Nunca me ha resultado agradable leer a alguien arrogándose el bastión de la moral frente al resto de los ciudadanos. En mi caso, el imaginarme dando consejos o poniéndole el dedo demasiado a alguien invoca una suerte de paternalismo, sobre todo porque creo mucho más en la ética personal que en la moral puritana de partidos, sistemas políticos o de una religión. Sin embargo, me pidieron escribir una columna sobre los últimos eventos sucedidos en torno a nuestra memoria reciente. Es decir, en torno a eventos como el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, el Museo de la Democracia, la dictadura de Pinochet, su aniversario número cuarenta y cinco y, junto a ello, la actuación de ciudadanos ilustres, como el ex ministro de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, Mauricio Rojas, o la historiadora, Lucía Santa Cruz. Y claro, frente a ello, tengo una opinión. A pesar de que suene moralista y de que espere que no sea demasiado moralista.

Entre los últimos dichos y recados recogidos en Chile en medio de la batidora que se ha armado en torno a la posición ética frente a las violaciones a los Derechos Humanos, parto por uno de los últimos eventos: la defensa que hizo Mario Vargas Llosa al ex ministro Mauricio Rojas. No porque me sorprenda, sino porque siempre duele ver a un buen escritor con influencia mediática sin la brújula del buen sentido.

Me parece que, en la defensa de la democracia y las coplas al liberalismo, sin explicar más, alguien como Vargas Llosa también se puede transformar en una momia al lado de una bandera. Me explico: si él cree que la salida de Mauricio Rojas se debió solo a una operación mancomunada de aquella izquierda que le causa un terror, entonces quiere decir que, o bien se momificó, o que no entiende nada. Quizás, lo dijo por mantenerse vigente y tener opinión. No sé, pero resulta claro que cualquier asesor -que se nota le faltan si quiere ser opinólogo internacional-, le habría señalado que esto no fue una acción de una izquierda “que él creía reformada y democrática”, sino de algo mucho más amplio.

El rechazo a Mauricio Rojas y lo que dijo -sea cuando sea que lo haya dicho y sea cual sea el contexto-, fue algo insoportable para un ministro de Estado en el Chile de hoy. Aunque los fondos destinados a nuestra cultura, artes y patrimonio no lo reflejen así, en aquel ministerio los chilenos depositamos buena parte de nuestra confianza en lo que creemos deben ser las artes, las culturas y el patrimonio. Un Mauricio Rojas que había señalado que el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos era un montaje desvergonzado, mentiroso y manipulador, según buena parte de Chile no podía ocupar ese sillón. Ni una entrevista en el cuerpo de reportajes de La Tercera recién iniciado el incendio, ni un salvavidas divino, lo podía eximir ya de que una buena parte de la derecha, el centro y la izquierda, lo dejara caer.

Esto da cuenta de que, al parecer, en Chile sí se había ganado un espacio de memoria y un juicio crítico respecto de las violaciones a los derechos humanos en dictadura. Como, por ejemplo, que no existe espacio contextual para morigerarlas. Entonces, el imaginar un museo de los derechos humanos que antes de mostrar las muertes, desapariciones, torturas horrendas y todo lo asociado a ello, antepusiera el contexto de hostilidad previa durante el gobierno de “Allende”, se erigió como un colchón insoportable a todo lo que queremos decir como país respecto de la violencia de Estado. Y Ahí quedó nuevamente aislada la derecha más dura y conservadora de Chile.

Eso, Vargas Llosa no lo entendió. Pero no lo entendió porque no entiende Chile. Probablemente lo único cuerdo que ha dicho respecto de esta nación en el último tiempo fue el “esa pregunta no te la acepto” a Axel Kaiser, porque vio en él un salvavidas de plomo a la derecha que él quiere mostrar al mundo, aquella liberal en todo sentido, con las banderas de la revolución francesa y todo lo que le encanta de la ilustración.

Ahora, ¿cómo se vincula este “ranaso” con lo sucedido con Lucía Santa Cruz? Para hacerlo no podemos olvidar que ella es “el cerebro” detrás del Museo de la Democracia. ¿Y qué es el Museo de la Democracia? Un museo destinado a recalcar el papel de los políticos en los acuerdos post plebiscito y primeros años de la transición, acuerdos que permitieron la democracia que tenemos ahora. Suena bonito. Pero ojo, que desde el punto de vista de aquella moral que tanto le gusta enarbolar a algunos -aquella objetiva y puritana-, pueden salir muy mal parados. Si les gusta mirar las cuestiones con “contexto” -y en la política sin estados terroristas ni horrores de Estado qué contextualizar bien vale verlo-, entonces deberían hacer notar también toda aquella parte oculta que operó durante el proceso de transición que quieren llevar a la categoría de museo.

El presidente Sebastián Piñera podría pensar que saldrá beneficiado en un museo de este tipo debido a su labor de “bisagra”, durante buena parte de la “política de los acuerdos”. Un demócrata luchando contra sus propios congéneres para lograr mayores grados de democracia: desde algún punto de vista, un héroe. Claro, habría que morigerar un poco su labor si se contara que cuando hacía eso Pinochet aún ostentaba un sillón en el Parlamento, cuestión que su partido político y, probablemente él mismo también propiciaron. Todo aquello se dio en medio de largas conversaciones con ciudadanos como Piñera haciendo de recaderos y negociadores frente a su contraparte en la Concertación. Ahí campearon los buenos negociantes a distinto nivel conocidos por la opinión pública, y otros no tanto. Los Enriques Correas, los Tironis, los Krauss y los Boenningers, entre otros, modelando con la derecha lo que sería el nuevo gobierno: lo negociable y lo imposible de negociar, también.

En esas negociaciones y frente a ese país -dividido como estaba Chile-, se negoció mucho, y se acordó mucho. Las cuestiones que venían de la dictadura que se tocarían y las que no, por ejemplo. Educación, AFPS, Isapres, no estaban en cuestión. No se tocarían. A pesar de que había aspectos que, desde el punto de vista real, significaban aberraciones sociales para la mayoría de los chilenos y una contradicción valórica profunda para buena parte de la Concertación de Partidos por la Democracia. Es que, en la descomposición de la izquierda chilena producto de la renovación de los  socialistas exiliados en Europa junto a la caída del comunismo, se concluyó que en estos temas se podía ceder. Claro, la izquierda no sabía cómo hacerlo en materia económica, había fracasado, y este otro lote que tenía al frente, -derechistas y con el aval del Ejército en sus espaldas-, sí eran “efectivos” en esa materia. Habían violado los derechos humanos, pero había que reconocerles que esa “efectividad” en el manejo de las finanzas había generado empleos y sacar a Chile de la catástrofe económica producida durante el gobierno de Salvador Allende. Entonces se veía solo eso, la dicotomía enorme entre los sueños de una sociedad mejor y la pesadilla de una economía destruida. El rol de la derecha chilena junto al poder de Estados Unidos para quitar a Allende del poder, se diluía ante la inmadurez de una parte de la izquierda que gobernó junto a Allende.

En esa primera parte de la transición se negoció mucho, y me parece que eso sería digno de conocerse en un futuro Museo de la Democracia. También que, en esa negociación, la derecha más influyente, es decir la UDI, ya traía algo que, en palabras de ellos mismos, era un pecado original: su creencia en los valores cristianos versus su realismo brutal al momento de matar a un competidor en material mercantil. Característica heredada del primitivo sentido de protección a los suyos, probablemente entendiendo que el espíritu humano es egoísta y que tienen la suerte, no sin esfuerzo, de estar en el pico de la pirámide. Algo meritorio y expiatorio de ese horrible pecado, que es considerar a unos mejores que otros por el solo hecho del lugar donde nacen.

De cualquier forma, no resultaría demasiado heroico, en el marco de un museo, concluir que esa derecha dura chilena defendió muertes, torturas y desapariciones, porque creía en el amor ¿Cierto? “El hombre es el lobo del hombre” mezclado con Cristo, parece más realista y honesto. Pero sería importante entenderlo porque esta composición, gestada desde fines de los ’60 desde la Universidad Católica y la Universidad de Chicago, creó una derecha aparentemente contradictoria, pero con una fuerte influencia en la transición a la democracia, el supuesto objeto del futuro museo que plantea reflejar nuestra transición y estado actual.

Así, entenderíamos, por ejemplo, cómo esa derecha hizo lo que hizo en Chile durante los años ’80 en materia económica y social, y de qué forma luego eso se conjugó con su contraparte, la Concertación, en ese mismo tiempo confundida entre la efectividad de la derecha y la ausencia de valores propios, luego de la caída de sus sueños. Así quizás, podríamos entender los chilenos parte del país qué tenemos hoy. ¿En ese Museo de la Democracia está pensando Piñera?

Habría que darle más vueltas al carácter que queremos darle a un Museo de la Democracia. Por ejemplo, pensar cómo tratar la detención de Pinochet en Londres y al actual presidente Piñera defendiendo su vuelta a Chile. Las imágenes televisivas del político invocando el patriotismo por sobre los derechos humanos frente a un grupo de enardecidas defensoras del general, se ha hecho viral y nos da una visión de su ética.

Parte del contexto, probablemente, parte de los ’90, otros tiempos.

Un museo de esas características, me parece, también debería relatar que en esa labor Piñera y compañía contaron con el apoyo y proactividad del gobierno de Ricardo Lagos. Célebre también es la participación del entonces canciller chileno, José Miguel Insulza. Lleno de ese patriotismo que aglutina todo, respondió con violencia a un periodista, quien genuinamente le remarcó la operación que él mismo estaba delineando y que consistía en negociar la liberación de Pinochet a cambio de que se retirara de la vida pública. Que nos estaban tratando como país de segunda clase, le dijo Insulza al periodista, profundamente ofendido debido al paternalismo de los europeos con Chile.

Se trata del mismo Insulza que luego, como ministro del Interior, junto a Ricardo Lagos propiciaron una ley que dejó de castigar con cárcel el delito de colusión, debido a que era mejor recaudar fondos que dar la señal ética de que aquello era inaceptable. ¿Qué sucedió años después? Se descubría una de las mayores colusiones en la historia de Chile, y en la que había participado uno de sus principales patrocinadores con la élite que tanto lo quiso: la familia Matte. Siete mil pesos por cabeza, como gesto ético fue la respuesta, y sigamos adelante, sabiendo que aquello no será jamás un daño a una familia con ese patrimonio, sino algo similar a lo que hacen con los dineros entregados a la iglesia: expiación de culpas.

Algunas modificaciones valiosas se hicieron también durante el gobierno de Lagos, como parte de aquella transición, pero nunca como para creer que dichos cambios hacían innecesario el fin de la Constitución de 1980. Me parece que esa soberbia fue la que llevó a Insulza a señalar, con cierto desprecio, que un proceso constituyente no daría resultado en Chile. Aunque luego diera un pie atrás, su ego lo había dejado en evidencia.

Todo lo señalado, son apenas retazos de una larga transición, que incluyó también el apoyo de la Concertación a un comandante en Jefe del Ejército que, quizás, se vaya preso por su labor en crímenes de lesa humanidad. Y también la posición de la ex presidente de la República, Michelle Bachelet, frente a las penas irrisorias que recibieron los criminales de su padre, y que ella defendió yendo en contra del Programa de Derechos Humanos y, finalmente, también del Estado.

Faltan muchos personajes y situaciones que analizar, me parece, más allá de este desordenado conteo de eventos dispersos. Hay demasiado que no está resuelto y que choca con el presente inmediato. Por lo mismo, me parece que lo sucedido en la transición hoy es para leerse en textos de historia, periodísticos, de literatura y arte, pero no creo que sea el momento aún de transformarlo en un museo o monumento a las buenas labores de nuestros políticos.

Eso se juzga con un poco más de perspectiva, no con los actores involucrados ahí, y menos con Lucía Santa Cruz, de quien ya conocemos de sobra sus planteamientos y limitaciones. El sentido común y la prudencia hacen preguntarse ¿El gobierno espera otro ranaso o ya habrán llamado a la señora al silencio? Parece que a Sebastián Piñera no le hacen demasiado caso o que, en la salida a pasar el sombrero entre primera y segunda vuelta de la última elección presidencial, no se preocupó de qué es lo que estaba endosando a sus molestos aliados. Raro, en verdad, para la personalidad de un hombre que se caracteriza por hacer fortuna en el campo de la especulación. Quizás no sea un misterio, y la solución se encuentre en que cuando se especula tanto, se negocia tanto por obtener el poder, luego este mismo poder se difumina y se termina aceptando lo que personalmente no se quisiera aceptar. Eso, dicen, es parte del arte de hacer política. El asunto es hasta cuánto dan los valores en ese acto artístico.

No lo pregunto por el gusto de hacerlo, sino porque en ello se juega una parte de la confianza perdida de los ciudadanos hacia los políticos. El ver a una buena porción de la centroizquierda y de la derecha de este país financiada por la misma caja pagadora, lleva a entender un poco el por qué. Situaciones recientes como el apernamiento de Eduardo Frei Junior en el cargo que no ha querido dejar, hablan también de aquello. A Frei ni siquiera se le critica su indolencia y falta de valor en el caso de su padre cuando fue presidente, solo que hoy siga siendo parte de un gobierno que pone en sus filas a alguien que ocultó información respecto de ese caso. Parece impresentable. Uno diría que, en términos muy poco exigentes “la nobleza obliga”. En el caso de un hijo, me parece, quizás debiera obligar el amor.

Hacia el final, disculpas por este conjunto de rabias expresadas sin ningún tipo de orden lógico ni luz de resolución de nada. Fue escrito desde el desagrado, un motor, en todo caso, también válido para llegar, desde algún lugar, a otro lugar.


Periodista y escritor. Autor de los libros La danza de los cuervos, El despertar de los cuervos, A la sombra de los cuervos, Camaleón y Los hijos del frío.