La historia no escrita del inmueble más antiguo de Santiago

Hallazgos arqueológicos en diferentes construcciones y remodelaciones del centro de Santiago han dado cuenta de la historia ocupacional de este lugar de la cuenca. En el subsuelo del centro histórico correspondiente a las manzanas trazadas por el alarife Pedro de Gamboa -bajo parques, plazas, y edificaciones recientes, republicanas y antiguas, se han identificado restos arqueológicos que atestiguan ocupaciones y construcciones previas, incluso anteriores a la instalación hispana.

Respecto a la fundación de ciudades coloniales tempranas en territorio andino -entre el siglo XVI e inicios del XVII-, los antecedentes indican que varias de ellas fueron trazadas sobre zonas urbanas o ceremoniales de pueblos originarios. En particular, plazas centrales y templos católicos suelen ser las instalaciones privilegiadas, emplazadas sobre áreas de ocupación indígena, muchas de ellas, de carácter ceremonial o fúnebre. Se suma a esto un hecho que es de conocimiento general: antes de la Ley de cementerios laicos, promulgada a fines del siglo XIX en Chile, los difuntos eran enterrados bajo el piso, en las afueras, o en un atrio junto a las iglesias. Existe, por tanto, una alta probabilidad de que bajo el subsuelo de una edificación hispano-católica, cuya construcción fue iniciada en el siglo XVI, se registren enterratorios humanos y restos de época prehispánica.

Considerando precedentes como los recién expuestos, el Consejo de Monumentos Nacionales -organismo encargado de dar cumplimiento a la Ley 17.288 de Monumentos Nacionales- establece que cualquier excavación realizada al interior de un Monumento Histórico requiere metodología arqueológica, informar el procedimiento y describir las características del depósito y los potenciales hallazgos. Por ello y, a pesar de que no formaba parte de los objetivos de la investigación sobre la iglesia de San Francisco, el polígono excavado para el reconocimiento de sus fundaciones -trazado en el área contigua al muro sur del transepto de la iglesia, en lo que hoy es el corredor del Museo de Arte Colonial de San Francisco (Fig.80)-, contó con todos los protocolos de una excavación arqueológica sistemática. Se hizo levantamiento y registro de sedimentos y materiales culturales, y se identificaron los estratos culturales y naturales, a través de la separación arbitraria del depósito cada diez centímetros de profundidad. Primero fue excavada una primera cuadrícula, denominada “Unidad 1”, cuyas dimensiones de uno por dos metros fue pensada en función del descubrimiento de las fundaciones. Dicha unidad fue ampliada, debido al hallazgo de una cimentación atípica que ocupó gran parte del espacio excavado, además de la necesidad de dejar al descubierto la totalidad de un entierro humano encontrado. Así fue como se decidió aumentar el espacio de excavación a poco más del doble, quedando alrededor de cuatro metros lineales por un metro de ancho y 1.5 metros en la zona de la inhumación. Al área de la ampliación se la denominó “Unidad 2”, mientras que a la inhumación se le nombró “Entierro 1”

También fueron recolectadas muestras de suelo y de los distintos pavimentos: piso del siglo XIX llamado ladrillo “panadero”; y suelo del siglo XX, compuesto por alquitrán, cemento, cerámica batuco y un fragmento de cerámica que fue enviado a fechar por Termoluminiscencia (TL) al Laboratorio de Física de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Uno de los hallazgos más relevantes fue un entierro humano, reconocido como una mujer del periodo colonial. Se tomaron dos muestras de su cráneo colapsado y del tercer molar, para que se encontrasen disponibles para futuros análisis isotópicos y genéticos. Los materiales recuperados de la excavación fueron inventariados, contabilizados y analizados por expertos arqueólogos que colaboraron con la investigación considerando protocolos y estándares vigentes en la arqueología chilena actual.

Como los datos hacían suponer, la excavación develó un contexto arqueológico bastante rico, único en términos del periodo que permite documentar. Tal como indican los registros históricos sobre la permanencia ininterrumpida de la orden franciscana en este lugar desde 1553, año en que el Cabildo de Santiago le otorga los terrenos, el suelo excavado se mostró con intervenciones menores de épocas posteriores a la construcción de la iglesia original, presentando una estratigrafía intacta, que informa de manera excepcional sobre ese momento. Los materiales, a su vez, son diagnósticos del periodo colonial temprano y anterior a la llegada de los españoles al lugar que hoy es Santiago. Los pisos, en tanto, evidencian materiales de reparaciones acontecidas entre fines del siglo XVIII y principios del XIX, un piso instalado en la década de los ’80 del siglo XX y, finalmente, una intervención menor correspondiente a un desagüe, que presenta restos del siglo XX. Esta condición de San Francisco es bastante excepcional en comparación con otros terrenos de Santiago, donde disputas de dominio y sucesivas intervenciones se reflejan en suelos con estratigrafías muy alteradas.

Los materiales recuperados son de diversa naturaleza, desde una punta de flecha y otros desechos de talla lítica, fragmentos de cerámicas de diversos periodos, vidrios y metales históricos, residuos animales y vegetales, hasta el mencionado entierro humano. Estos restos han provisto de información para reconstruir la ocupación histórica del sitio, abriendo una arista inesperada a la investigación sobre San Francisco, que hace suponer que la iglesia se emplaza sobre una ocupación del periodo Prehispánico Tardío (ca. 1390-1541), correspondiente en la zona de Chile Central y el valle del Mapocho, al momento de la presencia e influencia del Tawantinsuyu. En efecto, los hallazgos permitieron caracterizar parte del momento de construcción del edificio y de eventos vinculados a esta primera ocupación hispana identificada, principalmente, en el estrato que se ha denominado “Capa 3”, en cuyo sedimento fueron registrados componentes diagnósticos del periodo colonial como cerámica vidriada y restos de fauna del Viejo Mundo. Sin duda los restos asociados a la “Capa 4” son los más llamativos dado que visibilizan una ocupación prehispánica sobre la que se construyó la Iglesia, evidente en los fragmentos cerámicos con decoración polícroma de origen o influencia incaica. En otras palabras, la información previa y los artefactos arqueológicos recuperados en esta excavación han permitido postular que antes de San Francisco existía ya en ese mismo lugar un sitio de una cierta importancia para la población local.