Conocí a Jorge Teillier un mediodía de febrero de 1992. Me había intoxicado con sus poemas y luego con todas las entrevistas que encontré; coincidían en que, cuando estaba en Santiago, su “oficina” era el Bar la Unión, en la calle Nueva York, al que todos conocen como La Unión Chica. Cuando el poeta apareció lo enfrenté armado con un libro fotocopiado, me miró, e invitó a sentarme en su mesa. Tomamos vino y firmó la fotocopia: “A Daniel Osorio, a salvo de los leones, en Nueva York 11, su amigo en la poesía Jorge Teillier”. Luego terminamos en un tugurio que ya no existe en Alameda con San Antonio: el Isla de Pascua.

Comenzamos a frecuentarnos en su casa de Santiago o de La Ligua y, claro, mucho en bares de aquí y allá. No diré que fui su amigo, pero me distinguió con su afecto. Y sus consejos poéticos. Leyó sin mucha fe mis textos y hasta me hizo un prólogo. Llegó al lanzamiento de mi único libro de poesía en la Casa Colorada, junto a Estela Díaz Varín. Eso fue lo más destacado del lanzamiento, junto a un cantante de tango que debía cantar dos temas, pero que emocionado por la asistencia no se quería bajar del escenario.

Un día nos encontramos en el Paseo Bulnes, él venía saliendo de la librería del Fondo de Cultura Económica, donde había ido a cobrar derechos por su antología Los Dominios Perdidos. Mientras conversábamos en las afueras de la librería en Bulnes con Tarapacá, a pocos metros de ahí milicos en tenida de combate se movilizaban frenéticamente. Era lo que después se conoció luego como “El boinazo”. Teillier se puso muy mal. Recordó el golpe y todo lo que había significado para él y su familia. Me decía que esta vez no se iba a entregar sin luchar, me decía que en su casa de calle San Pascual tenía una pistola. Caminamos por el barrio sin saber mucho qué hacer, alguna gente parecía asustada, la mayoría era indiferente. Al final, en calle San Diego entramos a un local donde tomamos vino tinto, mientras todo volvía a la normalidad y Pinochet seguía mandando, pareciendo que no lo hacía.

Aunque el poeta fue más que un simpatizante de la UP, nunca fue apto para militar y eso le dolía, sobre todo porque su padre era un valioso militante del PC: “Hijo de comunista, descendiente de agricultores medianos o pobres y de artesanos, yo, sentimentalmente, sabía que la poesía debía ser un instrumento de lucha y liberación… Pero yo era incapaz de escribirla, y eso me creaba un sentimiento de culpa que aún ahora suele perseguirme… Ninguna poesía ha calmado el hambre o remediado una injusticia social, pero su belleza puede ayudar a sobrevivir contra todas las miserias”.

Teillier vivió el gobierno de Allende como una corta fiesta: “Había un aire nuevo. Nuevo como la sangre bullente de las manzanas en la chicha con la cual bebimos este Dieciocho con los viejos amigos que esperaron y lucharon 18 años por el triunfo de Allende y la Unidad Popular”.

Después todo fue una pesadilla, de la que nunca se despertó. Si antes no cuadraba mucho, el nuevo Chile, que emergía de las cenizas de La Moneda, se le hizo insoportable. Si antes el mito poético en que creía era volver a la aldea original, ya no le quedaron ni aldea, ni amigos. Nada a lo que regresar.

Hasta el golpe Teillier había publicado diez libros; después, durante la dictadura, sólo publicó dos: “El golpe me afectó anímicamente porque mi padre fue condenado a muerte, pero logró huir. Mis hijos estuvieron en el exilio. La mayor parte de mis amigos tuvieron que partir al extranjero o quedaron cesantes… Yo me quedé en Chile, en una atmósfera bastante pesada. No me persiguieron, pero se sentía en el aire que era otra respiración”. Salvo su hermano Iván, toda su familia se fue al exilio.

Teillier se quedó solo, viviendo en Chile en una suerte de exilio interior, que aumentó su desesperanza, y también su necesidad de beber. Su poesía se hizo más oscura: “Qué hermoso es el tiempo de la austeridad./ Las esposas cantan felices/ mientras zurcen el terno único/ del marido cesante./ Ya nunca más correrá sangre por las calles./ Los roedores están comiendo nuestro queso/en nombre de un futuro/ donde todas las cacerolas/ estarán rebosantes de sopa,/ y los camiones vacilarán bajo el peso del alba./ Aprende a portarte bien/ en un país donde la delación será una virtud”.

Tras el golpe, mucha de su creación poética remite, no a la dictadura, sino a sus consecuencias. Quizás su poema más duro es En el mes de los zorros, que parte con un epígrafe de A. E- Housman: “Mis sueños son de un campo distante/ Y sangre y humo y disparo”. En algún texto de la época decía “el único país donde me siento extranjero es mi país” o “vivo en un tiempo en que mandan los padrastros”.

Quizás hay poemas más directos que En el mes de los zorros, publicado en su libro Para un Pueblo Fantasma de 1978, pero este simbólicamente es el más crudo, con una metáfora que no deja lugar a dudas sobre cómo Chile se había transformado en una pesadilla: “Quién nos devolverá los amigos muertos / ese mes de los zorros y los días de sol frío. / Quién nos devolverá / esa calle que ahora los ancianos vigilan airados / porque no pueden extirpar la zarza de ardientes / raíces, / porque el viento mueve las hojas del bosque / predicando esperanza / mientras las hechiceras remueven en sus calderos / la sangre de sus víctimas que beben friolentas / porque ningún sol cantará en sus oídos”.

Teillier mal sobrevivió la dictadura como lo hicieron millones de chilenos, esperando que terminara y quizás alguna vez terminó. En su poema Antes del Desorden, es claro, la dictadura no vino a traer el orden cacareado, al contrario, terminó para siempre con algo llamado Chile.

¿Por qué hoy se sigue leyendo a Teillier? ¿Por qué sus no más de 20 libros publicados en vida, hoy fácilmente llegan a los 50? Simple, porque su poesía es para los más sencillos, para quienes lo necesitan, o para aquellos jóvenes que fotocopian sus poemas y los gastan de tanto leerlos. Y porque sigue siendo una Botella al mar, a la que muchos se aferran : “Y tú quieres oír, tú quieres entender./ Y yo te digo: olvida lo que oyes, lees o escribes./ Lo que escribo no es para ti, ni para mí, ni para los iniciados./ Es para la niña que nadie saca a bailar,/ es para los hermanos que afrontan la borrachera/ y a quienes desdeñan los que se creen santos, profetas o poderosos”.


Documentalista y guionista