Es complejo enfrentarse a un mundo que sientes que no te quiere, percibes que no te acepta y donde muchos preferirían que seas “normal” o que al menos aparentes, esforzándote en encajar en un molde que no te queda.

Cuando empecé mi camino, sabía que tendría que enfrentar momentos de gran vulnerabilidad y, preparándome para cuando llegaran, me encontré en un dilema: ¿Cómo enfrentarme a que me acepte el resto cuando todavía no me acepto yo misma? Al mismo tiempo, ¿cuánto influye en aceptarme que mis familiares y amigos, al menos los más cercanos, me acepten?

Así, para superar mis miedos y ganar confianza, decidí partir por cosas menos significativas, pequeños pasos. Lo primero que hice fue meterme a clases de baile girly, un sueño de juventud completamente fuera de mi zona de confort y que asociaba con rechazo. Después me acerqué a un grupo trans para un poco más tarde empezar con clases de maquillaje.

Enfrentando pequeños miedos, cuando situaciones que te atemorizaban se van volviendo cotidianas, tranquilas y te entusiasman, vas ganando, de a poco, la confianza que necesitas. Así llegó el momento en que me decidí a contarle a mi amiga Lidia, también porque ya no podía más, necesitaba que alguien más supiera.

Llegué con un nudo en el estómago, sudando de los nervios, con un discurso ensayado que se me olvidó al saludar. Sentadas, conversando, evadía su mirada por vergüenza mientras apretaba los dientes con angustia; al borde del llanto, cuando por fin encontré las palabras para contarle que soy trans… no me creyó.

¿Habrán sido los nervios? No es común que un amigo casado te confiese un secreto como ese. Tuve que explicarle con mayor profundidad, mostrarle las marcas del láser en mi barba que desaparecía y contarle un poco más. Creo que la asusté un poco por la responsabilidad de ser la primera que supo, su respuesta fue tan torpe como mi explicación y no logró transmitirme ninguna idea, pero sí mucho cariño y desde ese día me apoya.

Seguí, siempre de a pocos, contándole a mis familiares y amigos; las reacciones fueron variadas: algunos me dijeron que no sabían qué era ser transgénero y, luego de explicarles, me confesaron que sí sabían pero, como les había dicho yo, pensaron que era otra cosa; también recibí el clásico “¿por qué tienes que estarlo contando?”; hubo algunos que dijeron aceptarme para luego distanciarse cuando hablaron contra la diversidad y no guardé silencio —el que esperaban emanara de mi gratitud, porque no me rechazaron—; y algunos con buenas intenciones, pero paternalistas, que me presionaron desde su miedo atrasando mi proceso.

Pero la reacción más común fue la de empatía, el abrazo cariñoso de quienes me sintieron e inmediatamente recordaron nuestra historia resignificándola, pensando en lo duro que fue para mí haberme ocultado tanto tiempo. Eso significó mucho para mí.

Así los recibimientos afectuosos y rechazos, las comunicaciones efectivas, las enredadas y los momentos de vergüenza de los que aprendí a reírme, me permitieron ir ganando confianza para enfrentar el espacio que me daba más miedo y mi último closet: mi trabajo.

El 31 de marzo del 2017 era mi evaluación en la mañana, me desperté temprano, ensayé mi discurso en voz alta mientras manejaba camino al trabajo y, a las nueve de la mañana, entré a mi evaluación anual preparada para contarle a Verónica, la líder del área en que trabajo. Quería y necesitaba contarle, pero no tuve fuerzas, así que le pedí al final de la evaluación que me separara media hora en la tarde para conversar un tema personal.

No pude concentrarme en todo el día, las horas fueron angustiosas y largas. Llegadas las cinco nos reunimos y le conté. Las más de veinte salidas del clóset que tenía a mi haber no sirvieron, se me olvidó la confianza ganada y se dispuso a hablar una niña con miedo. El discurso memorizado se perdió en el tartamudeo y sólo logré decirle que le iba a decir algo muy personal que me iba a dejar vulnerable:

—Soy transgénero ¿sabes qué es eso?

Verónica sí sabía, ofreció apoyarme y cerramos la tarde con un abrazo.

Con su respaldo, la semana siguiente ya estaba hablando con el gerente de mi área.

—Martín, no es que esto signifique mucho para mí, esto lo significa todo para mí…

Hablé también con nuestra partner de recursos humanos y una semana después, con la gerencia de recursos humanos. Tras algunas conversaciones comenzó el trabajo; ellos tenían que estructurar la estrategia comunicacional y organizacional, mientras yo preparaba mi discurso para salir lo antes posible de mi último clóset.

Para ese entonces yo vivía como Alessia, pero cada domingo en la noche me despintaba las uñas, cada lunes sacaba la ropa masculina, ya vestida cambiaba el tono de mi voz, mi postura, mis gestos y salía preparada para mentirle al mundo. Esa rutina me hacía cada vez más daño y, ya para ese entonces, estaba al límite.

Después de un mes fijamos fecha: le contaría a mis compañeros el 3 de julio, una fecha nada trivial ya que mi cumpleaños es el 4. No quería pasar otro año como Alejandro y anhelaba por primera vez escuchar mi nombre —Alessia— en la canción de cumpleaños.

La noche anterior no pude dormir de los nervios. Todos los escenarios, optimistas y pesimistas, se veían reales al mismo tiempo. Esa mañana desperté muy temprano y con mucha ansiedad, no podía llegar tarde. Llegué a la oficina agotada por la falta de sueño, pero bien despierta por la adrenalina; asustada, pero decidida. Entré preparada para una maratón emocional y contarle a cinco grupos diferentes que soy trans, esperando que me acepten para poder seguir trabajando con ellos al día siguiente.

El primer grupo fue mi equipo, mis amigos más cercanos. Les abrí mi corazón:

—Yo soy transgénero; me escondí por miedo, porque quería ser una persona querida, con amigos, con familia, con un trabajo, como todos, y pensé que si se enteraban de quien era lo perdería todo.

Mis ansiedades, miedos y expectativas, sumados a los años de vergüenza y secretos, se me vinieron encima y me desplomé en llanto. En ese momento Verónica me abrazó para contenerme.

Ya más calmada, retomé la conversación con mi equipo. Estaban nerviosos y sorprendidos, yo en ese momento me hice pequeña, cualquier jerarquía laboral había desaparecido en mi vulnerabilidad y eran ellos quienes tenían el poder sobre mí. Cuando tomaron la palabra pude notar su empatía en las lágrimas que se acumulaban en sus ojos y en la voz que se les quebraba. Me dijeron que contara con su apoyo para lo que venía y Mari, la única mujer de mi equipo, al notar lo pequeña que me había vuelto me dijo que levante la cabeza y mantenga la frente en alto. Cada vez que me siento débil la recuerdo y corrijo mi postura.

Con la frente en alto, salí a la segunda reunión de la mañana, esta era una presentación muy estructurada, a sesenta personas de mi área. Cuando llegué ya estaban sentados y preparados para una reunión de última hora convocada por la gerencia. Después de saludar, para sorpresa de todos, me paré al frente lista para exponer.

—En marzo del año pasado comencé un proyecto, que no sabía dónde me llevaría…

Partí con el discurso “Tengo un sueño” de Martin Luther King, explicando cómo a todos nos inspiran las historias de cambio, pero ¿es realmente tan así? ¿Cómo reaccionaríamos si un cambio nos afectara a nosotros? y lo contrasté con Wallace, el segregacionista. Suena descabellado hoy, pero tenía enorme adherencia y quienes lo seguían eran personas no muy distintas nosotros, movidas por creencias que asumían correctas.

Pasé a hablar sobre la forma en que nuestro cerebro estructura y simplifica el mundo, nuestras reacciones negativas ante quien la desafíe, cómo reforzamos estas estructuras y creencias en grupos que comparten nuestra visión, generando la ilusión de certeza, y cómo todo esto interactúa en la sociedad cegándonos ante injusticias que, por repetición, se camuflan de “sentido común”.

Y así, mientras todos se preguntaban qué hacían ahí y porqué les explicaba esto, le di un giro al discurso hacia lo personal.

—Todos sabemos lo que es aprender sobre uno mismo. Cuando crecemos, jugando y tomando diferentes roles, niños y niñas, vamos descubriendo, de a poco y entre juegos, quiénes somos internamente y quiénes somos en la sociedad…

Quería que reflexionaran sobre sus vidas y las dificultades que han tenido o que han visto en otras personas al sociabilizar.

—Lo que resulta complejo imaginar es que hay gente que en la primera etapa de sociabilización enfrenta situaciones únicas relacionadas a su identidad que los van a acompañar toda su vida. No hay números exactos, pero se estima que al menos 1 de cada 10 000 personas son transgénero, eso significa que desde su infancia sintieron que su género, la forma en la que se expresan y dónde se identifican en la sociedad, no corresponde con lo que se espera de su sexo biológico.

En ese momento respiré hondo. Todo un año de ganar confianza, construir autoestima, vencer mis miedos y aprender a quererme me habían llevado a ese momento, y me preparé a decir las palabras que cambiarían mi vida:

Me ha costado mucho llegar a este momento, pero hoy me toca contarles que… yo soy transgénero.

Entonces volví a respirar, con menos presión en mi pecho y con el alma más ligera, retomé.

—Aprendí a comportarme como hombre porque me enseñaron que lo opuesto era pecado, que era enfermo, que tenía que suprimirlo. Yo no quería ser una persona rechazada, quería tener amigos, tener una carrera, sueños… Entonces aprendí a suprimirlo, al punto de que fue imperceptible.

Les conté sobre mis miedos, todas las imágenes de exclusión que me acompañaron mientras crecía y me perseguían en mis pesadillas, y les pedí que recordaran que seguiré siendo aquella persona con la que trabajaron, con quien se quedaron hasta tarde resolviendo problemas, con quien se podían tomar una cerveza a la salida. Pero eso no era todo.

—Si tengo que reconocerles que, aunque soy la misma persona, también soy más; porque desafié todos mis miedos y superé las barreras de lo que creía posible. Les quiero compartir lo que ha sido para mí este año.

Entonces, con una melodía en piano de fondo, comenzó una serie de imágenes, fotos y videos cortos en los que les comentaba la historia de “este año” (ese año) en el que aprendí a cambiar. Aparecía mi cronograma, salí bailando, las clases de maquillaje, mis amigos de la diversidad, mi viaje a Europa y terminó la melodía mientras se mostraban las palabras finales: ¡Lo logré! ¡Soy Libre! ¡Soy yo!

Ahí terminaba mi exposición y venía el momento de la verdad ¿Cómo reaccionarían mis compañeros de trabajo? Mis peores miedos dibujaban una escena de rechazo, pero la creía improbable; mi lado racional se preparó para una recepción parca; mi lado emocional se ilusionó con un recibimiento amable. Los tres se equivocaron.

Estaban todos sentados frente a mí, atónitos por lo que habían escuchado, hubo tres segundos de silencio… y comenzaron los aplausos. Mientras se sintieron suaves sentí alivio, mis miedos eran cosa del pasado; fueron subiendo el volumen y sentí agradecimiento a quienes me abrieron el corazón; luego los vi de pie, en un fuerte aplauso lleno de empatía que me abrazaba y reconocía. Estaba viviendo un sueño, uno que no me atreví a imaginar ni en mis momentos más optimistas, y me puse a llorar.

Cuando bajó la intensidad del momento hablaron los gerentes presentes reafirmando su apoyo y de Cencosud; yo, todavía con la voz temblorosa y emocionada, les agradecí.

—Gracias, de corazón gracias. Mañana, cuando llegue seré Alessia, quien siempre fui. Por favor, trátenme con confianza, hagan el esfuerzo de salir un poco de su zona de confort y yo prometo preocuparme más del fondo que las formas, no ofenderme ante errores involuntarios, tomar las cosas con calma, buen humor y ser un libro abierto para lo que quieran saber. Por favor confíen en mí para aclarar cualquier duda que pueda hacer más agradable nuestra convivencia.

Entonces, cuando creí que se habían acabado las sorpresas, alguien en el público se puso de pie y dijo:

—Un momento ¡Esto está mal!… ¡No puede ser que esté sola allá adelante! No sé ustedes, pero yo voy para allá.

Y vino caminando hasta donde estaba yo para abrazarme, otros comienzan a levantarse y, de repente, todos estaban junto a mí.

—Parece una película ¿no? Pero me ocurrió a mí—.

Las tres reuniones siguientes fueron más tranquilas, llenas de palabras de apoyo y cariño en un día en que el mundo me enseñó que vale la pena creer en las personas. Así existan diferencias generacionales, ideológicas, jerárquicas o de cualquier otro tipo, cuando podemos sentir a quien tenemos al frente, todas esas barreras imaginarias desaparecen.

Cuando terminé, me senté un momento a solas y todas las emociones del día me sacudieron. Se me aceleró el corazón y me puse a llorar nuevamente “¿Qué es todo esto que me acaba de pasar?”. Me llené de gratitud pensando en todos los que me apoyaron en el camino.

Ese día mi vida cambió.

Llegando a mi casa, a las cinco de la tarde, abracé, besé a Cossete y me eché a su lado. Todavía incrédula de lo ocurrido, ahí recostada, sonreí un momento y sin estrés ni angustia, por primera vez en más de un año, me dormí ilusionada de la vida sabiendo que todo estaría bien.


Ingeniera industrial y activista en diversidad