Hoy, jueves 6 de septiembre, se celebra el día mundial de las aves playeras. La fecha, que probablemente pasa desapercibida en la mayoría de los calendarios, constituye una bandera de advertencia para un hito sagrado de muchas especies, la migración.

Y es que cuando hablamos de aves playeras, tenemos un gran territorio que abarcar, que proteger y resguardar, y que tiene como base la estacionalidad.

La migración, de hecho, es clave para la mayoría de estos animales, así como para gran parte del ecosistema vinculado al océano, que fluye en una interminable red de ciclos y procesos complejos, como el vaivén constante pero abrupto del oleaje.

Sin duda Chile, con sus más de 6 mil kilómetros de línea de costa, debiese ser una nación relevante en cuanto a políticas de borde costero. Se subraya el “debiese”.

Avances hay, como la declaración de áreas protegidas (donde se destacan las turísticas Isla Damas-Los Choros y Pingüino de Humboldt); iniciativas privadas de conservación; y la adhesión de Chile a la Convención Ramsar, que busca proteger humedales de importancia internacional como hábitat para aves acuáticas migratorias, entre otras especies.

El país ha declarado en esta categoría apenas a 13 sitios, abarcando una superficie protegida de 371.761 hectáreas, lo que parece poco para tanto estuario presente, más aún cuando la necesidad de proteger y conservar es un hecho cierto.

Sin ir más lejos, y para reforzar lo anterior, esta semana se descubrieron en Tunquén numerosas trampas utilizadas para capturar aves nativas para su venta. Un negocio no sólo miserable, sino también ilegal. En este sentido, el anunciado Plan de Protección de 40 humedales prioritarios a escala nacional, del Ministerio del Medio Ambiente, esperamos, también sea un aporte a la necesidad de proteger humedales y aves.

Pero el problema, específicamente con la migración, es que a veces percibimos los cambios y alteraciones demasiado tarde. El ciclo puede interrumpirse de un año a otro, cuando el hábitat ya se encuentra afectado. O bien tenemos un enfermedad silenciosa, sin ningún síntoma aparente, pero que con el paso del tiempo nos hace llegar a ese umbral sin retorno. De pronto, las aves no vuelven. No se reproducen. Deben forzar otra ruta. Ello es un bioindicador, también, de que la salud del humedal y su agua no están bien, nada refleja mejor la calidad del agua como la alta riqueza de flora y fauna en ella.

En todo esto juega un rol clave la investigación. Los datos y la información asociada son extremadamente vitales. Sí, así de hiperbólico como suena.

Afortunadamente para nosotros existe interés en la ciudadanía. La Red de Observadores de Aves y Vida Silvestre de Chile (ROC) y AvesChile (Unión de Ornitólogos de Chile), entre otros, merecen mención honrosa y el premio mayor. Desafortunadamente, estas se basan en el interés de particulares: fundaciones, ONG, agrupaciones, etc. Y digo desafortunadamente, porque muchos aspiramos a que este tipo de iniciativas sean también del interés del Estado, pues es el Estado y sus órganos, los que deben velar por el resguardo a la fauna y a la flora.

Lo anterior repercute en una gran desprotección sobre estos sistemas, muchos de los cuales permanecen en el total anonimato y, muchas veces por problemas de educación, terminan siendo vulnerados y destruidos por las poblaciones aledañas.

Quizás allí esté la llave del éxito: educar y empoderar a las comunidades locales para que puedan resguardar su territorio. Pero nuevamente, la labor del Estado en esto se lee entre líneas.

Nuestra relación con las aves es icónica, pues debido a sus características, pueden servir para representar la salud de nuestro entorno. Con un país tan generoso en costas, debiera ser generosa y estrecha nuestra relación con estas aves y nuestras acciones para protegerlas. Chile país costero debiese ser sinónimo de aves playeras.