Hay libros que significan un encuentro sorpresivo, un tropezón vital. Aventurarse en ellos es romper la inercia, la costumbre de los discursos que nos representan y que hemos iterado como reflejo de una realidad decantada. Estos textos sorprendentes nos reafirman, al tiempo que nos hacen percibir otras extensiones de esa realidad que no es finita en significados. No todos los días damos con ellos. Con esa otra mirada que nos remece con sugerencias y pliegues que no son detalles efímeros. Un súbito remezón nos conmueve desde sus páginas. No podremos seguir igual en esa realidad de significados que nos interpelan. Se abren, así, escotillas inesperadas. Su lectura es un llamado a ver el mundo con ojos renovados y pleno de matices.

Es lo que ocurre con la lectura de Derecho a Fuga: Una Extraña Felicidad Compartida, de Jorge Montealegre. Un texto multidimensional en que se entrelazan las vivencias, el análisis académico y la etnografía creadora en una temática profunda: la prisión política y los horrores de la tortura en los campos de concentración que marcaron nuestra historia reciente en América Latina. En este ámbito, la sistematización y la perspectiva de este libro es un aporte sustantivo por su rigurosidad analítica y documental. También nos demuestra la riqueza de la condición humana en las determinaciones sorpresivas que señala Hanna Arendt sobre esa arqueología profunda en los variados estratos del ser humano. En los capítulos se registran la riqueza creadora, los aprendizajes colectivos y la productividad innovadora desarrolladas en los mínimos de todas las privaciones posibles. Todo ello experienciado junto al dolor y el sufrimiento en que los vitales nexos comunitarios y solidarios son redención para quienes están arrojados/as a compartir las desventuras de la prisión política. En el descampado del desierto chileno en Chacabuco y en las celdas de Punta de Rieles en Uruguay, esos hombres y mujeres prisioneros generaron esa extraña felicidad que nos reporta Jorge Montealegre en una cotidianeidad reinventada para ganarle a las adversidades y a los carceleros en una transmutación en que sobrevivir era un desafío compartido, un imperativo comunitario. Siguiendo con Arendt: el terror sólo puede actuar en forma impoluta sobre seres aislados, replegados. El aislamiento es la impotencia de la desolación, la incapacidad de actuar y ser junto a otros. Aquí -nos demuestra Montealegre- la resignificación implica reconocerse en el otro, en recuperar un espacio público que la prisión política intenta neutralizar y anular.

El aislamiento es una premisa de destrucción de la identidad personal. La desesperanza rompe la conexión con el mundo y extirpa la pertenencia al universo propio y a su validación compartida. Para reproducir mi identidad requiero de la alteridad. De los otros significativos. No olvidemos que en la experiencia de los totalitarismos y en las reacciones que suscitan, Arendt, y también Montealegre, edifican sus conceptos para la comprensión del mundo y poder reconciliarse con él. En su itinerario y recuento, el autor explica con detalles de etnógrafo y en su condición de escritor y cientista social rituales plenos de innovación y creatividad resiliente. Junto a la cohesión social y solidaria: “En efecto, a pesar que por definición las personas presas están excluidas de la vida social integran una comunidad marginada e imaginada y construyen su propia sociedad cohesionada, como familias integradas en un colectivo local, demostrando capacidad para encontrar formas de integración de todos los grupos que la componen, aunque hubiese desigualdad entre ellos y no todos se conocen personalmente”. Comunidades imaginadas que practicaban el autocuidado en comunidad, además, que se autoformaban, se sostenían, creaban, se descubrían y robustecían y se reinventaban.

El catastro de las experiencias documentadas y analizadas aquí con detalles, es elocuente en acciones colectivas y eventos creativos: diarios murales, concursos de poesía, juegos y actividades recreacionales y deportivas, artesanías, talleres, exposiciones, humor gráfico, teatro, coros, festivales, radio y cine. Todas ellas realizadas en el minimalismo más absoluto de recursos, no obstante, con las capacidades desbordadas en intentos y resultados. Podemos imaginar la alegría de descubrirse haciendo/actuando/creando como aquel cazador-recolector primigenio que con tierra de colores grababa sus manos en los aleros rocosos en un acto de autoafirmación en la huella estampada. Alegría de descubrirse como creador con solo las manos y tierra.

En buena cuenta, la felicidad -pequeña, subjetiva como toda felicidad- de crear en medio de la dominación total, a pesar del ultraje negador construir el espacio público necesario para hablar y actuar que requiere toda condición humana. En esos pliegues de la memoria es posible reconocer esas nostalgias contradictorias en que la libertad reconoce todas las formas de fuga. Un itinerario contradictorio de la felicidad resiliente como el viento que entra y sale por los barrotes del oprobio, limpio y sereno.

Derecho a fuga. Una extraña felicidad compartida.

Jorge Montealegre Iturra,

Editorial Asterión

440 páginas

Precio de referencia $22.700


Sergio González R.