Lola Hoffmann, que en rigor se llamaba Helena Corona Jacoby Jacoby, nació en Letonia y padeció la experiencia de la Primera Guerra Mundial de muy pequeña. Recuerda ese período en que los niños andaban entre medio de trincheras como salvajes sin tener conciencia del peligro. La familia Jacoby, sin más alternativa, sale de Letonia rumbo a Alemania en busca de un mejor futuro. Lola, totalmente resuelta, decide estudiar medicina. No deseaba volver a Riga (capital de Letonia) con su familia, no deseaba repetir los patrones asignados a la mujer, que eran inequívocos y castradores.

Ya en la Facultad de Medicina de Friburgo, cuenta que “el ambiente intelectual de posguerra en Alemania era muy extraño, no había directrices, surgían nuevos pensamientos por todos lados”. En ese ambiente escuchó por primera vez a C.G. Jung y a Richard Whilhelm. Pese a que no entendió demasiado, ese primer contacto fue una especie de preámbulo imperceptible para lo que vendría más adelante.

Su nieta Leonora Calderón Hoffmann, cuenta en su libro acerca de su abuela, La Revolución Interior, (Editorial Sudamericana, 2018 ) que ya para 1927 Lola, había terminado la carrera de Medicina y comenzaba a trabajar en su memoria de título sobre el estudio de las glándulas suprarrenales en ratas. Con un porvenir prominente en la medicina y viviendo quizás una de las épocas más interesantes de Berlín, conoce al que sería su marido, Franz Hoffmann, chileno descendiente de alemanes, nacido en Valparaíso, que gracias a una beca de medicina con residencia en Alemania pudo encontrarse con su futura esposa.

Todo se sella el 28 de enero de 1931 en el consulado de Chile en Berlín. La pareja felizmente contrae matrimonio y deciden vivir en Chile. Lola desconoce que esa decisión sentimental será crucial, pues años después, la Segunda Guerra Mundial y el nazismo de Hitler eliminarán a casi toda la familia Jacoby en Europa.

Lola relata de su primera impresión al llegar: “cuando llegué a Chile me pareció un país maravilloso. Yo era un producto típico de departamento, de grandes urbes y me encontré en una tierra inmensa, abierta y soleada, incluso en invierno…”. En medio año aprendió castellano y luego postuló a un cargo en el Instituto Bactereológico, donde trabajó como ayudante técnico del Departamento de Control en titulación de hormonas y experimentación en animales. Al tiempo contrajo una aguda e inexplicable infección ginecológica, la tardía medicamentación le provocaría una obstrucción a las trompas de falopio que a ella y su marido los hizo pensar que jamás serían padres. Pero se equivocaron, de hecho a los 10 años de casados, cuando casi no tenían esperanzas de tener familia, nació Adriana su primera hija y un año después Pancho.

Tras años de crianza, vida familiar y profesional exhaustiva, Lola comienza con ciertas crisis que irán mostrando la apertura hacia un nuevo camino. “Comencé a cuestionar mi dependencia total al sistema en que vivía. No podía ser tan inútil. Desde joven había sido capaz de grandes realizaciones en una sociedad absolutamente hostil al desarrollo de las mujeres y no podía ser que me encontrara a esa edad totalmente subordinada”.

Lola fue una de las primera pacientes en Chile en ser diagnosticada con depresión aguda, en tiempos que esa enfermedad era casi totalmente desconocida. Franz, su esposo, estaba desesperado, no sabía qué hacer y hacía esfuerzos por sacarla de ese estado gris. Es así como nace la idea de viajar por Europa. “Un día Franz llegó a casa muy entusiasmado y me dijo: acabo de enterarme de que en Francia venden unos autos chicos que se pueden pagar en cuotas en Chile y se entregan en París. ¡Compremos uno y hagamos un viaje por Europa! Creo que así se te va a pasar la depresión”.

Durante el largo viaje en barco con estadía en Buenos Aires, obtiene en una librería un libro de Jung. La lectura mientras el barco sortea las olas del Atlántico, hace retroceder la depresión y algo en Lola parece abrirse en su interior. El viaje por distintas ciudades de Europa, el reencuentro con amigos y la interpretación de sus propios sueños, ordenaron su estado emocional hacia una apertura en todos los sentidos.

Franz en 1957 jubila como fisiólogo y funda –con tiempo para desarrollar lo que realmente le apasiona­– El Centro de Estudios de Antropología Médica (CEAM) de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile. Ya había fundado el Instituto de Fisiología en 1937 en la misma universidad. Su intención era abrir los ojos de los estudiantes hacia el mundo del arte, la filosofía, la poesía y el pensamiento. Es en ese lugar donde comienzan a congregarse personalidades como Claudio Naranjo y Rolando Toro. Un espacio donde se impartían clases incluso de Zen y dibujo. Actividades destinadas a explorar en la profundidad del ser humano y que tuvo a generaciones de psiquiatras entre sus estudiantes.

Mientras tanto Lola estudiaba a fondo a Jung, muchas veces guiada por su amiga Yolanda Jacoby, comenzó a hacer apuntes sobre simbolismo, formando pequeños archivos. Asistió a cursos de psicología, biotipología, aprendió a manejar los distintos test. También formaba grupos de estudio, ponía en práctica todo lo que aprendía. Entabló amistades con grandes intelectuales, como Ignacio Matte Blanco, considerado por muchos como unos de los padres del psicoanálisis en Chile. Trabajó varios años bajo la tutela de Matte y después se trasladó a Europa para especializarse específicamente en el Hospital Psiquiátrico de la Universidad de Zurich. Es en esa época, cuenta su nieta, que Lola vuelve a coincidir con una conferencia de C.G. Jung en la Clínica Burghölzli.

A su regreso inicia las primeras experiencias de terapia grupal junto a Claudio Naranjo. Muchas de las reuniones se realizaban en la mítica casa de Pedro de Valdivia, y la temática es la apertura personal, una especie de terapia de reconocimiento del propio ego -cuenta Hoffman- para lo cual habían herramientas que los ayudaba como por ejemplo: el eneagrama.

Destacar que en medio de su variada y apasionada forma de descubrir y aprender, en 1971 Lola Hoffmann terminó la traducción del I Ching, El libro de los Cambios, ya que no existía una edición en español, concentrándose en la versión de Wilhelm Reich, y que la Editorial Cuatro Vientos editó, incluyendo sus explicaciones acerca de la estructura interna de cada uno de los sesenta y cuatro hexagramas.

A los sesenta años Lola se aproximó a las disciplinas hinduistas. Practicaba Hatha Yoga y también aprendió Tai Chi, psicocalistenia, psicodanza, añadiendo a sus trabajos terapéuticos herramientas propias de su estudio y autodescubrimiento. Opinaba que la mujer “se rebeló primero contra un estado de cosas y un sistema de vida que le acarreaba sufrimiento. Pero en esa situación de desventaja, finalmente, tampoco el hombre lo pasa bien. Esto de que la mujer llene su vida chantajeándolo es una enorme carga para él. Y para los hijos, en cuyas vidas generalmente la mujer también se entromete negativamente. Todo esto ha llevado al matrimonio patriarcal a la tremenda crisis que vemos a nuestro alrededor. La pareja convencional ya no resiste la dominación mutua… El sufrimiento de hoy es ese concepto de propiedad: mi marido, mi mujer”

Este pasado mes de abril se cumplieron 30 años de la muerte de Lola Hoffmann. Su figura, sobretodo hoy, aún puede ser relevante. Su mirada acerca de la mujer o la vida en pareja sean materia a observar. Probablemente sus enseñanzas sigan sorprendiendo.


Poeta y guionista