Durante la tarde del domingo 7 de septiembre de 1986, Chile entero se paralizó al escuchar por la radio la noticia de un atentado contra el dictador Augusto Pinochet. Una veintena de jóvenes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez protagonizaron una emboscada a la altura de la cuesta “Las Achupallas” y atacaron la comitiva de Pinochet con fusiles, metralletas y granadas caseras. Tras la huída, pensaron que habían logrado el objetivo, pero horas después saldría a la luz el fracaso de la denominada “Operación Siglo XX”.

Pese a que en un primer momento reinó la incredulidad ante los sucesivos montajes de la dictadura, el propio Pinochet apareció en pantalla con su mano izquierda vendada, contando que había salvado por poco del ataque del FPMR. “Ella me salvó”, insistió una y otra vez, aludiendo a la Virgen del Carmen y a una supuesta imagen de su rostro en el vidrio quebrado del auto en el que se transportaba.

Su teoría sería adoptada por los pinochetistas, entre quienes había algunos que creían que la huella en su automóvil se trataba de la Virgen del Perpetuo Socorro, a quien el dictador se encomendó cuando inició su carrera militar.

Tras el atentado donde resultaron muertos cinco escoltas, Pinochet inició una brutal cacería para vengarse de sus opositores políticos: durante la madrugada, apenas siete horas después del ataque, irrumpieron en el hogar del periodista y dirigente gremial José Carrasco Tapia, del publicista Abraham Muskatblit, del electricista Felipe Rivera y del profesor Gastón Viudarrazaga. Más tarde, sus cuerpos fueron encontrados acribillados a balazos.

La operación se la atribuyó un comando autodenominado “11 de septiembre”. Días después, con el objetivo de celebrar el fallido atentado en su contra, el dictador envió a imprimir afiches en donde aparecía junto a la supuesta imagen de la virgen en el vidrio de su auto. “Gracias Virgen del Carmen, ¡Salvaste a Chile”, consignaba en un lado. Al reverso, aparecía una oración: “Virgen del Carmen, Reina de Chile salva a tu pueblo que clama a ti”.

Con ello, el dictador pretendía atribuir a una especie de milagro divino haber zafado de una operación “casi perfecta”, como fue definida por Víctor Díaz Caro, uno de los 21 fusileros que participó del atentado.