Preferí esperar el día después del 11 de septiembre para hacer estas reflexiones, que con propiedad hago y, sobre todo, en recuerdo de quienes ese día y en los años posteriores, decidieron superar el estado de víctimas, para hacer uso del derecho a la rebelión en contra de una brutal tiranía. Mujeres y hombres que se rebelaron y lucharon en contra de quienes declararon una guerra, inexistente, por cierto, a un pueblo indefenso, para generar la falsa idea de un enfrentamiento con fuerzas militares, que nadie ha demostrado existieran y que, según los autores de esta teoría mentirosa, “intentaban imponer una dictadura comunista en Chile”.

La tergiversación de los hechos históricos, por autores interesados, la parcialidad con la que se ha escrito nuestra historia reciente,[1] han intentado hacer creer que Allende poco menos que comandaba un ejército dispuesto a imponer la dictadura del proletariado. Nada más mentiroso, primero, Allende fue un Socialista consecuente, que murió (asesinado) defendiendo el mandato popular que le había llevado a la presidencia de la república y, defendiendo en condiciones desiguales, la democracia que estaba siendo destruida a balazos, de manera violenta.

En segundo lugar, Salvador Allende, por sus ideas, por el programa de gobierno que le planteó al país, llegó a la primera magistratura, coartado, sentenciado y amenazado, porque el plantarse una propuesta socialista, por la vía democrática, este se transformó en un peligro, no solo para la derecha chilena, para los centros de poder económico en Chile, sino que también, para el gobierno de Estados Unidos de la época. Como se comprueba por varios documentos desclasificados por la CIA, Allende fue declarado enemigo y amenazado por el gobierno de EEUU, porque si la revolución socialista triunfaba en Chile, esta se iba a extender en América Latina y Europa, potenciando el contexto internacional de enfrentamiento bipolar con EEUU y a la revolución en Cuba.

En tercer lugar Allende fue condicionado por la Democracia Cristiana, con Frei y Aylwin a la cabeza, a firmar un “pacto de garantías” a cambio de entregarle los votos que este necesitaba en el congreso[2], para ser nominado presidente, y luego en 1973, firmaron un pacto con la derecha ( Partido nacional)[3] para derrocarlo.

En cuarto lugar, en medio de todo este proceso de conspiraciones, la derecha, específicamente un comando de Patria y libertad,  asesinó al comandante en jefe del ejército, general Rene Schneider, en octubre de 1971, dos años antes del golpe, un crimen en cuya planificación participaron generales, almirantes y otros oficiales de las FFAA[4] con el propósito, declarado por los inculpados, de impedir que Allende asumiera la presidencia de la Republica.

Este crimen alevoso, dejo al descubierto lo que hoy niegan, la alianza entre la derecha, la DC, un sector del empresariado más poderoso del país, con oficiales de las FFAA y el gobierno de EEUU. Una alianza política y militar, que durante tres años no escatimo esfuerzos ni dinero para impedir primero, que Allende llegara a la presidencia de la república y luego, para desestabilizar su gobierno, derrocarlo y asesinarlo.

Por ello, cuarenta y cinco años después, no son válidos los lloriqueos de arrepentimiento, sin acciones concretas que demuestren lo contrario, de quienes son los promotores, financistas o actores directos del quiebre de la democracia y luego, artífices, propagandistas y que se beneficiaron, haciéndose millonarios, apoyando a la dictadura cívico militar encabezada por Pinochet. Esas lágrimas de cocodrilo o identificándose como cómplices pasivos para limpiar sus conciencias, no van a borrar sus culpabilidades como simplemente cómplices, de haber creado las condiciones o de apoyar a una dictadura terrorista que dejo una huella profunda de odios y crímenes en el país.

Entre cómplices y demócratas de medio tiempo, han tratado por años de enlodar la imagen de Allende, ocultando deliberadamente que este que fue asesinado el 11 de septiembre, en medio de un bombardeo de aviones de la Fuerza Aérea, sin precedentes, al palacio de la moneda. Alimentando la teoría de un suicidio que ya nadie cree y, achacándole responsabilidades “por su mal gobierno”. Historias construidas convenientemente, para justificar el mal actuar o para limpiar culpabilidades en el asesinato del presidente y de la democracia en Chile.

Pero el presidente Allende es un héroe nacional, que fue traicionado, que murió acompañado solo de sus más cercanos seguidores, que creyó en la lealtad de quienes nunca le fueron leales, asumiendo por consejos o por voluntad propia, que los mandos militares, formados ideológicamente para defender militarmente la democracia norteamericana en el continente, quienes le despreciaron por lo que representaba, iban a mantenerse en el cumplimiento de sus compromisos constitucionales.

Y en esto sí que la izquierda chilena, particularmente la dirigencia de la Unidad Popular de la época, tiene responsabilidades, las que creo, hasta hoy no han asumido a cabalidad. Las que radican en no haber creado las condiciones para defender al gobierno popular, el mandato democrático del pueblo, confiando la defensa de un gobierno socialista, ante una derecha agresiva, a las Fuerzas Armadas, cuyos mandos desde el inicio de su gobierno se dispusieron a derrocarlo.

Para nosotros, militares que, en las Fuerza Aérea, decidimos mantener nuestro compromiso y que denunciamos el golpe de estado mucho antes de que este se consumara, como lo hicieron también un grupo de suboficiales de la marina y algunos oficiales del ejército y carabineros, la dirigencia de la Unidad popular nunca resolvió el tema de las FFAA. Por el contrario, no solo no nos creyó, tampoco a dirigentes de otros partidos incluido el MIR, cuando nos acercamos a plantear nuestras inquietudes, sino que, siguió adelante con un programa de gobierno que proponía cambios profundos en la sociedad y la economía del país.

En un momento, además, de agudas contradicciones políticas e ideológicas, en un continente, América Latina, afectado por el atraso y la pobreza, en el que sus habitantes agobiados por gobiernos incapaces de resolver sus problemas básicos de sobrevivencia, buscaban respuestas en la aparición de nuevos movimientos políticos, inspirados en el mundo socialista y principalmente en la revolución cubana, las que se fortalecían como una opción cada vez más cercana a sus problemas.

En ese contexto sentíamos que la formación militar que nosotros mismos habíamos recibido, la ideologización de los militares chilenos, que se inició en los años 50, a través de la Doctrina de Seguridad Nacional, se materializaría tarde o temprano como el fundamento ideológico de EEUU, para impulsar la lucha anticomunista en Chile, caricaturizándola en la persona de Allende y de su gobierno. Mas aun en el contexto internacional señalado, de un ascenso de los movimientos revolucionarios y anticapitalistas, que, en su conjunto, amenazaban el Establishment norteamericano en la región.

La doctrina militar, aceptada como válida por el gobierno de la Unidad Popular, por lo tanto, era una doctrina totalmente opuesta al programa de gobierno de izquierda que se estaba iniciando, el que declaraba querer transformar Chile en un país socialista. Un planteamiento de carácter estratégico que implicaba diseñar una política militar, que, de manera alternativa a la doctrina de la seguridad nacional, entregara un rol a las FFAA en las profundas transformaciones que Allende le había prometido al país.

Una política militar a final de cuentas, que fuera más allá de la visión tradicional del papel de las FFAA en la sociedad chilena: de defensa de la soberanía, para vincularlas activamente al desarrollo nacional y al proceso de cambios económicos, sociales y políticos.

Esa tremenda carencia fue la que permitió, que unos mandos militares corruptos, ambiciosos, coludidos con políticos y empresarios nacionales y extranjeros, se apoderaran del control de las FFAA y a través de los conductos de mando verticales, férreamente controlados por oficiales subalternos y suboficiales, previamente designados para ello, iniciaran su guerra de exterminio en contra del comunismo, creando la imagen ficticia de un ejército armado que derrotar.

Para reprimir de la manera salvaje que lo hicieron y justificar los crueles asesinatos cometidos en centros de tortura, de gente desarmada, no en enfrentamientos armados, los mandos militares hicieron consciente y planificadamente la distinción: Las FFAA “estaban luchando en contra de soldados comunistas y marxistas”, como lo dijo el más fascista de todos, (ahora militar republicano) Gustavo Leigh, “estamos en guerra señores contra el marxismo”.

Por lo tanto, en sus mentes retorcidas, no luchaban en contra de civiles, lo que es la forma habitual de diferenciar la conducta debida en un enfrentamiento bélico y que descansa en la prescripción universal de no matar. Argumentaron un combate en contra de combatientes enemigos, transformando, para su conveniencia, el ataque generalizado en contra de la población civil y la tortura, en un acto de legítima defensa.

Que mentira más descarada, una que permite hoy, que cientos de estos bandidos disfruten de libertad e impunidad, que es aceptada para justificar la obediencia debida y permite no sancionar a los culpables de crímenes de lesa humanidad, con penas de cárcel que se relacionen a la magnitud del genocidio que cometieron.

Nosotros nos negamos a seguir estas órdenes, porque no había contexto moral que justificara torturar y asesinar, amparándose en una guerra inexistente, presentándole a los soldados una situación en la “que matar no sólo se permite, sino que se exige”. En tales circunstancias entonces, donde ni siquiera se respetó la ética de la guerra, los valientes soldados, (entre los que se encuentran algunos de los actuales “viejitos de Punta Peuco”), que arremetieron cobardemente en contra del pueblo desarmado, recibieron condecoraciones por sus actos criminales.

En esto terminó la historia del 11 de septiembre, escrita con hipocresía por políticos de derecha y dirigentes de la DC, quienes como Frei y Aylwin lo reconocieron públicamente, que “preferían una dictadura parda que una dictadura de comunista”. O, que “la acción de la FFAA simplemente se anticipó a ese riesgo (autogolpe) para salvar al país de caer en una guerra civil o una tiranía comunista”.

“Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad al pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.

 Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron y entregaron su alegría y su espíritu de lucha. Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos, porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente; en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando las vías férreas, destruyendo lo oleoductos y los gaseoductos, frente al silencio de quienes tenían la obligación de proceder”.

No hay contexto para justificar el golpe de estado de 1973. El único contexto fue la traición y la cobardía

Honor y gloria al presidente héroe y a los hombres y mujeres que lucharon y se rebelaron a la tiranía terrorista de Pinochet.

[2]   Allende había obtenido el 36,2% de la votación popular por lo que recaía en el Congreso la elección de la Presidencia de la República, pudiendo elegir entre cualquiera de las dos primeras mayorías

[3]  Un pacto a través del cual se estableció de manera explícita, que las Fuerzas Armadas y el Cuerpo de Carabineros deben “encaminarse a restablecer las condiciones de pleno imperio de la Constitución y las leyes y la convivencia democrática, indispensables para garantizar a Chile su estabilidad institucionalidad, paz civil y, seguridad y desarrollo”.

[4] Participaron en este asesinato: general Camilo Valenzuela general Roberto Viaux (general Alfredo Canales. Almirante Hugo Tirado, Comandante en Jefe de la Armada general Joaquín García, segunda antigüedad en la Fuerza Aérea; Vicente Huerta director general de Carabineros. Civiles: Juan Luis Bulnes Cerda, Diego Izquierdo Menéndez, Jaime Melgoza Garay.