El tiempo fluye como aquel río de Heráclito. Un río en el cual no podemos bañarnos dos veces ya que el agua que nos bañó la primera vez no será igual al agua que nos baña la segunda. Todo cambia, dice Heráclito, todo fluye, nada permanece en las cosas y es por este motivo que no podemos obtener conocimiento de las cosas. Todo hacer es conocer, dice Maturana, y todo conocer es un hacer en la emoción.  El tiempo que conocemos, ese fluir desde el pasado hacia el futuro, nos encuentra en un punto. Nos encuentra en la emoción del presente.

Somos quien somos, en el presente, gracias a nuestros recuerdos, a nuestra memoria. Memoria que se reconstruye constantemente en conversaciones que mantenemos con nosotros mismos, conversaciones íntimas que podemos llamar de reflexiones, pensamientos y evocaciones de momentos vividos.

Pero también somos quien somos, en el presente, por el recuerdo y la memoria de los otros. Nuestros amigos y amigas, nuestros familiares e incluso nuestros conocidos nos recuerdan quien somos y quien éramos.

Cuando alguien nos dice: ¿Te acuerdas cuando…? nuestro cerebro, por medio de sinapsis, recorre senderos, realiza conexiones y recordamos. Será gracias a este dialogo, gracias a estas reminiscencias que continuaremos en el flujo de construir nuestro ser, nuestras memorias.

No existe el tiempo sin la noción de memoria ya que solo podemos volver al pasado a través de nuestros recuerdos y no habría presente sin la noción de tiempo. Incluso, eso que llamamos de realidad, es la suma de nuestras memorias, nuestro conocimiento adquirido en el tiempo. Pasado, presente y futuro no serían nada sin memoria.

Recordamos mejor el camino que más hacemos, las canciones que cantamos con más frecuencia, los nombres de nuestros amigos más íntimos, las películas que vemos una y otra vez y las historias que nos cuentan o nos contamos más a menudo. Olvidamos con facilidad lo que acabamos de leer, el número de teléfono que nos dieron ayer y los nombres de personas que nos acabaron de presentar en una reunión.

Comprendemos lo que observamos, escuchamos y conversamos, gracias a la memoria y a la emoción con la que la relacionamos.  Recordamos más algo que nos afectó profundamente y olvidamos con frecuencia hechos a los que no les atribuímos emoción o cuando la emoción es la indiferencia. Es posible que no recordemos lo que comimos el miércoles de la semana pasada, pero probablemente todos y todas recordemos donde estábamos y que sentimos el 11 de septiembre de 1973.

La memoria, tanto la personal como la colectiva, se organiza segun la función que desempeña y es por este motivo que, en este mes de septiembre, recordamos.

Recordamos el dolor y el miedo que sentimos, recordamos con tristeza a nuestros muertos y desaparecidos, recordamos con angustia y rabia los años oscuros de nuestro país en manos de tiranos que nos quitaron casi todo, pero no nuestras memorias. Se esforzaron quemando libros e intentando cambiar la historia, pero no pudieron, ni podrán nunca, borrar nuestros recuerdos porque no están escritos en páginas de libros que podamos arrancar de nuestro cerebro. Nuestras memorias las llevamos, en el presente, en el cuerpo.

Somos el país que somos gracias a la memoria colectiva producto de una red de conversaciones que nos definen como cultura en una red de emociones propias de nuestro ser y a pesar de que para algunos la emoción de la indiferencia no registró como experiencia los miles de muertos, desaparecidos y torturados, para muchos y muchas otras, esta experiencia fue vivida desde la emoción del miedo y la tristeza, por lo tanto no se olvida.

Recordar es vivir, es continuar siendo quien soy en el fluir del tiempo sabiendo que el pasado, gracias a las memorias, se constituye en experiencia y estas experiencias, estas memorias, son la que se mantendrán en el fluir del tiempo hacia un futuro donde nuestros hijos e hijas, nuestros nietos y nietas dirán: Nunca Más.


Psicóloga