Cuando hablamos de libros infantiles –sobre todo de aquellos dirigidos a la primera infancia -nos encontramos a menudo con una amplia oferta de libros simplones, colorinches y poco respetuosos de la sensibilidad de los niños. Son obras que los subestiman porque usan sus recursos de forma torpe, sosa y evidente; lo que se reconoce en la pobreza literaria de los textos y la baja calidad artística de sus imágenes. Peor aún, estas publicaciones suelen intentar compensar lo anterior con recursos efectistas como brillos, sonidos, relieves o troquelados sin un sentido claro al interior de la obra. Son libros que pueden resultar atractivos en una primera mirada, pero que no les brindarán a los más pequeños una experiencia significativa y perdurable en el tiempo.

Como adultos que acercamos el mundo y los libros a nuestros niños, debemos estar conscientes de que nunca es demasiado temprano para ofrecerles experiencias literarias de calidad. Los pequeños lectores están capacitados desde los primeros meses de vida para valorar las cualidades estéticas de un texto bien construido -con sus sonoridades, ritmos, pausas y silencios- y de hacer una lectura aguda y creativa de las imágenes.

A pesar del panorama poco alentador, hay varias editoriales nacionales que están haciendo un trabajo cuidado e interesante en la medida que no subestiman al lector inicial ni al mediador adulto que lo acerca por primera vez a un libro. En ese contexto destaca la obra El niño que cuenta hasta el infinito, de la connotada artista nacional Francisca Yáñez, editado en 2017 por Ulla Books, una naciente editorial chilena cuyo lema es “Libros inteligentes para niños inteligentes” .

El niño que cuenta hasta el infinito es difícil de encasillar. No es propiamente un cuento, ni un libro de primeras representaciones que vaya nombrando objetos, ni tampoco un libro para que los primeros lectores aprendan a contar. Tiene un poco de todo lo anterior: nombra, muestra y cuenta. Transita de lo simple, concreto y medible -“Una nube. Una cabra. 2 ciclistas. 4 buenos amigos”- a lo complejo, incontable y poético -“Las vueltas del remolino, Cuánto extraña a su abuelo, Cuánto amor cabe en mamá, Los sonidos que escucha por las noches”. Esta transición se realiza en una historia de nunca acabar en que el protagonista pasa de la vigilia al sueño y del sueño a la vigilia contando objetos, elementos y seres de su entorno. En ese sentido, el libro caracteriza lúcidamente el juego de las repeticiones que tanto atrae a los niños y fatiga a los adultos.

En sus aspectos materiales, el formato, el diseño, y el trabajo de las imágenes son finos y bien logrados. La circularidad del relato (sueño – vigilia) es acompañada coherentemente por el formato de acordeón en cartoné, que el pequeño lector puede desplegar en toda su extensión, o leer por el derecho o el revés. Esto agrega la posibilidad del juego a su experiencia de lectura.

La técnica de las imágenes es mixta, y simula una combinación de recortes, collage e ilustraciones en carboncillo sobre papeles con diferentes granos y texturas. También están presentes en este juego de apariencias la acuarela, el papel reciclado, los diseños textiles y algunas puntadas de costura. El resultado es una obra que ofrece una rica experiencia y que invita al lector a tocar, a experimentar la realidad de los relieves y texturas, y a afinar los sentidos para percibir la riqueza sensorial de su entorno.

Los especialistas en fomento lector recomiendan exponer a los niños siempre –pero sobre todo en sus primeros seis años de vida– a una gran variedad de estilos, géneros y formatos literarios y artísticos, que enriquezcan su acervo cultural, aviven su curiosidad y creatividad, y alimenten su repertorio de percepciones y experiencias estéticas. Este libro es una buena oportunidad para hacerlo.

El niño que cuenta hasta el infinito

Francisca Yáñez

Ulla Books

32 páginas

Precio de referencia: $13.900

A partir de 0 años

 


María José González y Constanza Ried, Fundación Entrelíneas