pudimos hacer, no para convertirla en un confesionario abierto que escuchará eternamente nuestras culpas para una eventual expiación. Necesitamos del pasado para infundir de epifanías las luchas del presente. Recordar no puede ser un trabajo muerto, sino un trabajo vivo que intensifique la creación de nuevos lazos tanto a nivel espacial como temporal: “espacial” articulando diferentes territorios más allá de las divisiones que han imperado históricamente; “temporal”, posibilitando una relación con otras generaciones cuyas luchas siguen vivas en la memoria.

Los DDHH no pueden ser vistos irreflexivamente por una apuesta de izquierdas simplemente como un referente abstracto con efectos de neutralización. Mas bien, tendría que posibilitar una reflexión histórica y política de los mismos, mostrando sus límites (la denodada defensa de la propiedad privada que éstos suponen al instalar la idea de que la vida es sagrada), pero a su vez, sus potencialidades que sólo pueden cristalizarse en las prácticas de lucha que, a su vez, pueden ir más allá de los DDHH y posibilitar otros “derechos” tan decisivos como fundamentales (la autodeterminación, derechos comunes, etc).

Apropiarnos del relato histórico implica ir más allá de los DDHH donde espera, silente, la política. Pues, tal como indicó Marx y posteriormente Arendt, los DDHH son insuficientes (lo cual no significa desecharles de antemano). Mas bien, ambos invitan a un uso crítico en el que se impida su deriva neutralizante, tal como está sucediendo en el “debate” actual. Pues nadie se mueve por una abstracción, ni la derecha ni la izquierda. La política no pasa por el “amor a la humanidad”, sino por la insurrección de los cuerpos a una situación singular. No necesitamos a los DDHH para ofrecer un relato “moral” –quizás, si somos más creativos, simplemente no necesitemos a los DDHH- sino para darles un uso crítico que nos permita actuar políticamente e impugnar a los poderes de turno.


Académico, Universidad de Chile