¿Cómo fue haber sido nacido y criado en una familia torturada por la dictadura de Pinochet? Primero, diría que la vida política es para nosotros algo enteramente distinto a la que se da normalmente, no trata tanto de las instituciones, de las elecciones o de la máquina de pasillo. Se trata más bien, de una práctica que, llevada a sus últimas consecuencias, es una de vida o muerte. Eventualmente el curso tradicional de las cosas será interrumpido como ya lo fue reiteradas veces antes: el orden constitucional será suspendido y la excepción será la norma. De allí viene lo segundo de inmediato, que la posibilidad de la vida política está siempre permeada por un pánico constante. Siempre, desde que comencé a interesarme por participar en lo común o en lo de todos, en lo político, acechaban las palabras llenas de un miedo bien sabio de mis abuelos: saca tu título primero, sé alguien profesional, si llega a pasar algo te va a pillar mejor parado. Tus amigos de plata no van a tener ese problema, se van a ir al exilio o se salvan de seguro. Familia militar, dinero y demases. La política, entonces, es algo de vida o muerte, de florecimiento de la identidad política o de su supresión más absoluta.

¿Cómo es ser nacido y criado en una familia acechada por el Estado? Lo tercero que se me viene a la cabeza es la necesidad urgente de justicia. Cosa ambigua y resbaladiza, manoseada y maleable, disputable y enarbolado por variopintas tendencias políticas. Todos piden justicia. ¿Alguno de los lectores tiene claro que podría definir cómo justicia? Yo tengo muy pocas luces sobre ella. La justicia exige, antes que todo, memoria, no una cualquiera, por supuesto. Una memoria que recupere, como su tarea principal, las voces no escuchadas de la historia. Aquellas que nunca pronunciaron palabra pública o que fueron acalladas por la tortura. Voces cuyos cuerpos fueron desaparecidos, mutilados, arrojados al mar, voces de cuerpos destruidos. Sin esto no hay justicia posible, ni pensable. Luego, se requiere de una nueva comunidad política, de una que pueda cargar con el relato de la tradición de estos oprimidos y no de una manera cualquiera, sino con la estampa de lo urgente. La justicia es siempre un porvenir, un avenir incierto en el tiempo. Siempre la justicia es algo que se espera y se espera lo antes posible: mientras antes se actúe en nombre de ella, mayor será su justo peso. Hace ya casi 50 años que la democracia fue suspendida y el estado, defensor de esta, se transformó en una herramienta del fascismo.  Eso fue de lo último que aprendí de vivir en una familia atormentada por la dictadura: que la democracia se protege y justifica en su interrupción.

¿Cómo fue nacer y ser criado en una familia torturada por la dictadura? Qué el peligro de la facticidad política siempre acecha, de la política basada en el poder y los hechos, que no es algo excepcional en nuestra historia. Si hacemos justicia a nuestra memoria, se revelará que los medios excepcionales del estado y la élite son y garantizan su norma, su soberana legitimidad. Mis palabras no pretenden incitar a ningún odio ni animadversión, sino que pretenden dar una advertencia. Nadie aquí podría dudar que el fascismo ha logrado anidar sus huevos en nuestro país, lo mismo sucede en el primer mundo. El terror, el peligro tienen el riesgo de dejamos en la pasividad reflexiva, en alzar la voz de forma silenciosa y cauta. Esto es nuestra derrota, y no solo la nuestra, sino que una derrota para con quienes claman con las voces de los muertos la urgencia de la justicia. Me permito referirme a las palabras de un pensador perseguido y acechado por el fascismo:

“la tradición de los oprimidos nos enseña que el “estado de excepción” en que vivimos no es sino la regla. Tenemos que llegar a un concepto de historia que le corresponda. Entonces estará ante nuestros ojos, cómo nuestra tarea, la producción del verdadero estado de excepción; y solo con ello mejorará nuestra posición contra el fascismo”.

Dos cosas se desprenden de esto. La primera, que la lógica del derecho y su correlación en el Estado ha sido siempre cosa de pocos. Por ejemplo, aceptar acríticamente los DDHH es adscribir a una tradición que no tiene cabida en sí para los reales oprimidos por la historia: pobres, mujeres, minorías raciales, comunidades LGTBQI+, perseguidos políticos y refugiados. La evidencia de los últimos años nos demuestra que los derechos y los DDHH tienen subjetividad bien clara: la supremacía blanca de los países con recursos. Esta no es una invitación a renegar a esta lógica, sino a refigurarla a reinterpretarla en clave histórica. Pensar históricamente, recuperar los ecos de las voces de los muertos, es para la izquierda, y transparento mi posición política aquí, soy una persona de izquierda, de una izquierda libertaria, una necesidad política. Hasta aquí, me parece que la única manera de hacer un justo llamado a la justicia, es con el triunfo del proyecto enterrado de los oprimidos, la verdadera recuperación de la tradición olvidada será con la victoria del proyecto arrebatado por el fascismo, enemigo imparable y silencioso que no ha parado de vencer.