Viernes 28 de septiembre del 2012, en la mañana = De pronto, la cueca que oigo, para. Intento continuar escribiendo, pero, en la radio, escucho un sonido que me transporta a años anteriores. Parecen tambores. Su redoble precede una voz que anuncia: “¡Urgente!, el Diario de Cooperativa está llamando”. Sigue otro redoble. Suspenso. Me inquieto porque alguna noticia importante va a ser anunciada pues éste fue el entorno acústico que precedió cada información fundamental –que, muchas veces, el poder pretendía encubrir-, transmitida por Radio Cooperativa, el principal medio de comunicación opositor, durante la dictadura: ciertas expulsiones del país; el atentado contra el General Prats y su señora, en Buenos Aires (una bomba hizo explotar el auto en que iban); el atentado similar –en pleno centro de Washington- contra Orlando Letelier, ex–Ministro de Defensa y de Relaciones Exteriores de la Unidad Popular; las censuras a esta misma emisora y a otras; las protestas, iniciadas en 1983; el degollamiento de tres profesionales comunistas en marzo de 1985; cuando se encontró a Carmen Gloria Quintana y Rodrigo Rojas de Negri, quemados vivos por militares el 2 de julio de 1986, por preparar una barricada un día de protesta; la muerte de Rodrigo Rojas a causa de sus quemaduras; el débil y sumiso papel desempeñado por los jueces; las condenas de la iglesia católica a injusticias y represión; otros asesinatos y otros avisos, siniestros, por lo general, hasta que la oposición comenzó a ganar terreno logrando llegar al Plebiscito del 5 de octubre de 1988 que decidiría si Pinochet seguía en el gobierno o debería llamar a elecciones libres. Todos las anteriores y muchos más informes fueron divulgados por la Cooperativa. Y, ahora, este mismo angustioso eco para participar… que el sacerdote Pierre Dubois, de 81 años, ha muerto en su espacio, la población (marginal) La Victoria, uno de los distritos pobres que rodean Santiago, y que durante la dictadura no se replegó nunca al manifestar su rechazo a la violencia y a los abusos con que las fuerzas policiales (los) persiguieron. Una cueca de velorios, ésa que la tristeza exige bailar sin pañuelo, se merece Dubois por su valentía, por su consecuencia, por su inagotable compromiso con los pobres, la justicia y los derechos humanos. El cura se arriesgó mucho, y sufrió por lo que veía y vivía, y fue castigado por ser tan combativo como sus vecinos. El 4 septiembre de 1984, para una protesta, las balas policiales atravesaron uno de los muros de madera de su vivienda, asesinando a otro sacerdote francés, que lo ayudaba. En ese momento, André Jarlan leía la Biblia: así, sobre ella, como durmiendo, encontró a su amigo, el Padre Dubois, quien, con posterioridad a estar preso varias veces por “acusaciones de agitación política y perturbación del orden público”, después del atentado contra Pinochet fue expulsado de Chile. A su regreso, al iniciarse la “transición a la democracia” (“demos-gracias”, la nombraba el narrador Pedro Lemebel) volvió a “La Victoria”, “su casa” (como la llamaba). Desde 1996 hubo intentos de otorgarle la “nacionalidad de gracia”, pero los Senadores de Derecha se la negaron. Finalmente, se le concedió en el 2001. (Parecería una broma de mal gusto, mas uno de esos oponentes, el ex–Senador Andrés Chadwick, primo hermano del Presidente Piñera y Ministro Secretario General de Gobierno, o sea, su vocero, parece haberse sentido obligado a entregar sus condolencias. Y entre desabrido y confundido, señaló: “Lo lamentamos. Enviamos las condolencias a su familia. Sin duda que [el sacerdote] fue un actor muy importante en la década de los 70 y 80 y, por lo tanto, como Gobierno le enviamos todas nuestras condolencias a su familia y un recuerdo a todos ellos quienes fueron sus amigos y fundamentalmente a los pobladores de la población La Victoria con quienes él compartió en distintas poblaciones durante muchos años”. Sus incongruencias no hacen más que sumarse a su reciente y deslavado “mea culpa” por las “violaciones a los derechos humanos” (sic, sin mencionar ninguna) durante el gobierno de Pinochet. ¿Que no sabía de ellas este  incondicional y cercano partidario  del general?, ¿Qué no estaba enterado de estos “métodos” este  viajero frecuente  a Londres, cuando el general estaba detenido?).

La muerte conmueve por la grandeza, por la generosidad del difunto, pero conmueve, además, porque en él y su trayectoria se muestra el recorrido y  el giro de ciertos sectores  de la sociedad chilena que pasaron de la política a la droga. Junto a su comunidad, Dubois fue un luchador contra la dictadura militar. Sin embargo, en estos últimos tiempos, su combate era trabajar con jóvenes con problemas de drogadicción. Es muy posible que éstos “sólo” aspiraran neoprén o consumieran pasta base, pero ya es sabido que en las “poblaciones” existen “narcos”, pandillas y grupos organizados, a los que es difícil negar sus solicitudes u ofertas. El “dinero fácil”, la necesidad de abstraerse de la miseria, la desmesurada oferta de una sociedad de consumo a destajo, el rechazo, la falta de oportunidades, la ostentación, las frustraciones sin fin, estar estigmatizado, los sueños que nunca se concretarán, pueden ser motivaciones para consumirla o distribuirla o venderla, en grande o siendo microtraficante, sin barreras de edades ni de sexo: abuelas y nietos, padres e hijos, tías con sus sobrinos. Se sabe que hay “sicarios” de diez años, armados. Se sabe que la policía no se atreve a actuar en esos lugares. Se dice… que no sería raro que de aquí a algunos años, Chile fuera tan inseguro como México en la actualidad. En ciertas poblaciones periféricas, la violencia política ha sido suplantada por la violencia de la droga, y ese tránsito lo percibió el  Padre Dubois, y también trató de atacarlo.

“El sacerdote Pierre Dubois –sigue Radio Cooperativa- está siendo velado en la Parroquia Nuestra Señora de la Victoria, situada en Galo González esquina de Unidad Popular”. La información conmueve: el nombre de estas calles “hablan” de una ciudad profundamente segregada. Es impensable imaginar avenidas o vías con esos nombres (Galo González fue Secretario General del Partido Comunista clandestino, entre 1949 y 1958, durante la Guerra Fría) en los barrios acomodados de Santiago, una ciudad socialmente dividida por razones económicas, que impide la comunicación entre sus territorios y sus habitantes, aislándolos, con lo que se fomenta, entre ellos, el temor y el odio. No es casual, entonces, que las rejas sean su emblema, y así lo registró en 1998, el Informe de Desarrollo Humano en Chile, del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

Los nombres de esas calles se abren, además, a la memoria,  en una sociedad que prefiere borrar y olvidar porque no ha resuelto su pasado reciente, enfrentando y discutiendo -seria y detenidamente- sobre el gobierno de la Unidad Popular; sobre la dictadura y su brutalidad: la tortura, los exilios –el exterior y el interno-, los asesinatos, las injusticias, la impunidad, y ha preferido escudarse en una supuesta “reconciliación” para justificar que no se hayan asumido responsabilidades y que, a espaldas de la mayoría de la población, se hayan pactado acuerdos que permitieron llegar a una “transición a la democracia”(que todavía no se sabe si ha terminado), a una democracia “vigilada”, donde los militares  y sus colaboradores conservaron muchos de sus privilegios, en nombre de un “consenso”, que no siempre ha tenido sentido. Fueron veinte años de gobiernos de una des-concertada Concertación que llegó a defender al dictador Pinochet cuando fue detenido en Inglaterra, entre octubre de 1998 y marzo del 2000. Fueron veinte años, desde 1990, con dos Presidentes democratacristianos –Patricio Aylwin (1990-1994) y Eduardo Frei (1994-2000)- y dos Presidentes socialistas –Ricardo Lagos (2000-2006) y Michelle Bachelet (2006-2010)-. Fueron veinte años con aperturas y logros, sin duda, pero con un apoyo irrestricto a las políticas económicas de Milton Friedmann y  los “Chicago Boys” del régimen militar e, incluso, con un impulso y profundización del neo-liberalismo, que ha significado un aumento notorio de la brecha entre ricos y pobres, así la distribución de la riqueza ha llegado a tales niveles de injusticia que, de acuerdo a las cifras, en América Latina, únicamente Brasil superaría a Chile.

Y después de esos veinte años, todavía perduran rémoras de la dictadura, cuya permanencia se extendió por diecisiete. Y después de esos veinte años, y de no haber ganado una elección desde 1958, en el 2010 regresó la derecha con el empresario Sebastián Piñera como Presidente (según la revista Forbes, su fortuna, la cuarta del país, asciende a unos dos mil cuatrocientos millones de dólares). “Súmate al cambio” fue su lema de campaña: retomaba la palabra “cambio”, cuyo uso desde una perspectiva más conservadora, ya había desbarajustado a la Concertación en 1999 (¡como si el significado de las palabras fuera inmutable!, ¿serán las palabras de propiedad privada?).

Si el rescate de 33 mineros atrapados bajo tierra, en octubre del 2010, fue usado como publicidad a favor del ejecutivo, muy pronto Piñera ha ido perdiendo credibilidad y apoyo. Y la aparente apatía ciudadana se resquebrajó y el silencio fue roto y la sociedad civil y los movimientos sociales no cesan  de pronunciarse con seriedad y creativamente: ocupan las calles, manifiestan, critican, hacen peticiones, exigen sus derechos, se comprometen, evidenciando, además, el cansancio y la desconfianza de grandes sectores en los políticos tradicionales y su modo de ejercer la política.

Desde mayo del 2011, los estudiantes comenzaron a desplegar sus inquietudes sobre la calidad y el costo de la enseñanza que reciben. Sus marchas, masivas, exigen respuestas a sus reclamos, ligados a la educación, pero trascendiéndola pues implican al modelo económico e, incluso, al sistema de gobernar. Y las marchas son diversas y heterogéneas, con múltiples y diversos individuos y sectores que, junto con solidarizar, han hecho oír sus voces, logrando, así, que las movilizaciones no abarquen únicamente al movimiento estudiantil sino que, hoy, se reconoce un movimiento ciudadano, movimientos sociales, que está pidiendo más democracia participativa, y terminar con injusticias y desigualdades -sociales, políticas, económicas, institucionales, culturales- que afectan a todo el país e inciden en la sociedad entera. Y los mapuches reclaman por sus tierras y por el brutal trato que se les da; Aysén, Punta Arenas, Calama, y  otras regiones y provincias y ciudades se han alzado por sus reivindicaciones y prometen continuar exigiéndolas y recordando que “Santiago no es Chile”; razones ecológicas y ambientales constituyen otras causas de condenas y demandas; las autoridades se vieron exigidas de promulgar una ley castigando la discriminación en sus amplias posibilidades: sexuales, étnicas, etarias, de género, etc., y así, la variedad de peticiones es ancha, y  surgen  nuevos líderes, muchas veces alejados de los partidos políticos. Incluso hubo sectores de los estudiantes movilizados que llamaron a no votar en las recientes elecciones municipales como una manera de alertar a las colectividades partidarias y hacerles ver el cansancio provocado por la forma monótona, individualista, auto-protegida y poco representativa de hacer política.   Entonces, no es casual que la abstención haya alcanzado casi el 60 %.

Hasta 1973, antes del Gobierno Militar, el 7% del Producto Interno Bruto se dedicaba a educación. Con posterioridad, la cifra llegó casi al 2% y, hacia 2012, bordeaba el 4%. Ahora, los universitarios movilizados exigen volver, por lo menos, al valor otorgado durante el gobierno de la Unidad Popular. Y si bien, más de la mitad de la población no había nacido cuando fue el Golpe de Estado, cuando los jóvenes reconocen logros del pasado para enfocarse, proyectarse e imaginar el futuro, rescatan historia y construyen memoria. No es casual, entonces, que en cada una de las marchas estudiantiles haya siempre un manifestante que, aprovechando un cierto parecido físico, se pasea y se muestra, asumiendo el personaje de un gran defensor de la educación pública, laica y gratuita, el presidente Salvador Allende.


Doctora en Literatura y crítica literaria.