Jaqueline Muñoz (53) aún tiembla cuando recuerda el 27 de marzo del 2017. Ese día vivió una de las situaciones más traumáticas de su vida, pero también comenzó a librar una batalla personal: se le vio en distintas marchas feministas con sus hijas de 16 y nueve años y hasta protagonizó una funa a su agresor en plena inauguración de una comisaría en Villarrica.

Se fue al sur hace cuatro años, arrancando del caos de Santiago. Allí, la vida como artesana era apacible, vendía joyas con cuarzo y atrapa sueños en un local de la Avenida Costanera. Además, de ese lugar, recuerda el paisaje donde estaba ubicada su casa. Apenas la mañana despuntaba, se asomaba por la ventana para contemplar la vista al lago. Todo eso era su felicidad.

Hoy, hablar sobre el acoso y el abuso que sufrió por parte del ex sargento de Carabineros Exequiel Contreras (44), viene a cerrar un círculo que duró un año y medio. Fue una pesadilla de preguntas y declaraciones que se pusieron en duda en un Tribunal, pero su valentía permitió dar de baja al ex sargento. Para ella, el resto de la historia que sigue, es impotencia.

En el camino descubrió que el suyo no era el único caso. Tras estallar la acusación, otra mujer reconoció que el año 2015 habría sido violada por la misma persona. Hoy ya se sabe que además de estas dos víctimas, existirían otras mujeres que también hicieron denuncias por agresiones en el mismo tenor, pero quedaron archivadas o tuvieron otro término.

Foto: Felipe Báez Benítez

La Fiscalía de Villarrica logró comprobar que Contreras utilizaba la información personal de sus víctimas -mujeres solas o vulnerables- para intimidarlas y cometer abusos. Fue condenado a tres años y un día de presidio menor en su grado máximo, más las accesorias de prohibición absoluta de ejercer cargos u oficios públicos. Sin embargo, la pena de cárcel finalmente fue sustituida por libertad vigilada mientras dure la condena.

Tras la noticia, las víctimas quedaron devastadas emocionalmente.

En el primer juicio, que se realizó en mayo de este año, el Tribunal de Villarrica lo había condenado por violación y abuso sexual, sentenciándolo a más de diez años de cárcel. No obstante, su defensa logró anular el fallo y repetir el juicio, consiguiendo así un escenario favorable para el ex uniformado: fue absuelto de los delitos de violación, amenazas y ofensas a la moral y fue condenado sólo por abuso sexual.

-Estará libre y ya está en la calle- escuchó Jaqueline al otro lado del teléfono el día 12 de septiembre y se derrumbó. Pensó en las veces que se lo toparía en la calle, en la revictimización y quedó en blanco. No podía entender cómo su declaración junto a la de la otra víctima no terminaron con una pena mayor para el ex sargento.

– Hoy quiero contar la historia de lo que me pasó-, dice decidida un sábado de septiembre. Pasó las Fiestas Patrias con su familia de Santiago para despejarse un poco de todo lo que ha pasado.

Jaqueline parece más joven de la edad que tiene, el pelo negro y ondulado le cae sobre hombros mientras sus ojos pardos se empapan cuando recuerda todo lo que le ha tocado vivir. Cuenta que el año 2017 tuvo problemas de convivencia con su hija mayor, fue agredida por ella verbal y físicamente. Para evitar estas peleas dejó la casa por unos días y ella la denunció por abandono de hogar. Fue en esa fractura de la familia donde Exequiel Contreras habría conocido a sus hijas de 26 y 14 años, relacionándose con ellas de manera insistente e inapropiada.

-Vengo a saber de sus hijas, ¿dónde están?- le dijo la primera mañana que la visitó.

“Yo le pregunté ‘¿Usted por qué conoce a mis niñas? Me contestó que las conocía y que tenía entendido que yo las trataba muy mal, me trató de ‘mala madre’. Después de eso no me dejó hablar y fue muy prepotente para intimidarme. ‘Yo la conozco muy bien, muy bien’ me dijo como amenazándome mientras entraba a la casa…Una vez en el living siguió con lo mismo. Fue tan brusco y yo estaba tan sensible por el problema de mis niñas que me puse a llorar”, recuerda.

Fue allí donde comenzó todo.

Foto: Felipe Báez Benítez

Según Jaqueline, el sargento se levantó del sillón y se puso al lado de ella, la apretó fuerte contra su cuerpo, le puso la boca cerca del cuello. “No hay nada peor para mí que ver una mujer llorar”, le susurró y no la soltó. Le rozó el muslo y avanzó hasta su entrepierna.

Ella se paró como pudo. Según su testimonio, el hombre siguió acosándola por toda la casa mientras se sostenía apenas con un bastón, producto de la artrosis que en esos días se había agudizado. Se puso nerviosa y comenzó a sollozar.

-Pensé que podía acusarme de cualquier cosa, qué ignorancia la mía por dejarlo pasar- se recrimina y posa las manos en su cara.

Hoy cree que quizá la salvó su carácter más fuerte o fue simple ayuda divina: el celular del sargento sonó tantas veces que tuvo que partir. Ella respiró profundo, pero la tranquilidad duró poco. Contreras decidió volver al día siguiente.

-Vengo a verla porque quedé tan preocupado por usted-, le gritó desde la reja.

Esta vez, el uniformado entró más seguro y se sentó en uno de los sillones.

-Yo tengo entendido que usted vende drogas, yo la he estado investigando, pero la puedo ayudar en todo lo que quiera-, le dijo.

“Me abrazaba, volvió a poner la mano en mi muslo y de nuevo siguió hasta la entrepierna. ‘¿Qué te hecho yo? ¿Por qué me está siendo esto?’, le dije. Me preguntaba si tenía dolor por la artrosis al tener relaciones sexuales, no paraba de hablar cochinadas y decirme que me denunciaría”, comenta.

Jaqueline recuerda que de nuevo el teléfono sonó de manera insistente. Ella le preguntaba por su señora y él insistía en que tuvieran relaciones sexuales. Pensó lo peor.

– En ese momento se me pasaron miles de cosas por la cabeza, pensé que me violaría, me vi arrancando, pero también pensé que podía sacar su arma, inventar cualquier cosa y dispararme. Tenía mucha fuerza y me costaba zafarme de él- , recuerda.

En ese momento, un vecino entró a la casa para reclamar porque el sargento se había estacionado en su lugar. Sin quererlo, hizo que desistiera del acoso.

Cuando se fue, ella respiro aliviada. Lloró y llamó a un amigo que la llevó a formalizar una denuncia en la Policía de Investigaciones. Su valentía terminó desempolvando otras denuncias anteriores contra el mismo carabinero.

Foto: Felipe Baéz

El segundo caso

En la madrugada del 15 de enero de 2015 Sandra* (su nombre ha sido cambiado) llamó al 133 para denunciar que su pareja la había golpeado, temía por sus hijos de cuatro y seis años. Fue Exequiel Conteras quien llegó en la patrulla con otro compañero y la acompañó a constatar lesiones, le sangraba la nariz.

De vuelta, la dejó en su casa y –según el testimonio de Sandra que aparece en la sentencia-ese mismo día habría tratado de abusarla y de forzarla para que le hiciera sexo oral. Ella estaba en shock. Cinco horas después, en la mañana, la joven se encontraba descansando con sus dos hijos, aún se sentía nerviosa y su conviviente había quedado detenido. Contreras-pese a que estaba de franco- llegó hasta su casa y le dijo que había quedado preocupado y que tenía que tomarse una radiografía en el hospital. Entró al living y comenzó tocarle la cara, el cuello y los senos. Sandra le pidió que por favor se fuera, porque para ir al hospital tenía que ducharse primero y se fue al baño. Él la siguió, ella intentó cerrar la puerta, pero el uniformado no cedió, volvió a entrar y es allí donde la habría violado.

Dos semanas después, el 30 de enero de 2015, a las diez de la mañana, Contreras apareció de nuevo en la casa de la mujer. Su conviviente- quién tenía una orden de alejamiento- se encontraba en el lugar. Fue la excusa perfecta para continuar el acoso. Le dijo cosas como “tienes que portarte bien conmigo”, y de nuevo le exigió que tuvieran relaciones sexuales. La amenazó con hacer un informe para que tomaran preso a su pareja. Ella atemorizada, le dijo que volviera otro día.

El día 2 de febrero de 2015, a las once de la noche, Contreras volvió por tercera vez a la casa de Sandra, ahora con la excusa de elaborar un informe por el caso de lesiones y violencia intrafamiliar donde había denunciado a su conviviente. Ese día, en el patio, le dijo que tenía que tener relaciones sexuales con él o de lo contrario entregaría un informe a la OPD que daría cuenta que los niños estaban sucios y que ella consumía droga, para que el Servicio Nacional de Menores (Sename) le quitara a sus hijos. La tomó del brazo, intentó besarla y la abusó mediante tocaciones, mientras Sandra tomó a uno de sus hijos en brazos para resguardarse de él.

Con el tiempo fue una familiar quien se dio cuenta de su profundo cambio de ánimo y la ayudó a realizar la denuncia. Sin embargo, en ese momento Sandra solo contó los abusos y no la violación, dice que por miedo y porque su padre fallecido había sido carabinero, así como otros parientes.

-Estuvimos juntas en el juicio, por eso ahora tengo rabia e impotencia, ya no es por mí si no por ella que ha sufrido mucho-, reconoce Jaqueline y se emociona.

Mientras la causa avanzaba, en paralelo, estuvo con depresión y aun toma Quetiapina para controlar su angustia. Pese a todo, Jaqueline encontró la solidaridad de otras mujeres y conoció a Sandra, a quien le ha tomado mucho cariño. Desde entonces, ambas se escuchan y se han acompañado en todo este proceso.

-Una vez en el Tribunal, Sandra se desvaneció, fuma y fuma y está totalmente deprimida… Este paco le destruyó la vida y además ya se sabe que hay otras víctima- , agrega y de nuevo aflora la rabia.

Jaqueline confiesa que vive con los constantes flashbacks de ese día y que el abuso despertó el recuerdo de otro trauma similar que vivió en su infancia. Tuvo que cambiar su número de teléfono en dos ocasiones por las amenazas que recibió y se fue de su antigua casa. Tiene miedo de toparse con su agresor en una esquina. Pero también tiene estoicismo. Lo que ya no tiene es vergüenza, porque hablar ha sido su catarsis.

-Hemos tenido que pasar por mucho, demasiado, pero si hay que seguir dando la batalla, la daremos, no por mí si no por Sandra y sus hijos. Ya no me voy a callar-, dice convencida.