Lo que pocos destacan de la novela Frankestein o el moderno Prometeo, escrita en 1816 por una joven Mary Shelley, es que la amenaza que el monstruo hiciera a quien le dio vida le impuso como condición que creara un igual demoniaco que hiciera las veces de mujer. Jugando una vez más a ser Dios, Victor Frankenstein se liberaría de los males que el monstruo irrogaría en su contra por medio del estrangulamiento de sus más queridos. El argumento que apoyaba la petición descarnada de la criatura es que lo que le faltaba para vivir sin resentimiento hacia los humanos que lo rechazaban por su deformidad, era ser comprendido por un otro con el que pudiera sentir la felicidad de ser amado. Esta falta expresada en la necesidad de un amante comprensivo es lo que a la misma Shelley la llevó a escribir esta novela sin final feliz luego de experimentar la pérdida de su bebé de apenas unos pocos años de nacido. En el filme Mary Shelley (2017) se muestra como un intenso y solitario duelo condujo a quien fuera una lectora voraz a adentrarse en la escritura de tintes góticos introduciéndose en el profuso campo configurado por la pregunta de qué es lo que falta para vivir libremente.

Siguiendo más radicalmente la estela que, hace más de tres siglos, dejó la novela Frankestein, la última entrega del cineasta francés François Ozon, El amante doble (2017), muestra a una mujer de 25 años llamada Chloé que, por padecer inexplicables dolores de estómago, es aconsejada por su ginecóloga de someterse a un tratamiento psicológico. Es así como tan solo unas pocas escenas le bastan a Ozon para resumir magistralmente la historia del misterio que llevó a que el lavado vaginal que fuera aplicado por ciertos médicos en la época victoriana a mujeres con los mismos síntomas, fuera reemplazado por sesiones de psicoanálisis que lo que mostraban era la liberación de los sofocantes amarres del concepto de enfermedad con los que eran tratadas las mujeres que sufrían de este mezcla de pesadez abdominal, pérdida de apetito e irritabilidad. Con el objetivo de “curarse” no sólo de su dolor sino que de la falta de historias amorosas memorables, Chloé inicia un tratamiento con el psicoanalista Paul Meyer. A partir de ahí, vemos cómo reacciona rápida y positivamente al mísero puñado de palabras que el psicoanalista pronuncia en las sesiones en las que ella relata en primera persona su biografía. Hasta que en la sesión que funciona como punto de no retorno le expresa al psicoanalista su temor de que producto de la desaparición de su dolor abdominal no tenga motivo para seguir viéndolo. Paul, cargando con todo el estereotipo existente a este respecto, ante la expresión de dicho temor confiesa que se involucró afectivamente con ella. De ahí en más el filme pega un salto mostrando la relación entre ambos que se inicia con la mudanza a un hogar común en el que el único diferendo parece ser la existencia del gato de Chloé llamado Milo.

Sin embargo, el dolor abdominal vuelve a aparecer cuando ella comienza a sospechar que él le oculta algo, cuestión que impacta en la forma de realización del acto sexual; la mirada de Chloé se mantiene perdida mientras Paul encima de ella la penetra cariñosamente. La histeria de Chloé que en más de una oportunidad le pregunta a su pareja si cree que la padecela lleva a introducirse en un enredo que no sabemos cuánto de sueño erótico y cuánto de realidad tiene. De este modo comienza una relación paralela con otro psicoanalista, Louis, que según cree sería el gemelo que por alguna extraña razón Paul desconoce. Lo perverso es que Louis tiene todo lo que a Paul le falta; es un semental cuya terapia, tal como en la época victoriana, consiste en lograr que Chloé tenga un orgasmo. A propósito del relato que Louis le cuenta a Chloé, hacia el final de una de sus excitantes sesiones sexuales, acerca del especial origen genético del gato Danton con el que convive, el filme da un giro en torno al mito del “gemelo caníbal”, ese que en el periodo de gestación absorbe al feto más débil impidiendo que se transforme en su futuro gemelo.

Lo interesante del título del filme que alude al sujeto con el que Chloé sostiene una relación amorosa, es que en francés el término “double” quiere decir no sólo copia, sino que superación de un estado anterior. Lo que lleva a pensar que la histeria expresiva de un trauma que reprime Chloé lo transfiere a su relación con Paul en la forma de la creencia de que algo falta, al punto tal que solo en la medida en que la historia de los gemelos se disuelva, superando el trauma,  Chloé podrá vivir con Paul tal como el monstruo creado por Frankenstein reclamaba para sí, esto es libremente en compañía de un comprensivo amante.


La mirada de los comunes