El primer misterio

No recuerdo si fue un par de semanas o un par de meses después de grabar la escena, tal vez más tiempo, cuando recibí una llamada telefónica. Era Ricardo Palma; quería reunirse conmigo. Si yo estaba de acuerdo, me esperaría en su departamento junto a su familia. Cuando llegué, me encontré con Asmara, su esposa, venezolana, sus hermanos José y Patricia, y Alejandra, hija de Leonor, quien no estaba presente. Pablo, el mayor de los hermanos, tampoco asistió y yo no pregunté el motivo.

La razón de la reunión, me explicó Ricardo, era pedirme ayuda para encontrar más antecedentes en torno al crimen de su padre.

Les pregunté si lo que Jorgelino había anotado en el papel eran los nombres de los asesinos de su padre. Luego de mirar a José y Patricia, Ricardo me respondió pausado:

—Sí, son nombres de agentes de la DINA que trabajaron en el cuartel Simón Bolívar. Están en manos de la justicia.

Les expliqué que dar con otra confesión como la de Jorgelino sería muy difícil, pero que, dado que tenía acceso al expediente de la causa, podía hacer perfiles de los supuestos asesinos. Si eran agentes del cuartel, entonces era posible que aparecieran vinculados a otros episodios criminales, confesados en la causa judicial, luego de que Jorgelino los delatara. Estuvieron de acuerdo. Ellos me ayudarían en esa labor. También hablaría con Jorgelino, quizás podría darme detalles para hacer un cuadro más completo.

Así lo hice. Tiempo después lo ubiqué y accedió a colaborar. Al pedirle detalles en torno a la estadía de Daniel Palma en el cuartel Simón Bolívar, me di cuenta de que al papel le faltaban nombres. Antes de asesinarlo, Jorgelino recordaba dos sesiones brutales de torturas que involucraban a otros agentes. Entre ellos, también aparecían mujeres.

La última vez que lo había visto vivo, recordaba, estaba desnudo y amarrado a una silla, en la cancha de baby fútbol del cuartel, mientras un grupo de agentes le daba patadas y puñetes, además de golpes con un palo para aplanar tierra. Según Jorgelino, tanto había gritado Daniel, que un vecino, a su vez, gritó desde el otro lado de la pandereta para que detuvieran la tortura. Lo dejaron moribundo, tirado en el piso, hasta que Jorgelino, luego de un rato, comprobó que había muerto. Recordaba que, después de ese evento, los tormentos a otros detenidos comenzaron a ser acompañados con música a todo volumen.

Creo que fue cuando me reuní con los hermanos Palma y Alejandra para contarles el macabro hallazgo, que la voz pausada y el tono cansino de Ricardo dieron paso a un llanto explosivo, imposible de contener, como si la escena grabada de El Mocito hubiese sido parte de un acto de voluntad que, en ese momento, cedía frente a otra voluntad, una mucho más profunda, sin control.

—De todas formas, al Mocito yo le creo la mitad —me dijo áspero, Ricardo, luego de calmarse—. Sé que esconde mucho y que se cuida también.

***

En reuniones periódicas que se extendieron durante un año, seguí aportando antecedentes a la familia Palma y ellos me fueron contando parte de la historia de Daniel. Por ejemplo, que entre 1940 y entrada esa década, fue el secretario general de las Juventudes Comunistas, entonces una fuerza bullente producto de un movimiento obrero y campesino que crecía en muchos de los rincones más explotados de Chile. También que Daniel se había fraguado en las minas del norte, como un chico pobre, responsable, extraordinario dirigente, con la fuerza para organizar a una gran cantidad de mineros. Un caudillo que llegó a concentrar una cuota importante del poder comunista de esos años y que, luego de ascender desde la juventud a la militancia de su partido, continuó entre los máximos dirigentes.

Ni Ricardo ni sus hermanos sabían exactamente el cargo de su padre al año 50, cuando la dirigencia decidió expulsarlo del partido. Era el tiempo de la Ley Maldita, me explicaron, dictada por el presidente de la República de entonces, Gabriel González Videla, quien eliminó a los comunistas del padrón electoral. De un día para otro fueron perseguidos políticos, relegados, y sus autoridades pasaron a formar parte de un cuerpo clandestino. Efectos de la guerra fría. En medio de ella, un grupo de militantes, entre los que se encontraba Daniel Palma, había integrado una facción interna, partidaria de dar la lucha armada en contra del “gobierno burgués” y así lograr la revolución al más puro estilo soviético. Se habían enfrentado a la línea ofcial del partido, jugada en el intento de lograr alianzas con otras colectividades pertenecientes a la izquierda y al centro del espectro político. “Reinosismo”, en honor al díscolo dirigente comunista Luis Reinoso, se denominó al grupo de “ultrosos” que había intentado formar un gobierno paralelo dentro de la organización.

—Según todos nosotros, mi padre fue expulsado del Partido Comunista más o menos en el 50 y nunca volvió a militar. No se lo permitieron y él tampoco los buscó —me explicó Ricardo durante esos días—. De hecho, luego formó parte de otros movimientos políticos. Por ese motivo fue muy extraño ver que en 1976 hubiera sido asesinado en el cuartel Simón Bolívar, junto a una parte de la máxima dirigencia del partido.

Era extraño. Si Daniel había sido expulsado, entonces ¿por qué cayó en el centro de exterminio Simón Bolívar junto a una parte de la dirección clandestina del Partido Comunista? La lógica más precaria indicaba que luego de su expulsión, en algún momento, quizás durante la dictadura de Pinochet, había vuelto al partido de sus amores.


El Desconcierto