Este año, al cumplirse 45 años desde el golpe de Estado, vivimos un momento político y social tensionado por las memorias del golpe de 1973 y de la dictadura cívico militar.

Hemos visto fracasar los esfuerzos por silenciar, por dar vuelta la página, por atenuar la polarización de quienes cuentan con recursos de poder (en el Poder Ejecutivo, en el poder judicial, en los medios de comunicación) para que las cuentas con el pasado pierdan su presencia política. Se escuchan voces fuertes y poderosas que piden sanción a los responsables de las violaciones a los derechos humanos y que reponen en la agenda pública temas para el futuro de nuestra sociedad y nuestra cultura.

Si bien existe un acuerdo generalizado en la mayoría de la sociedad y de la clase política chilena, sobre la condena al terrorismo de Estado y la necesidad de sancionarlo, permanece una minoría que reivindica el golpe militar y la dictadura que se ha visto fortalecida y que se ampara en discursos y acciones recientes de la autoridad política (en la campaña presidencial, en las palabras de un cuasi ministro y de algunos parlamentarios).

Siguiendo a Elizabeth Jelin (socióloga argentina), lo que se toma el escenario y entra en conflicto, no son las memorias de los hechos del pasado, sino los sentidos de esos hechos del pasado. Porque hablar de memorias significa hablar de un presente, del pasado que se actualiza en su enlace con el presente y con un futuro deseado en el acto de rememorar, de olvidar o silenciar. Se trae el “espacio de la experiencia del pasado” al presente, que construye expectativas. El pasado ya pasó, no puede cambiarse, pero el sentido de ese pasado está sujeto a reinterpretaciones ancladas en la intencionalidad, en las expectativas hacia el futuro.

Se trata de sentidos activos, elaborados por actores sociales, en confrontación y lucha frente a otras interpretaciones, a menudo, contra silencios y borramientos públicos, contra posibles políticas de olvido: de los crímenes, de la tortura, de la represión, de la violencia, etc. Son procesos subjetivos en que individuos y grupos construyen significaciones, en interacción con otros, agentes activos que recuerdan y que intentan transmitir -y aún imponer- sentidos del pasado a otros, que pueden tener o no la voluntad de escuchar. En este transmitir y compartir resulta clave la dimensión intersubjetiva de la experiencia y de la memoria.

La transmisión intergeneracional de las memorias sociales ligadas a la dictadura adquiere entonces, no sólo una dimensión de conocimiento, sino una función pedagógica de futuro, porque lo que se hace en un escenario y un momento dado con las imágenes y sentidos del pasado condiciona sus desarrollos futuros, abriendo o cerrando posibilidades. Asimismo, se legitima o avala ciertas voces, se autoriza o deniega algunas temáticas como es el caso de la violencia sexual en la tortura.

Consciente de las luchas por la memoria, y con el anhelo de construcción de un orden democrático, igualitario y feminista, urge siempre mantener  en la memoria la diversidad de mujeres que resistieron en dictadura.


Socióloga y coordinadora del Observatorio de Género y Equidad