“Una ama de casa es la que todos los días

pone en movimiento a la sociedad”.

(Suárez & Pontes)

Preparar comida, poner la mesa, servir la comida, levantar la mesa, lavar los platos después de la comida y vigilar a los niños/as que están jugando en el comedor, criar a los hijos/as, llevarlos al colegio, juntar la ropa sucia, lavar la ropa, colgarla, ir al supermercado a hacer las compras, ordenar las compras al llegar a casa, hacer las camas, pagar las cuentas, contestar el teléfono, trapear y barrer los pisos, limpiar los baños y la cocina, ir a buscar a los hijos/as al colegio, ayudarlos con las tareas, animarlos porque están tristes o entretenerlos porque se aburren, recibir a su esposo/pareja, servirle la comida, llevar a los niños a acostarse. Y si queda algo de tiempo, estudiar.

Estas son algunas de las tareas que tuve que hacer cuando era adolescente y que se mantienen, que mi madre hasta el día de hoy realiza, que mis abuelas realizaron hasta el último día de su vida, y que muchas otras mujeres -que no tienen el privilegio de contratar a alguien- hicieron, hacen, o harán porque “nos toca”, por ser hijas, hermanas, esposas, parejas, entre otras etiquetas que tenemos.

Estas tareas cuentan como uso de tiempo improductivo, pues las mujeres que las realizan se consideran económicamente inactivas y la economía las registra como ‘desocupadas ‘ o ‘cesantes ‘. Por la misma razón, cuando se les pregunta a algunas mujeres si trabajan, ingenuamente muchas contestan “no, yo no trabajo, soy dueña de casa”. Y este es justamente el gran mito de la economía capitalista que refuerza el sistema patriarcal: las mujeres deben realizar las tareas domésticas porque son mujeres y es lo que corresponde con su género.

La verdad es que el trabajo doméstico que realizamos las mujeres, desde limpiar el piso hasta el cuidado emocional de la familia -que no se devuelve recíprocamente hacia la mujer-, es un trabajo reproductivo que está a la base de la reproducción humana y el sistema capitalista. Este fue justamente uno de los primeros planteamientos a los que llegó la feminista italiana Silvia Federici, a través de su campaña “Salarios para el trabajo doméstico” (Wages for Housework). La autora afirma que “el trabajo doméstico emergió como el motor clave para la reproducción de la fuerza de trabajo industrial, organizada por y para el capital, de acuerdo a los requerimientos de la producción de las fábricas”. Sin todas las actividades que las mujeres realizamos para sostener y cuidar la casa y a la familia que habita ahí, nadie podría levantarse en la mañana e ir a trabajar tranquilamente. Un simple ejemplo de cómo se derrumba la estructura de una casa sin estos quehaceres, es cuando la mujer de la casa o la empleada doméstica se enferma y la estructura se desarma por completo, y muchas veces alguien debe faltar al trabajo para hacerse cargo. En otras palabras, la economía fluye gracias al trabajo doméstico que realizamos las mujeres dentro del espacio privado, y al no ser reconocido como tal se naturaliza como parte de las tareas del género femenino.

Debemos replantearnos qué estamos entendiendo como trabajo, pues su respuesta es aquello que está a la base de la naturalización del sistema económico liberal y capitalista. Marilyn Waring ilustra esta situación de manera muy acertada en su documental Sexo, mentiras y economía global (Sex, Lies & Global Economics). En este filme tenemos que, por un lado, todas las actividades como las mencionadas al comienzo cuentan como ‘improductividad’ y, por el otro lado, tenemos el trabajo de Ben, un militar que es asistente de una instalación subterránea y su trabajo es presionar un botón cada ciertas horas para enviar un mensaje nuclear. Al contrario de la rutina diaria llena de trabajos domésticos, Ben es productivo, ocupado y una persona que contribuye a la sociedad. Así, el trabajo productivo y las personas ocupadas son solo aquellas que tienen un contrato social y realizan su trabajo afuera de lo que llamamos ‘hogar’ o el espacio ‘privado’.

Lo que entendemos por trabajo debe ser resignificado fuera de los márgenes de un contrato dictaminado por corporaciones u otros sectores privatizados que lo ofrecen. El trabajo debe ser entendido como las diferentes actividades que contribuyen a las distintas economías (pues sí, no existe solo la economía capitalista), ya sea este realizado en al esfera pública o privada, pues una de las grandes ilusiones sociales es justamente esa línea divisoria entre lo público y lo privado. Ya lo dijeron las feministas hace años atrás con “lo personal es político”, pues la esfera pública afecta, construye y forma lo privado.

En relación a lo anterior, el trabajo doméstico no solo descansa en la legitimización de la economía capitalista, sino que también en la dominación del género masculino, el patriarcado. En la historia de la humanidad, todas estas actividades domésticas que realizamos en nuestras casas y que contribuyen al bienestar, siguen naturalizadas como un rol de género. De hecho, si escuchamos sobre estas actividades en la televisión o lo leemos en las revistas, estas estarán probablemente en la sección de entretenimiento o intereses personales, pero nunca en el centro de la parte económica. Así, el trabajo doméstico no solo ha sido asociado según género, sino que también a la raza. Basta recordar como ejemplo el famoso ‘cara de nana’ gritado a la artista Anita Tijoux y que aludía a sus rasgos indígenas.

Finalmente, demandar sueldos por el trabajo doméstico cobra sentido al entenderlo desde esta vertiente que hoy controla a las sociedades modernas y explota al/a subalterno/a: la economía capitalista. Cobra aún más sentido para nuestra realidad latinoamericana donde muchos países aún no cuentan con educación universitaria gratuita y las mujeres no encuentran otra salida más que encargarse de esto. Es necesario reconocer este trabajo porque es una forma de detener la explotación naturalizada hacia nuestro género, y la forma en que se reconoce es a través de un contrato social y una compensación que se dirija hacia la independización de la mujer.