De un tiempo a esta parte el comienzo de la Avenida Recoleta se ha convertido en un mercado ambulante donde se mezclan haitianos vendiendo zapatillas de marcas falseadas, el clásico olor de las fritangas y una amplia gama de vendedores de un cuantohay, desde objetos que podrían parecer inservibles y baratijas que siempre encuentran su comprador. Cada vez que cruzo por ahí rumbo al mercado Tirso de Molina pienso en el libro Sumar de Diamela Eltit, y en la capacidad de la novelista de leer la ciudad y los signos de la economía neoliberal en Chile y otras urbes latinoamericanas, y por qué no, del mercado global y las relaciones de poder. En los 90 fue Los Vigilantes, mientras el paseo Ahumada y otras arterias se llenaban de cámaras. Su escritura da en el clavo con metáforas potentes y reconocibles que engloban situaciones de la posmodernidad latinoamericana, y que dejan al lector pensando y mirando su propia realidad de otra manera.

Eltit se hizo o le hicieron fama un tanto injusta de “escritora difícil”, muchos lo repiten sin siquiera haberse tomado la molestia de intentar leerla. Desde libros como Vaca Sagrada, que genera una atmósfera enrarecida y la fuerza de la escritura hila el relato, del que sería difícil poder resumir trama, ya que texto y forma están imbricados; o Lumpérica en que parece ser que la performance y la puesta en escena se apropian de la escritura en una plaza pública a la luz de las lámparas de neón. A Mano de obra, o Sumar, con personajes colectivos como grupos de trabajadores o vendedores ambulantes, con temáticas que sería más sencillo sintetizar en pocas palabras. La verdadera protagonista de sus textos es la letra, y la deriva por los vericuetos menos transitados, siempre interrogando a la realidad y develando relaciones de desequilibrio, subordinación y los intentos por rebelarse. Los vendedores ambulantes de Sumar fundan otra economía en el margen de la oficialidad y marchan cientos de kilómetros para defender su oficio y su lugar en las calles. Los trabajadores del supermercado en Mano de obra organizan su propia sobrevivencia mal alimentados pese a laborar en el templo del exceso, donde incluso se bota comida.

Los discursos se mueven entre la cultura popular y la alta cultura sin conflictos, generando multiplicidad de voces y hablas que se cruzan y dialogan, como sucede también en la realidad, por ejemplo en la ya nombrada Avenida Recoleta y su vociferar multicultural donde a la vez se produce un encuentro –o desencuentro- entre distintas clases sociales. Tal como la obra de Eltit, ese pedazo de vereda de la Chimba allegándose al centro de Santiago, es un tanto incómodo para las aspiraciones de una ciudad limpia, blanca, homogénea. Podría ser incómoda también la obra de la nueva Premio Nacional, para quienes ven la literatura y la novela en especial como entretención o como un vehículo portador de mensajes. Noción más que pasada de moda, pero que se sigue empleando. No sirve para la literatura que, como la de Diamela, opta por temas complejos y su lectura requiere un trabajo de parte del lector.

Escribo esto en las pausas de la lactancia o mientras mi hija rueda por el piso, inevitable no recordar a la narradora de Los Vigilantes y el cuerpo suyo confundiéndose con el de su hijo. El cuerpo y la ciudad, el cuerpo y la política. Una conexión interesante en un obra que siempre está pensando y repensando desde el cuerpo y las lógicas de dominación. No estoy de acuerdo en las calificaciones que valoran sus escritos por ser “auténticamente socialistas”, o la manida frase de “dar voz a los sin voz”, o por hablar de seres marginados o por inscribirse en la literatura social. Su obra traza un camino propio. Social sí, pero a la vez político y tenso. No es la narrativa panfletaria y denunciante, no es el “mensaje” fácil ni se arroga el derecho de hablar por otros, sino que instala metáforas punzantes y los personajes devienen otros a través de sus discursos que, como dije antes, transitan entre distintos tonos y saberes, apropiándose también del saber de la alta cultura. En fin, son varias las razones por las que me permito afirmar que no hay que ser un iniciado para leer y disfrutar la obra de Diamela Eltit, sino más bien un amante de la literatura que se deja seducir por la fuerza de la letra que ha guiado a la autora en su callejeo literario de más de 40 años.