“Siento un profundo desprecio por Chile y su gente.” Este enunciado siempre me acompaña, como una muletilla retórica odiosa y, obviamente, enfermiza, producto de un malestar cultural que determina mi escritura. Algo parecido me ocurre con el verso “el pueblo unido…” que comparto con mi contador, sin mencionar su remate “jamás será vencido”, a modo de saludo, cuando hablamos, incluso telefónicamente, como un modo quizás de patentizar el fracaso del que somos hechos. La fecha es precisa para el despliegue odioso y perturbador de conciencias, el nefasto septiembre.

Paradojalmente, el fin de semana pasado me había tocado participar de una meditación budista zen que me mostraría una posibilidad, particular, del camino del dharma que, si bien no pretendía la iluminación, sí proponía la estrictez, al menos, de una velita encendida en el desvencijado corazón de uno. Y la enseñanza que más valoro de ese week end meditabundo (¿o meditativo?) es el mensaje de que al enemigo se lo puede eliminar amándolo (eso dijo la monja budista que dirigió la meditatio). Entonces, calculé que si yo hacía el sacrificio de amar un objeto, me conformaba con su eliminación, “amo a los poeta y a los literalitosos” (eliminados los culiados).

Esta columna debió llamarse: “Los crímenes de la poesía en Chile”, pero no, preferí un título más oscuro y levemente autobiográfico. Quizás para tomar distancia de esta subcultura y/o doxa lírico-poetizante, y literalitosa que se ha apropiado de la palabra memoria y la ha banalizado hasta el desenfreno, teniendo como objetivo político la toma de lugares de confort político institucionales que lo ratifiquen como jerarquía moral (falsa, por lo demás). Y nos hemos llenado de histeria victimada que capitaliza el sufrimiento de otros con escenas patéticas y ritos funerarios de mala factura. Creo que hay que mejorar el diseño de recordación de nuestros muertos, sobre todo por los caídos y por nosotros mismos.

Y lo peor es que junto a este contexto memorístico se le adjunta el periodo dieciochero y toda su parafernalia chauvinista. Y a toda esta basura habría que agregar la más horrorosa campaña para el premio succional literalitoso que funciona por redes sociales. Hay uno especialmente rasca, que es el de una operadora concertacionista que se hace la izquierdistosa subvertidora de signos, absolutamente impresentable. Se trata de un acto de extrema ordinariez y de ataque al pudor. Nadie se merece ningún premio en este país maldito. Pongámonos serios, y si hay que premiar a alguien que no sea de este modo. Por último que lo hagan como esas despreciables municipalidades de San Antonio y la de Valpo que ya no dan el premio municipal de literatura, simplemente porque había otros rasqueríos más importantes que atender.

Y, a propósito de la cosa libresca, no puedo dejar pasar a este respecto la presentación del libro del Rafa Gumucio sobre Parra al que asistí sin ser invitado, más bien como sapo. Me pareció una fascinante crónica muy personal de la escena Parra en nuestro ordenamiento cultura (en donde el protagonismo es el del testigo o del que cuenta la historia). El evento se me conectó con el lanzamiento del Pato Fernández sobre Cuba en el Mavi. Ambos tenían la marca de la socialité, de lo canónico social, de lo que la lleva y, sobre todo, de la cultura reducida a un par de comunas santiaguinas. Y en eso el Rafa no se pierde con esos signos de las élites o en la necesidad de estar donde hay que estar. No oculta pertenencias de clase ni machismos tácticos que lo ponen en la nueva fronda culturienta. En este punto no hay que dudar, la UDP y su trama son una de las hegemonías más potentes del enmierdado país académico cultural, proveedor de legitimidad.

Olvidémonos de esto. Porque justo en el momento en que preparo mi salida del barrio en que mal habito, se me va el botillero del barrio, el querido Walter, falleció hace un par de semanas. Lo echo de menos, ya nada me ata al cerro, ni el wasap que nos tiene atentos a los delincuentes que lo acechan. No pasó agosto y lo recuerdo, precisamente, en invierno, con su gorro de lana y sus historias de cuando fue marino o cuando hablábamos de vecindario y política local. Y entonces, en esa misma corriente memorística, vuelvo más atrás, y se me aparece la imagen nocturna de mi padre en un sillón y yo sobre la alfombra roja del living, cerca de él, viendo las noticias de la guerra de Vietnam en blanco y negro, en una tele Sanyo, y la imagen del Delta de Mecong como referencia absoluta. Las imágenes de esa locación improbable se hizo para mí fabulosa y siempre quedé prendido de las noticias de los mundos lejanos, con escenarios de guerra incluidos, que ahora he vuelto a ver en Netflix, y que además son nuevos destinos turísticos.

Pero hay más horror en septiembre. La maldita primavera me tiene a mal traer con la alergia y el asma consecuencial, y con una sensación renovada de humillación y fracaso, no podía ser de otra manera ya que volví a la docencia con sabor municipal. Estoy intentando darle curso a un cierto registro educativo en un liceo de Quilpué, tratando de hacer patria, a sabiendas del fiasco inminente, porque uno ya no tiene casi nada que entregar que sea valioso para las nuevas generaciones. El viejo nihilismo muere frente a la corriente afirmativa de los millenials.

Aunque la mejor escena de ese malestar primaveral fue llegar de urgencia al Hospital Van buren. Ahí renové las ganas de matar o ser matado, estuve toda una tarde tratando de volver a respirar mirando cortes de cabeza y otros giros análogos que producen sanguinolescias, con gente vomitando, literalmente, sus desgracias y con descompensaciones histéricas de pastabaseros que ya están en los descuentos. Me tuve que sacar los antejos para ver borroso el espectáculo. Y no pude si no admirar a todo el personal del hospital, gente jugada y comprometida con la pega a más no poder. Lo mismo digo de mis colegas del liceo Mannheim de Quilpué, aunque la analogía no es del todo precisa, yo no podría a estas alturas hacer ni el cuarto de pega que ellos desarrollan. Siempre en el límite del infierno o de la redención.

Quería terminar este texto bochornoso mencionando, sólo eso, un último acto político que podría estar en esta categoría, la del bochorno. Recuerdo a un amigo de San Antonio al que le decíamos “bochorno” (bochorno Oyarzún, gran poeta de las cosas simples). Pero lo que quería traer a colación es a boy Goerge, también llamado alcalde Sharp o “alcalde ciudadano”, irónicamente hablando, y su opción preferencial por el gran capital y la gran política, al permitir que Valparaíso se transforme en una nueva zona de sacrificio, posibilitando el T2 (proyecto de expansión portuaria). Esto es algo más que una simple traición al programa político que lo llevó al sillón edilicio, esta es una apuesta estratégica radical que el FA debe evaluar (si es que ahí está el capital político de la izquierda chilensis), porque esto no es estar de acuerdo o legitimar lo que pasa en Nicaragua o Venezuela, esto es brutalmente local y un travestismo político de primer orden.

Recuerdo muy claramente cuando de parte del Pacto Urbano La Matriz, Gabriel Boric me dio el contacto de los autonomistas en Valpo, Jorge Sharp; nos juntamos y le hablé de la necesidad de que ellos, el mundo estudiantil, se incorporaran a la lucha política local participando de las primarias ciudadanas. Cuestión que se verificaría mucho más tarde por otras circunstancias que se fueron dando, como la incorporación de la vieja izquierda sindicalera en ese proceso ciudadano, al que ese grupo de oportunistas llegó tarde, pero bien asegurados.

Debo mencionar, con cierta impudicia, que siempre rechacé, práctica y funcionalmente, el rol de cortesano que les gusta jugar a mucha gente de la cultura en relación con el poder político. Todos vemos con claridad a todos los culturosos que rodean a Lagos o a Bachelet, que no son tan distintos de los que rodean a Piñera, lo decimos por su nivel de aspiracionalidad de ocupar zonas jerárquicas. Uno, irremediablemente, permanecerá siempre fiel a la voluntad de sospecha, y esa actitud no te da pega.

En fin, sólo me queda refugiarme en el Delta del río del Mecong y ahí cultivar las últimas hortalizas y plantar los últimos árboles que el sedimento o limo de la ribera me permitan. Y recordar un viejo lema que gritábamos en la calle cuando algunos éramos de la épica unidad popular: “Ho, ho, Ho chi Min, lucharemos hasta el fin”.


Escritor