En la entrevista que Gabriel Gaspar dio a CNN el pasado 13 de septiembre, es fácil advertir un discurso orientado, finalmente, a la autotutela (la “justicia por propia mano”) para resolver problemas limítrofes. El tema no es nada menor y pienso examinarlo aquí, a propósito de que el 1 de octubre próximo se leerá el fallo del tribunal en La Haya sobre la demanda boliviana.

Solo ilustrativamente, podemos señalar que Gabriel Gaspar en su momento perteneció al MAPU y después al Partido Socialista. Tuvo que partir al exilio durante la dictadura. Y ha sido, en gobiernos concertacionistas, subsecretario de Guerra y para las Fuerzas Armadas. También ha sido profesor de la Academia de Guerra del Ejército y profesor del magister en Ciencia Política del Instituto de Ciencia Política de la Universidad de Chile. En consecuencia, uno espera una opinión serena y sensata, moldeada por los conocimientos, su calidad de licenciado en Ciencias Jurídicas y sus vivencias personales.

Pues bien, en la entrevista, Gaspar señaló, entre otras cosas, que “el problema no es el juicio en La Haya, sino que Bolivia tiene una apetencia sobre territorios chilenos”; agregó que entiende que los “abogados se preocupen del juicio, pero que en realidad esto debía conducirse por cauces “comunicacionales, estratégicos y políticos”; finalmente, señaló que la Corte de La Haya había sido “creativa” y que Chile debía retirarse del Pacto de Bogotá para volver a tener la solución de estos problemas “en sus manos”.

Vamos por orden. Que Bolivia tenga una apetencia sobre territorios chilenos es una impropiedad lógica, desde que precisamente lo que discute Bolivia es si esos territorios son chilenos o bolivianos. Tiene apetencia sobre unos territorios, eso es cierto; que sean chilenos, en cambio, es lo que ha dicho Chile, no una realidad. Dado lo anterior, parece muy razonable que Bolivia haya acudido a un tribunal internacional para discutir el punto, por mucho que por ahora el objetivo sea solo que Chile “se siente a negociar”.

Ahora, si al Sr. Gaspar le parece que es un “problema” la aspiración boliviana, debería decirnos cómo “solucionar” ese problema. Someter la pretensión a la decisión de un tercero imparcial, es la mejor forma, creo yo. Porque después del proceso, las opciones que quedan son la autocomposición o acuerdo directo entre las partes, que es claro que aquí no funciona, y la autotutela.

Camino a la autotutela, esto es, a arreglar las cosas a bombazos y mediante la guerra, apunta la propuesta de retirarse del Pacto de Bogotá. Porque después de eso, solo quedará, en el largo plazo, la solución militar. Y las soluciones militares son solo la fuerza de las armas y el silencio de la razón, la imposición de la voluntad por sobre cualquier razonamiento y el relegamiento de la justicia a un plano irrelevante.

Haga un ejercicio doméstico: usted discute con su vecino por unos metros de terreno en sus parcelas colindantes. ¿Es razonable que usted – si pudiera hacerlo – plantee que mejor se retira del sistema judicial chileno, que no reconoce la facultad de juzgar y decidir de los tribunales y que, en adelante, el conflicto deberá resolverse “directamente”? Las posibilidades de que eso termine en un enfrentamiento físico son altísimas y a nadie le ha parecido racional que dos vecinos “resuelvan” un problema de ese tipo a balazos.

Retirarse del Pacto de Bogotá es algo enteramente asimilable a lo descrito anteriormente, y si es irracional dos sujetos entreverados a puñetazos, es infinitamente más irracional e inmoral arriesgar que dos países se traben en una guerra.

Lo único sensato es armarnos de argumentos, es prepararse para una guerra dialéctica en un tribunal, es entrenarse duramente como abogados para exponer las tesis jurídicas y, después, sentarse a esperar el fallo para respetarlo. De ganar, se puede celebrar todo; de perder, podemos celebrar ser un ejemplo para la paz mundial y evitar sufrimientos inenarrables para los que van a una guerra y sus familias. Porque la guerra, como alguien dijo, es una actividad que consiste en que personas que no se conocen se masacran unas a otras, por instrucciones de personas que sí se conocen, pero que no se masacran.

Uno no se somete a un sistema internacional de resolución pacífica de conflictos solo en la medida en que se le garantice que siempre le darán la razón, ni porque sea conveniente; se somete a él porque cree en la paz por sobre todas las cosas. Por sobre todas.

Todos estos llamados a desconocer fallos, a marginarnos del sistema internacional de resolución pacífica de conflictos y resolver el problema “directamente” esconden una irresponsabilidad infinita, basada en un chauvinismo trasnochado que exacerba odios ridículos por pedazos de tierra o mar.

Usted vaya a juicio y gánelo. Y si lo pierde, no llore como soldado frustrado lo que no supo defender como abogado avezado.

La pataleta guerrera no solo es extra jurídico, don Gabriel; más bien, es antijurídico y contrario a la civilización. Esto no es “por la razón o la fuerza”. Es solo por la razón. Y lo razonable solo es someter los diferendos al arbitrio de un tercero y obedecer el dictamen, aunque no le guste.


Abogado de la Universidad de Chile