Cuando hoy la coyuntura parece apropiarse de todos los espacios de discusión política, cuando como oposición no hemos sido capaces de tener lineamientos propositivos, cuando el horizonte como Frente Amplio difuso, es imperante pensar y re-pensar la política, imaginar un futuro mejor para todos y todas, ser capaces de entender cuál es el adversario y sobre todo por qué lo es. La derecha en sus diferentes versiones nos acorrala, nos divide y nos confunde, es sumamente necesario afrontar esos obstáculos y tener claridades de lo que queremos para un mañana y en eso no está permitido perderse, creemos en el socialismo democrático.

El liberalismo es el sustento ideológico del sistema de producción capitalista, y por eso mismo, se puede utilizar como su fundamento de las relaciones humanas que se representan de por medio. Para decirlo en términos más atrevidos, la realidad del liberalismo es el capitalismo. La teoría liberal es la forma y fondo de las relaciones de producción en la modernidad, el capitalismo logra ser legitimado mediante la defensa de una teoría liberal. El trabajo en relaciones de explotación, opresión y dominación como ocurre en el sistema capitalista conlleva a la introducción de ciertos dispositivos lógicos para la constitución de las relaciones humanas en su totalidad, por lo que la racionalidad del sujeto mediada por la lógica del negocio y del intercambio, sugiere  un desencuentro radical con el otro, imposibilitando a la construcción de un reconocimiento mutuo entre los sujetos, ya que al alter ego se le ve como objeto, como un instrumento que eleva el beneficio de la agencia propia. Dando por entender aquella idea, parece imperativo centrar de que la manifestación neoliberal u ordo-liberal del liberalismo recae en una conexión de legitimad con el capitalismo, y es por eso mismo que somos críticos de ambas representaciones ideológicas de la teoría pura. Por lo tanto, aunque la dimensión políticamente progresista que presenta el ordo-liberalismo construya un Estado social-demócrata, sigue siendo liberal en su sustantividad.

El imaginario social sigue siendo coaptado por el liberalismo en la medida en que vivimos su contenido y su relato a través del Estado Social-demócrata. El liberalismo es una sociedad del riesgo y del miedo, que para poder calcular las posibilidades y las consecuencias que podrían cometer las mismas personas en su devenir, son sopesadas frente al miedo a morir y al daño de la persona en sí.

La lucha de clases se contiene mediante un ejercicio de opresión y dominación (intercambio desigual de reconocimiento y de poder respectivamente) mediante la producción de tecnologías que asientan una individuación de cada cuerpo dentro de los ritmos de trabajo en espacios dóciles y productivos. Es decir, el poder en función de la productividad y de la utilidad conlleva a que este se ejerza sobre la vida y el cuerpo, mediante una sucinta bio-política se busca disciplinar a los sujetos y regular a las poblaciones con la constitución de un poder que tiende a modelar un estado de cosas de acuerdo a la norma.

En el mundo capitalista en el cual vivimos, en la racionalidad del calculo que reproduce el neoliberalismo salvaje y el destilado ordo-liberalismo debe ser abarcado desde la tesis fundante del marxismo y es que la sociedad está en un constante conflicto entre dos clases antagónicas que luchan objetivamente en torno al producto social, en que existe una clase que consagra la propiedad privada de los medios de producción y por otro lado una clase que lo único que posee es su fuerza de trabajo. En la condición necesaria de aquella relación constitutiva, surge el concepto del bio-poder la cual administra y entrelaza la relación de explotación. Comienza a haber un control político sobre lo biológico, la vida comienza a ser objeto de control y de domesticación estatal. El desarrollo del capitalismo debe pagar el precio de una inserción controlada de los cuerpos en el aparato de producción, por lo que requiere de un método de poder que sea capaz de aumentar fuerzas, aptitudes y la vida en su totalidad; como dice Foucault, el ajuste entre la acumulación de los hombres y la del capital, una política de articulación de crecimiento de grupos humanos y de expansión de fuerzas productivas se vuelven procesos indispensables para su multiplicidad y su entrelazamiento.

De manera propositiva y de superación del momento situado en el cual estamos, es imperativo profundizar sobre la particularidad democrática del socialismo que queremos. La democracia debe estar para sí de un reconocimiento mutuo, la democracia no puede ser un mecanismo formal que retroalimente y difunda una relación ontológica de intercambio, es decir, la democracia no puede prestarse para la administración del liberalismo y del ejercicio del biopoder. La democracia debe entender y definir un devenir revolucionario, debe suspender los criterios individualizantes del liberalismo y de la socialdemocracia y debe construir un relato histórico que permee y que piense por fuera de la racionalidad liberal, debe ser entendida como un acontecimiento que abre un punto de fuga de liberación. Por lo tanto, la democracia debe ser un espacio de encuentro con el otro, de la construcción de una intersubjetividad definida por la reciprocidad. Saber que otro es un ser humano no nos hace necesariamente vivirlo como tal, son ciertas condiciones las que nos fuerzan a hacerlo. La materialidad objetiva del sistema capitalista conlleva a la constitución de una lógica relacional con el otro que descansa en el cálculo, en el intercambio, en la utilidad maximizada del yo, es decir, en una lógica del negocio. Lo que sostenemos en palabras simples es que, la conformación de una estructura económica basada en la explotación opresión y dominación, conllevan a disponer de un discurso utilitario para relacionarse con el otro, al otro lo vemos como objeto, no como sujeto, se constituye una suspensión de la proximidad y se acentúa una lejanía con la otredad.

La democracia, en tanto proceso como horizonte, debe ser un objeto primario del devenir revolucionario y por supuesto que la democracia debe ser entendida por fuera del prisma liberal, pero no por ello debe ser obviada y difuminada por la izquierda autoritaria para la consecución de un modelo de vida que se abre a la emancipación en la retórica, pero en la práctica profundiza actuares que empíricamente no funcionaron. Desde la izquierda es necesaria la autocrítica, el cuestionamiento y todo proceso que busque una salida a las viejas acciones antes mencionadas, el socialismo y la democracia deben ser principios rectores de nuestro actuar y por lo mismo no pueden ser utilizados como moneda de cambio, como atributo obviable. Es y deben ser las piezas fundamentales que le proponemos al Chile del mañana, es y deben ser la búsqueda constante de una nueva izquierda que se proponga un modelo por fuera del neoliberalismo y también de la social-democracia, que se proponga por fuera del capitalismo.