Hace 44 años escribí un testimonio sobre el Estadio Nacional y Chacabuco. Se imprimió precariamente en el mimeógrafo de la oficina de Chile Democrático, en Roma. En papel roneo, no creo que hayan sido más de cien los ejemplares de Chacabuco (1974). Entonces todavía estaban presos cientos de quienes habían sido mis compañeros en diversos recintos de detención. Los testimonios difundidos en el marco de la solidaridad internacional exigían la libertad de los presos políticos. Todavía no se sabía que muchos de ellos estaban “desaparecidos” -ni siquiera se usaba esa categoría que encerraba una situación irreversible- y que nunca volverían a sus casas.

Los testimonios atestiguaban que las personas nombradas en ellos existían, habían sido vistas (algunas retratadas): estaban vivas. Nombrarlas les daba la visibilidad necesaria para impedir que fueran asesinadas y exigir su libertad. Se trataba de testimonios de sobrevivientes, escritos en la urgencia de la emergencia. En el exilio, con escasas posibilidades de que pudieran circular “en el interior”. Era peligroso entrarlos a Chile, tenerlos, distribuirlos, comentarlos. En marzo de 1974, en Buenos Aires, Sergio Villegas publica un primer libro testimonial que justamente se titula El Estadio. Posteriormente fue traducido al inglés, italiano, alemán, polaco, ruso; y en Chile fue reeditado en cuanto se pudo: 1990. En la Unión Soviética, Rodrigo Rojas publicó su libro Jamás de rodillas (1974); y Rolando Carrasco, Prigué (1977). En Bulgaria, Luis Alberto Corvalán publicó Escribo sobre el dolor y la esperanza de mis hermanos (1976). Probablemente hay mucho más publicado en el exilio y en diversos idiomas. En el interior, en la medida que la oposición se articula, se extiende, se masifica, aumenta la circulación de impresos. Entre ellos está el testimonio de Manuel Paiva, quien hace hace una edición semiclandestina de su libro El rostro de mi pueblo (1983).

Méritos especiales tiene Un viaje por el infierno (1984) de Alberto Gamboa. El libro aparece por entregas semanales en agosto y septiembre de 1984 inaugurando la serie “Testimonios” de la revista Hoy. El libro se edita por entregas, a modo de los antiguos folletines, la “novela de la vida real”. Al inicio no se sabía cuántos de los cuatro capítulos planificados podrían llegar a los quioscos, ni el momento en que el gobierno ordenaría la suspensión de la publicación. Tampoco, hasta qué punto la revista resistiría la presión de la dictadura, ni el punto en que la autocensura y los consejos legales de abogados para evitar posibles juicios, harían inviable seguir escribiendo el libro. Los temores no eran infundados: el autor del libro tuvo un requerimiento de la justicia militar, con encargatoria de reo. Por otro lado, la forma de distribución del libro tampoco aseguraba que todos los lectores tuvieran acceso a los cuatro tomos. El libro fue un “regalo” en el sentido de que se entregaba gratuitamente junto a la revista y que cubría una necesidad de conocimiento muy sentida, especialmente de gente desvinculada de las organizaciones políticas. La demanda se notó en la circulación de la revista que llegó a superar los cien mil ejemplares. Al menos el primer tomo, dedicado al paso de Gamboa por el Estadio Nacional. Además del público que encontraba en el libro el reflejo de su propia historia, Un viaje por el infierno llegó a un lector que en los primeros momentos de la dictadura había sido obsecuente con el régimen. El libro no lo distribuía un medio de izquierda, debilitando la barrera de escepticismo que llevaba a que muchas personas que habían sido opositoras legítimas al Presidente Allende dudaran de la verdad de las víctimas, desconfiaran de la historia de los vencidos y fueran incrédulos respecto de esta dimensión de la derrota ajena. En el contexto político, la colección estaba inserta en el discurso que promovía la reconciliación y el diálogo. El libro nos cuenta, como bien dice Mauricio Carvallo presentando el primer tomo, “lo que ignorábamos –o queríamos ignorar- cuando hacíamos una existencia normal, mientras a ellos les cambiaban sus vidas”.

Posteriormente, ya en democracia, la bibliografía sobre el Estadio Nacional es variada. Virgilio Figueroa publica Testimonio sufrido (1990); Adolfo Cozzi, Estadio Nacional (2000); Carlos Orellana relata su experiencia en el Estadio en Penúltimo informe (2002). La experiencia de los extranjeros en el estadio, especialmente los exiliados uruguayos, está relatado por Graciela Jorge y Eleuterio Fernández Huidobro en Chile roto (2003). Es conmovedor el testimonio Mis días en el Estadio Nacional de Chile (2009) del sacerdote Enrique Moreno Laval, quien hizo misa en los camarines; Manuel Cabieses en su Autobiografía de un rebelde (2015) da cuenta de la organización de los presos y sus inicios como dirigente en ese frente. Con más distancia, pero con indudable empatía con las víctimas, Pascale Bonnefoy realiza la investigación periodística Terrorismo de Estadio (2005), donde revela y analiza la organización de los militares a cargo del recinto.

Por mi parte, a treinta años del golpe retomé el testimonio escrito en 1974. Dialogué con él, lo “completé” citando los relatos de compañeros que vieron y vivieron y escribieron lo que yo no viví directamente. Así, en Frazadas del Estadio Nacional (2003) me fui acercando a un relato más coral, a una memoria polifónica necesaria que, en cierto sentido, he logrado en mi ensayo Derecho a fuga (2018). Es un intento de pasar sucesivamente del testimonio personal a la reflexión sobre la experiencia personal y luego a la resiliencia colectiva, en una evolución casi natural que exige el paso del tiempo y los cambios personales e históricos. Sin la presencia de la comunidad es imposible conocer y comprender la experiencia de la prisión política, sin la escritura de cada testimonio sería imposible avanzar en la reflexión que le debemos a quienes no vivieron esas experiencias.