¡Le ganamos la batalla con un lápiz! Así reza un titular del legendario Fortín Mapocho que, junto a diversos testimonios, hoy viaja por las redes sociales. Es un rito de conmemoración, llamado “la fuerza del lápiz”, de aquel plebiscito que nos llenó de esperanza y nos marcó la vida, hace 30 años.

Mejor dicho, nos cambió –o eso quisimos- las crueles marcas de la dictadura por lo que creímos sería la marca de una mutación social y política fundamental: la democracia; que si bien no podría borrar lo imborrable, nos permitiría pasar de la categoría de prisioneros desprotegidos y pateados, a la de ciudadanos con derechos, amparados por la ley. Después de años de lucha, al principio desde el silencio y la comunicación clandestina, y luego a través de medios diversos, con reuniones más abiertas, manifestaciones en las calles; con canto, danza, publicaciones, panfletos y franja en la tele, teníamos la posibilidad concreta de terminar con un modelo de sociedad aplastada por una cruenta y oscura tonalidad verde-azul-gris, y reemplazarlo por uno que incluiría todos los colores del arcoíris. Y no lo haríamos con bombardeos, tanques, fusiles ni metralla; sino con un lápiz: un sencillo lápiz de grafito con el que marcaríamos una decidida rayita vertical, atravesando la horizontal del NO para tarjar ese interminable SÍ de pesadilla, definitivamente.

Esos millones de rayitas que dijeron NO a la dictadura, el 5 de octubre de 1988, marcaron un hito en Chile, sin duda, que amerita conmemorar y rememorar, sea con rituales millennial o con otros más antiguos. Porque marcaron un hito de esperanza en un pueblo desangrado. O más exactamente, marcaron un hito de ilusión en un pueblo iluso. Creímos que ese lápiz sería una varita mágica y poderosa, que iba a dibujar el comienzo de una época de pan, trabajo, justicia y libertad.

La alegría ya viene. Eso dijeron, eso creímos.

Recuerdo ese día, no como si fuera ayer; sino como un sueño, un dejà vu o un cuento de hadas: aún no amanece; una mujer joven y un hombre joven, tomados de la mano; con orgullo, el corazón acelerado, pies decididos y ojos serenos, atraviesan un terroso sitio eriazo, de ésos que abundan en Arica, rumbo al local de votación donde deben llegar muy temprano, porque serán apoderados en un plebiscito que cambiará la realidad de su país. Han dejado a su hijita de cuatro años al cuidado de otra persona, no para ir a cumplir con ese deber cívico de antaño, que ninguno de los dos alcanzó a conocer; sino para ser consecuentes con una convicción moral y un anhelo por el que han trabajado, organizado y cantado durante toda su vida adulta. Cuando la niña despierte no los verá junto a su cama como todas las mañanas; pero no importa, porque ésta no es cualquier mañana: ellos van camino a cambiar la historia. Su historia. Ya no tendrá que cantar “vuestros nombres valientes soldados” cada lunes en el jardín infantil. Y cuando sea grande, no tendrá que cerrar la boca ni vivir con miedo.

Ganar batallas con un lápiz. Cambiar realidades y paradigmas con un lápiz. Qué más quisiera yo: el lápiz es mi herramienta de trabajo, mi medio de expresión; lo que da sentido a mi vida, por cursi y cliché que suene.

También es una realidad el que a aquéllos que tenemos esta relación con el lápiz nos caracteriza la irreverencia y la porfía. Y además, la imaginación. Tal vez sea eso lo que nos llevó a escribir –y seguir escribiendo− una perseverante obra de ficción en que el poder de un lápiz le gana al dinero, a la ignorancia, a la manipulación, a la ingenuidad, a la indolencia.

Treinta años de la historia que “cambiamos” con ese preciado lápiz nos han demostrado, una y otra vez, que esa rayita no bastaba para obrar un cambio verdadero; que más se asemejaba a un lápiz delineador, de ésos para maquillar párpados en modelos de farándula, que uno capaz de escribir la historia de un pueblo que buscaba salir de la opresión. Algo logramos, sí; pero sólo salimos de una burda y sangrienta opresión militar para caer en otra más sutil, aunque no menos sangrienta. Los patrones de este lindo país esquina con vista al mar no se han ido ni tienen la menor intención de hacerlo; sólo cambiaron la fisonomía de sus sirvientes y uno que otro procedimiento de sumisión. No es mi ánimo ofender a las artes escénicas, por ningún motivo; pero lo que hicimos con ese lápiz, en realidad, fue un cándido bosquejo inicial de la escenografía de una obra teatral llamada democracia en la medida de lo posible. Una obra que más parece un espectáculo circense, con muchos payasos, pero sin comedia.

Puede que hoy los hijos de aquellos padres que tuvimos la ilusión de lograr la libertad no vivan presos del miedo a desaparecer, a las metralletas y la tortura. Quizá no tengan que andar arrancando por el mundo. De hecho, son cada día más quienes tienen la lucidez suficiente para no dejarse embaucar y se atreven a alzar la voz, lo cual celebro, casi esperanzada. Sin embargo, lejos de lo que esperábamos, el sistema político a que llegamos con la rayita de ese lápiz no nos garantizó pan, trabajo, justicia ni libertad; ni a nosotros ni a ellos. Porque quienes orquestaron el golpe militar lo hicieron con gran eficiencia. Porque lo único que este modelo perverso garantiza para el pueblo –es decir, los malabaristas del circo, los que venden alfajores en las graderías y los que piden limosna al lado afuera de la carpa− es inestabilidad, despotismo y abuso de todo tipo. Condiciones laborales y de subsistencia, posibilidades de educación, acceso a la salud, perspectiva de jubilación: todo lo que cabe en el manido y moderno concepto de “calidad de vida” es tan paupérrimo y abusivo para nuestros hijos como para nosotros. Sus derechos son violados a cada rato, igual que los de sus padres y los de toda la población. La diferencia es que ahora esas violaciones son menos obvias: no se basan en bandos militares, sino en la constitución y las leyes que fueron la “nueva orden” del último bando explícito.

Para qué hablar de la “verdad y justicia”, que, en lugar de sancionar a los responsables de aquella aberración, los premia.  Los encargados de impartir dicha “justicia” han discurrido algo así como un enroque jurídico entre el concepto de condena y el de impunidad, o un derecho humano más derecho y más humano que los derechos humanos que violaron unos seres que no merecen llamarse humanos. Si la tan mentada “reparación” fuese del guáter de su casa, serían ellos los que estarían nadando en mierda.

El problema fue no darnos cuenta de que el grafito se borra fácilmente con una goma cualquiera, sin dejar ni rastros. Tampoco se nos ocurrió que una tímida e ingenua raya con un lápiz de ésos ni se notaría al lado de la tinta con que habían garabateado el país –o “rayado la cancha”, para usar una expresión más propia del deporte político− los que escudaron sus trajes de fina confección tras los uniformes; los mismos que, desde antes de estos 30 años que conmemoramos, han ido acumulando poder y riqueza como el más hábil Rico Mac Pato. Ellos no necesitaban luchar por ninguna rayita, porque ya habían desparramado su tinta indeleble a todo lo largo y ancho de la larga y angosta faja chilena.

Qué cuento tan repetido escribimos con ese lápiz, no fuimos tan imaginativos después de todo: unos pocos poderosos –y sus herederos, que sí salieron ganando con el cambio histórico− juegan y se zambullen en mullidos cerros de monedas de oro, construidos y multiplicados por sus millones de asalariados y esclavos. ¿Suena conocido?  Podríamos decir que los sigue multiplicando el mismo pueblo iluso que creyó que con un lápiz podría dibujar libertad y justicia, y también sus descendientes, que, a diferencia de aquéllos, lo único que han heredado es perversión. Y seguimos perseverando con la rayita, sin embargo; aunque cada vez menos, con menos convicción y más desesperanza.

Con mayor o menor ignorancia, mayor o menor lucidez, entre todos nos encargamos de la mantención y vigilancia de esos cerros dorados: un pueblo sometido denominado “ciudadanía”, que va a “cumplir con su deber cívico” y elige al Señor Corales, porque la mayoría ya ha comprado, cual cliente con su tarjeta de crédito en ristre un domingo en el mall, todas las pomadas que los hábiles dueños de este circo extraen de sus bolsillos de payaso, como si fuesen albos conejos protectores sacados del más prodigioso sombrero del mago multicolor de la alegría.


Escritora y traductora