“Vagando por las calles, mirando la gente pasar. El extraño del pelo largo sin preocupaciones va. Hay fuego en su mirada y un poco de satisfacción por esa mujer que siempre quiso y nunca pudo amar. Jamás, jamás. Inútil es que trates de entender o interpretar quizás sus actos, el es un rey extraño, un rey del pelo largo”. La letra de la canción del grupo La Joven Guardia podría hacer las veces de lo que las revistas no especializadas en cine llaman “sinopsis” del recién estrenado filme del argentino Luis Ortega, El Ángel (2018).

Si se reemplaza la palabra “mujer” por “cualquiera” se da con el tono que le quiso imprimir a la historia del joven Carlos Robledo Puch que, con su carita de Adonis, marcó a la Argentina de los setenta al cargar consigo un extenso prontuario teniendo tan solo veinte años de edad. Pero así como hay quienes dicen que las canciones exceden la letra, este filme -del catalogado por el mismo Leonardo Favio como su heredero artístico- es mucho más que la historia de un sórdido asesino de pelo enrulado.

Quizá la mayor fortaleza del filme sea que su propia forma abre múltiples posibilidades de inscripción. Podría pensarse como aquel que consolida el aporte de Ortega a una constelación determinada por el mundo criminal, sumándose a sus reputados antecedentes como director de la serie Historia de un clan (2015) que muestra las oscuras andanzas de la familia Puccio que se dedicó en los años ochenta a secuestrar a empresarios, o de algunos capítulos de la serie El Marginal (2016-2018) que muestra la deslavada vida de los reclusos relegados a cumplir condena en la cárcel. También se podría pensar que El Ángel expone, sin aspiraciones moralistas, lo incompresible de la psicología de un asesino en serie del que se decía que su maldad venía de lejos, como si fuera una herencia. O, por seguir listando, que se integra a un material que cómodamente podría denominarse “antología de los perdedores” que estaría siendo, en términos minuciosos, producido por Ortega. A pesar de que todas las alternativas anteriores pueden pensarse consistentemente en simultáneo, la que más despierta interés es aquella conforme a la que, y como si se quisiera recuperar la figura utilizada en los primeros titulares de los diarios que tildaron a Carlitos de “nihilista romántico de la clase media ilustrada”, El Ángel muestra que cualquier acto, por más macabro que parezca, puede ser reconducido a una instancia de realización de la sencilla máxima según la cual se puede disfrutar la vida junto a otros sin sentido de propiedad alguno.

Lo anterior es expuesto a lo largo del filme repitiendo en varias escenas la misma estructura de comportamiento de Carlitos; entra totalmente relajado a un lugar, ya sea una joyería, una tienda de armas, una casa lujosa, o una casa vacía sin afectarse mínimamente por la posibilidad de encontrarse con los dueños. Recorre cada rincón observándolo sin apuro, comiéndose una manzana o sirviéndose un whisky, bailando femeninamente el tema de La Joven Guardia, tocando cada objeto como si, por ser el hallazgo más preciado y evanescente, tuviera la obligación de disfrutar de él en ese preciso instante. Todo ello como si creyera que lo están filmando. Pero si antes regalaba a algún cercano un disco o un encendedor que era todo lo que hurtaba de una casa que habitó por horas, o abandonaba con la llave puesta la moto o el auto que usó para vivir una breve experiencia y así “dejarle el problema a otro”, y luego de conocer en el liceo a su compañero Ramón, ese ausente sentido de propiedad sobre las cosas se agudiza hasta convertirse en la pieza clave de una banda formada por él, el amigo, y José, el papá del amigo, por quienes comienza a sentir algo más que admiración. Es así como la oscuridad implicada en los hechos que van a ocurrir en lo sucesivo aparece pintada con colores brillantes y alegres como si Carlitos protagonizara un video clip de una canción de Palito Ortega.

De este modo, la cámara no juzga ni traiciona, sino que sigue con obnubilación a este joven como si se tratara de un ángel caído cuya infracción estuviera destinada a mantenerse oculta para nosotros. Y es merecedor de dicha denominación no solo por tener un rostro privilegiado por su belleza, sino porque según algunos devotos de las explicaciones causales sus actos fueron determinados por la insistente imagen de un ángel. Es así como en el mural de la Iglesia a la que su madre acudía para rogarle a Dios que le permitiera concebirlo estaban pintados dos ángeles, del mismo tipo que el que protagonizaba, ahora en forma de querubín, un cuadro que colgaba en su casa, que a su vez era similar a los que adornaban el hotel en el que se hospedaba junto a su cómplice luego de algún atraco. Se podría decir entonces que la figura de Carlitos es aquella que nos recuerda que hay algo que trasciende la soberanía sobre las cosas, algo potente y misterioso que puede incluso expresarse dándole muerte a alguien a quien se quiere.


La mirada de los comunes