El boxeador Wagner Salinas, campeón latinoamericano y miembro del Grupo de Amigos del Presidente (GAP), nunca hizo nada por ocultar la cercanía y admiración que sentía por Salvador Allende. 

Era un hombre particular, con una gran condición física y un metro noventa de altura. Se coronó campeón latinoamericano de boxeo, mientras en paralelo obtenía su título de técnico agrícola. Era militante del Partido Socialista, había trabajado como sereno de la Corporación del Cobre en el yacimiento El Teniente y se consideraba evangélico a la vez, algo que muchos le cuestionaban.

Aunque podía aspirar a un título mundial, Wagner optó por pasar más tiempo con su familia y regresó junto a su esposa, Carmen Órdenes, a Talca. Ahí esperaba trabajar en labores agrícolas junto a su padre y a pesar de que sus presentaciones en el cuadrilátero se volvieron cada vez más excepcionales, Salinas nunca abandonó del todo sus guantes, según consigna la nota publicada por Radio Universidad de Chile.

Pronto llegaron sus dos hijos y las complicaciones económicas. Por entonces, el matrimonio solo contaba con un quisco de intercambio de revistas en la población Manso de Velasco. Más tarde, en 1971, su hermano Daniel, diputado socialista, le ofreció a Wagner trabajar para el gobierno tras la llegada de Allende al poder.

El boxeador había liderado una toma de terrenos cercanos a la Panamericana Sur, al que los pobladores llamaron campamento Pedro Lenin, en homanaje a un joven fallecido mientras intentaba ingresar clandestino a Cuba. Su rol lo llevó a integrar el Grupo de Amigos Personales de Allende (GAP), viajando con él a diversos puntos del mundo. Sin embargo, el trabajo de Salinas comenzó a quitarle mucho tiempo con su familia, a quienes solo veía los fines de semana y cada quince días.

Salinas recalcaba que “las cosas van a cambiar” y que “para eso estamos trabajando con el compañero Presidente”. Un día, cuando su esposa Carmen le dijo que estaba preocupada por el riesgo de proteger al entonces Mandatario, Wagner fue enfático: “Mira, yo quiero que te grabes una cosa: si viene una bala, si no soy yo, es el Presidente”, le dijo el hombre de 30 años, en alusión a los atentados que grupos antimarxistas preparaban contra Allende.

Carmen Espinoza alcanzó a contarle que estaba embarazada, pero solo tenía cuatro meses de gestación cuando lo vio por última vez. Su único consuelo fue una carta de despedida que su amor le escribió en una servilleta con manchas de café. 

El 11 de septiembre, Wagner Salinas se encontraba en Talca, junto a su compañero Francisco Lara, quien también era parte del GAP. Al enterarse de lo ocurrido en la capital, ambos decidieron viajar a ayudar a la resistencia, pero una patrulla militar los detuvo en Curicó. Ambos fueron trasladados a la Cárcel de Curicó y desde Gendarmería informaron que el 30 de septiembre de 1973 fueron liberados del penal, pero entregados a agentes del Estado “con una grilleta corta y un candado, ambos reos engrillados”.

Los restos de Salinas y Lara fueron entregados a sus familiares en Santiago. El certificado de muerte estableció que ambos fueron asesinados a bala el 5 de octubre del mismo año. Recién en 2015, la Corte de Apelaciones de Santiago dictó sentencia y la jueza Patricia González absolvió al oficial en retiro del Ejército, Carlos Massouh, por no lograr acreditar su participación en los hechos. Al mismo tiempo, la ministra en visita condenó al Estado chileno a pagar una indemnización de $1350 millones de pesos a las familias de Wagner y Francisco.