Con una fuerte determinación en lo económico y desvalorizando el carácter social de la educación, hoy el modelo de escuela neoliberal no ha podido hacer frente a las necesidades y exigencias que la sociedad está demandando en cuanto a proyectos educativos sociales, inclusivos y democráticos, adaptados a los procesos socioculturales que el país está viviendo en el siglo XXI. Y lo más insólito, es que tampoco ha logrado destacar en los ámbitos académicos donde dice hacer foco.

Si bien el MINEDUC sostiene la posibilidad de que cada escuela contribuya a ampliar la propuesta curricular de acuerdo a sus necesidades y contextos, en la práctica lo que ha venido sucediendo, es que el sistema de educación pública y particular subvencionado, se han resignado a la despedagogización de la escuela, reduciendo el campo de la acción social y educativa, a lo técnicamente necesario y eficiente para el Estado, es decir, a los perfiles preestablecidos desde los intereses de dominio y reproducción económica.

Reflejo del funcionamiento que privilegia el desarrollo de estas competencias, es el sistema estandarizado de evaluación y los diversos mecanismos de incentivo y presión a los docentes y las escuelas que rigen legalmente en la educación formal. Sólo como ejemplo, el SIMCE cuenta con al menos tres leyes que estipulan el uso de los puntajes para presionar a las escuelas y los docentes; la Ley que creó el Sistema Nacional de Evaluación del Desempeño (SNED), que reparte bonos a docentes y clasificaciones de “excelencia” a las escuelas, la Ley de Subvención Escolar Preferencial, que establece “metas SIMCE” para responsabilizar a directivos/as sobre el uso de los recursos, y la Ley General de Educación, que le dio al SIMCE un 73% de ponderación para el ranking estatal.

Como consecuencia vemos escuelas con amenaza de cierre, profesores/as frustrados/as y condenados/as a impartir una educación tipo bancaria, que según Freire, desde la lógica memorizadora y mecánica de los contenidos que se imparten, se van reproduciendo en el aula dinámicas de alienación social contrarias al propósito formativo. De esta manera, los estudiantes aunque pasan día a día, infinitas horas frente a un profesor, no están siendo parte del proceso de aprendizaje, sino que están siendo involuntariamente usados de validadores de la burocracia educacional.

La comunidad educativa  en su conjunto, también sufre las consecuencias de la escuela neoliberal, encontrándose en una situación de abandono y fragmentación debido a las prioridades institucionales de esta burocracia (evaluaciones, planificación, normas, rendiciones, inspecciones, sanciones, etc.), que desplazan la necesidad del encuentro entre apoderados/as, alumnos/as, profesores/as, proyecto educativo y contexto barrial, nodos que deberían ser la base estratégica de una nueva educación transformadora.

Es por esta razón que hoy se vuelve relevante volver a pensar una escuela para niños, niñas y jóvenes libres, donde ellos/as sean participantes activos/as en sus procesos de aprendizaje y enseñanza desde la primera infancia. Una escuela en donde se puedan crear nuevas prácticas pedagógicas, que no se limiten a la formación técnica, ni a las pruebas estandarizadas de medición, sino que responda principalmente a una visión integral del mundo, donde el aprendizaje este basado en “otra” manera de aprender y pensar.

Para comenzar a hablar en torno a cuál podría ser esa idea de Otra Educación, es importante considerar la participación de la comunidad educativa, no desde el “dialogo ciudadano” que tan importante y necesario se muestra hoy para el diseño de la política pública, sino que desde el ejercicio vinculante y libre de la participación para los/as diversos/as actores/actrices, como principio fundamental y perdurable. Desde la autonomía y la autogestión social de una pedagogía activa, se puede comenzar a desplazar el paradigma totalizante de las asignaturas funcionales y de la educación bancaria, nos permite poner en el centro del conocimiento la diversidad de las herramientas socioeducativas entregadas por la comunidad en su conjunto, en un proceso que nutre y fortalece el saber aprendiendo. Es por este motivo principalmente, que la educación debe entenderse siempre como un proceso en deconstrucción constante de los contenidos y metodologías que la componen a lo largo y ancho de nuestro país, lo que debe ser incentivado además desde nuevos criterios e instrumentos de evaluación de resultados.

En segundo lugar, desde esta premisa democratizadora en la escuela, hay que considerar importante abordar cuáles son los puntos de convergencia en cuanto a contenidos y metodologías que nutren la educación no formal o alternativa, hoy enjambre de ideas innovadoras y transformadoras que están sucediendo en diversas comunas y regiones del país, y que frente a la fatigada escuela formal, se han vuelto un referente relevante que debe asumir una mayor responsabilidad e incidencia en políticas del ámbito educacional.

Una de las reflexiones importantes que nos dejó el conversatorio “Hacia la Construcción de Proyectos Educativos Transformadores en Chile” (organizado por La Otra Educación en abril del año pasado, y que contó con la participación del Colegio Paulo Freire y la Escuela Casa Azul), fue la convergencia en torno a la generación de “Unidades Temáticas Transversales” que mensual o trimestralmente son implementadas en cada uno de nuestros espacios.

A partir de estos contenidos podemos observar la innovación pedagógica y la vocación transformadora de la escuela que impulsamos. Las temáticas transversales, son una respuesta a la búsqueda de un saber popular que constituye una mirada hacia nuestras identidades y necesidades desde sujetos/as críticos/as y sensibles a la  realidad social en la que nos encontramos, con la intención de transformarla y mejorarla.

Aquí se presenta la diversidad de propuestas temáticas de nuestro proyecto educativo; Justicia social, educación alimentaria, feminismo, medio ambiente y sustentabilidad, identidad barrial, pueblos originarios, derechos de los/as niño/as, deportes, educación sexual, salud e higiene, cultura, tecnología, oficios, etc. Estas temáticas, algunas socializadas en el conversatorio y en las cuales hemos podido aportar a su desarrollo desde las Escuelas Libres, sugieren entender que la educación no es un proceso neutral, sino que debe orientarse hacia un compromiso con las tareas de humanización y justicia social.

Dentro de la dimensión metodológica sucede lo mismo. Si queremos cambiar la educación debemos comenzar a ejercerla desde una práctica que sea experiencial/experimental y que involucre a los participantes en actividades con estrategias didácticas e indagatorias, lo más alejado de lo que es la imagen del profesor en una sala de clases dictando catedra con 40 alumnos sentados y aburridos. La praxis educativa más recurrente en la educación no formal, se establece desde estrategias que entienden la formación personal como una construcción cultural que se sostiene en la interacción con otras personas, en un proceso constante de aprendizajes, incorporando los contextos particulares de cada uno (tal como señalaría Lev Vygotsky en torno a los procesos de aprendizaje y el medio cultural). Por lo tanto, de lo que se trata, es de abrir espacios que entreguen a la niñez una nueva forma de participación, que implique un ejercicio de reflexión y acción como un proceso formativo permanente.

Que la educación pueda tener un rol destacado en nuestro país  pasa principalmente por observar y hacerse cargo de los profundos daños que ha dejado en nuestras escuelas el determinismo económico y deshumanizador con el que se están desarrollando (Sobre todo en los sectores más empobrecidos). El desafío para nosotros/as hoy apunta a preguntarnos para qué y cómo queremos educar a las nuevas generaciones de niños, niñas y jóvenes. Esta la pregunta que nos convoca constantemente a los/as educadores/as sociales/as desde nuestras propias experiencias socioeducativas locales.


Sociólogo y Co-fundador La Otra Educación