Al escribir de Rocas no puedo dejar de hacer un disclosure personal, pues tengo una relación íntima y profunda con dicho lugar. En cierto sentido, para mí, el balneario de Rocas de Santo Domingo es sinónimo de infancia, calor de hogar, y juventud. Desde pequeño vacacioné frecuentemente en ese lugar, en casa de mis abuelos. Luego, encumbrándome sobre la pubertad, tuve la fortuna de irme a vivir con ellos y pude estudiar toda la enseñanza media en el colegio municipal de la comuna. En Rocas conocí la dicha de su soledad, las eternas caminatas por la playa, me nutrí de la privilegiada belleza de su entorno, de la calma de su noche silenciosa y profunda, y viví entre sus calles la alegría de la amistad adolescente y sincera. Quiero a Rocas como se quiere a la familia, y como se ama al sentido más original y telúrico de lo que llamamos madre patria.

Por eso no pudo sino impactarme cuando, ya de adulto, vine a saber que Santo Domingo fue uno de los primeros centros de detención y de entrenamiento de torturadores en época de la dictadura cívico-militar. Uno de los lugares más íntimos y significativamente bellos de mi historia de vida se trizaba entonces con la percepción de una sombra oscura de un mundo que asomaba detrás del mundo que yo había vivido. Como esas pesadillas en que la familiaridad de lo conocido súbitamente se vuelve siniestra, amenazadora y ajena. Me enteré así que las viejas construcciones abandonadas y misteriosas de la playa Marbella -la querida playa norte- entre las que exploré y jugué de niño con mis amigos, habían sido construidas durante el gobierno de la unidad popular -como un proyecto de balneario popular en que se pretendía que personas de menos recursos pudieran disfrutar de la época de verano dignamente-, y que no bien llegado el golpe, los militares se apropiaron de ellas, para luego montar un centro de entrenamiento y ejercitación de la tortura. El primero de su tipo en el Chile de la dictadura, por cierto. Es decir, un proyecto que había nacido con la intensión de ser una fuente de integración compasiva y de crecimiento social auténtico, fue violentamente profanado en esencia para volverlo su contrario maldito. Las casas de veraneo popular fueron en cierto sentido “zombieficadas”, infestadas de muerte y podredumbre, y el lugar que una vez alcanzo a albergar familias humildes disfrutando y conociendo -para muchos- por vez primera el mar, terminó produciendo un ambiente que parió una de las aberraciones humanas más grandes de nuestra historia nacional: el horror de la tortura sistemática. Si quiere hacer el paralelo contemporáneo, imagine que Lavín consigue realizar su proyecto de integración social en Las Condes, que se construyen los famosos edificios, y que, luego de un tiempo, tenemos una revuelta social no menor con la llegada de un nuevo régimen dictatorial. Imagine entonces que se comienzan a usar esos edificios -previamente desalojados ya por cierto- para entrenar a soldados y agentes especiales para que practiquen con otros conciudadanos en como aprender a causarles sufrimientos intolerables, de forma tal que el dolor les termine por romper el espíritu y les infeste el alma de desolación, muerte y horror.

De viviendas de integración y dignificación, a sitios de fragmentación y violencia dantesca.

Hay un aspecto más que me parece le confiere a Santo Domingo una cualidad sombría, particularmente significativa, y que la constituye como un lugar que encarna de forma sintomática la fragmentación del alma nacional experimentada durante la dictadura. Esa cualidad se relaciona con el contraste y brutal tensión existente entre el horror acaecido en sus costas, y el exclusivo y aristocrático estilo de vida de quienes veranean en el balneario. No es secreto para nadie que Rocas es un lugar de esparcimiento para las elites, un balneario acomodado que goza de una exuberante, bella y exclusiva arquitectura y urbanismo (con los sectores humildes y medios bien desparramados en la periferia como es nuestra habitual tradición post-dictadura). La imagen que emerge entonces de lo acaecido en ese lugar es agudamente esquizofrénica: por una parte, champagne, fiesta high y exclusivo relajo; por otra parte -y a la vez– parrilla eléctrica, dolor abrumador, violación y muerte. Para hacer más grotesca la mixtura impacta el saber que en el centro de tortura y detención de Santo Domingo, también veraneaban algunos militares y agentes de la DINA. Es decir, mientras en una cabaña se golpeaba, humillaba y torturaba a un ser humano indefenso, afuera, la bien amada familia del que estaba ejecutando la acción de torturar, se encontraba jugando en la playa bajo el luminoso sol. Algunos de los que ahí sufrieron tortura se les llegó a prohibir que gritaran durante las vejaciones, pues podía ser que los niños en las cabañas contiguas los escucharan. Luego de terminado el día de trabajo, el torturador volvía a reunirse con su familia, para continuar con el alegre esparcimiento nocturno veraniego.

Esa escena simbólica, esa locura disociativa entre el horror y el “goce familiar”, entre la oscuridad del desmembramiento que sufrieron los torturados y el bienestar económico y social que Rocas exuda con su mera existencia, emerge como un síntoma grotesco -propio de una escena surrealista-  que se constituye como un espejo de lo que vivimos, y seguimos viviendo, en Chile. Pues somos el fruto de un proyecto social y político que se construyó bajo la promesa de “los tiempos mejores”, que logró instalar una fachada de aparente modernización y desarrollo -aunque con un bienestar económico real que sólo “alcanzó” para un ínfimo porcentaje de la población-, y que, a la vez, fue construido sobre el horror de la violencia, la persecución, el terror y la muerte. Si nos gusta pensar que “Chile está construido sobre rocas”, es justamente sobre esta Rocas que está construido, una hecha de sangre, de cuerpos rotos, y de una alegría festiva, maníaca y oscura, fruto de su -exclusiva- exuberancia económica. 

Lo dramático de todo esto es que en la escena de esta “tortura playera”, la fragmentación y el rompimiento de la humanidad no sólo fue experimentado por la víctima debido al dolor y la violencia. Paradójicamente, a través del acto de la tortura el victimario no pudo ir sino mermando lo de humano y sagrado que habita en él. Esto debido a que el torturador, sin quererlo, se va zombieficando a sí mismo. Basta escuchar a aquellos han hecho de la tortura su vocación de servicio “a la patria”, “al partido”, “a la religión propia”, “al estado”, o al tiranuelo de turno. Poco importa el color político que vistan, o su locación geográfica específica: sean de Punta Peuco, de Venezuela, Nicaragua, Estados Unidos o Siria, lo común del torturador es la experiencia de vaciamiento, falta de hondura personal, y vivencia del desgarramiento del alma. Si es que en algo tiene razón la intuición mitopoética de J.K. Rowling, ilustrada en su saga de Harry Potter, se relaciona justamente con el motivo arquetípico de que el asesinato y la tortura son el medio a través del cual el alma humana se va rompiendo y desmembrando. Los antiguos griegos lo expresaban de forma algo distinta: todo aquel que comete actos de asesinato, sobre todo los más cruentos, es perseguido indefectiblemente por las Erinias (o las Furias en la tradición romana); diosas ctónicas, monstruosas y terribles en su aspecto, que perseguían y atormentaban a los criminales debido a sus actos horrendos, clamando por justicia y restauración de la profanación cometida.

En cierto sentido, la grieta por donde asoma el mundo oscuro detrás del mundo beatífico de Rocas, es el mundo detrás del mundo que habita en Chile. Quizás, lo único que pasa hoy es que fechas como “el once”, nos vuelven más dolorosamente consciente de esa fisura. Hoy caminamos en un país que aún carga a cuestas, en victimarios y víctimas, esta fragmentación y fuga del Alma a territorios más propicios para su naturaleza sacra. Habitamos aun un espacio que cuenta con esta fina capa de maquillaje de desarrollo y modernidad (este “subdesarrollo exitoso” como lúcidamente afirmara M. Macari) que encubre la desigualdad, el abuso de poder, la violencia y la miseria; en un palabra, nuestra invalidez de corazón, nuestra falta de Eros, nuestra complacencia con un proyecto social ilusorio y vacuo del que todos, hoy, de una forma u otra, somos cómplices pasivos.

Quizás haya que volver a caminar por la playa norte de Rocas, a los pies de esos edificios corrompidos, hoy derrumbados y -también- hechos desaparecer, para que, rumbo a la desembocadura del Maipo, se deje sentir el viento norte. Quizás en la experiencia del silencio y de escuchar ese viento que trae las voces y gemidos de nuestros muertos desde el Hades, podamos junto a ellos recordar y rememorar quienes hemos sido, para que nuestro hacer alma juntos nos lleve por senderos futuros más propicios y humanos.