El sábado 1 de septiembre, luego de un nuevo “COE en terreno”, el intendente Martínez anunció, con una retórica llena de volteretas y gran cuidado de no seguir enredándose en declaraciones, que se levantaba la Alerta Amarilla en Quintero, y que el martes se reanudarían las clases. Sorprende la apropiación de expresiones referidas al territorio, al trabajo con la comunidad, que otros actores pusieron sobre la mesa; que él, más allá de incorporarlas al discurso, no hizo nada por incorporar a la acción. Esto es algo preocupante en esta crisis, que el gobierno prefirió enfrentar con una política de “post verdad”, antes de hacerse cargo de lo que pasaba.

A pesar de las promesas de información, la gente siguió sin saber a qué riesgos concretos se había expuesto; y por tanto, las consecuencias de ello. Ocultaron la información sobre el posible agente causante de la emergencia, o no reconocieron que “se les escapó” dicho agente. No están disponibles aún hoy datos útiles de salud, excepto los que hemos venido trabajando en alianza podres y apoderados y la Universidad. Con ello, la declaración de Alerta Amarilla fue más bien una expresión “retórico-cromática”, que combinaba a la perfección con los relatos apocalípticos de Azufre lloviendo sobre toda la región, pero que no se asociaba a ninguna medida concreta, ni contenía una forma de verificar si persistía o no. Mientras tanto, las autoridades parecían basar toda su estrategia de enfrentamiento de la crisis en la gestión comunicacional; basándose en aquello de que si lo decretas, se hará verdad. En cierto sentido, el discurso de matinal de Pedro Engel guió sus palabras; vacías de acciones concretas. Por este mismo vacío, combinado con falta de trasparencia en la información, incluso hacia el propio gobierno; pudimos contemplar a autoridades, hasta el Presidente, haciendo declaraciones basados en una filtración inexacta a los medios, que responsabilizaba a cierto conjunto de contaminantes.

Hasta que un día, el intendente decidió sacar, del mismo sombrero de mago que nos había sacado una vacía alerta amarilla, la suspensión de ésta. Ya se había superado la situación de contaminación, aunque seguíamos sin saber qué era para el gobierno dicha situación de crisis: la contaminación, o la  movilización de la gente enfurecida por un episodio más. Los hechos hacen pensar que para el gobierno, la contaminación en sí no era el problema, sino las protestas.

Por su parte, las organizaciones, poco acostumbradas a sostener una lucha que no se zanja de un día para otro, estranguladas por la necesidad de declarar superada la emergencia, como condición para recuperar la normalidad de la vida escolar, condición a su vez, de poder ir a trabajar, debieron aceptar, muchas veces a regañadientes, este fin de la crisis “por secretaría”.

Se instaló un hospital militar “de campaña”; es decir, transitorio. Esto consolida y confirma el abordaje temporal y efímero de la crisis: una vez pasada la inquietud, se levanta, y todo queda igual. Se ha anunciado una medida que parece sacada de una película del género “distopía”: se establecerán “salas de seguridad” en los colegios, con filtradores de aire, que permitan encerrar a los estudiantes, ante un posible episodio. La seguridad, se basa en medidas que se aplican ante una guerra química, pero en este caso, los atacantes son el sistema productivo instalado en el territorio; al cual se prefiere no cuestionar. Por lo demás, ante una alerta como la reciente; con más de una semana apareciendo casos ¿La comunidad escolar debería estar encerrada en sus refugios todo ese tiempo? ¿Qué pasaría con el resto de la gente? ¿Es posible asumir que la gente tiene un riesgo mayor por ir a la escuela, pero que mientras no se le ocurriera estudiar, podría andar tranquila por la calle?

Se ha cargado a los profesores de Quintero con la responsabilidad de “contener a los estudiantes ¿Qué se espera; que contengan la movilización, o que intenten confortar a sus estudiantes respecto de un riesgo no precisado, y por tanto más atemorizante?

El problema de mentirle a la gente, de ocultarle información, no es sólo ético; también es práctico: si no definimos cuál es el problema, no podemos apuntar a soluciones.

Al parecer, saldremos de esta crisis sin grandes avances, excepto saber que no podemos confiar en la seriedad de quienes tienen a cargo estos temas