La empanada recalentada es una de las instituciones nacionales de más larga data, y al parecer, con mejor salud dentro de lo que son nuestras tradiciones nacionales. La resaca que nos deja la celebración patriotera del último suspiro invernal, hace de la primera semana de la primavera un colorido festín de restos. Ajiacos o valdivianos, charquicanes con restos azarosos de asado, tortillas con chamuscadas papas y olvidadas longanizas, sanguches de aleatorios  cortes, porotos engalanados con algún costillar rebelde que nos dejó la parrilla. Salvo que en su casa naden en dinero o se coma al ritmo de la recomendación de un nutricionista de matinal, el alimento sobra, y cuanto más, define la distancia deíctica entre el suceso y la extensión de su existencia. Con sus proporciones exageradas, la idea de que el banquete no solo es la calidad del manjar, sino su abundancia. Porque somos rotos, necesitamos tanto de la sal como de la desmesura. Trabajar tanto por una docena de empanadas, va contra nuestro espíritu, no se puede, no queremos y no lo haremos. Es una forma pagana, la expresión dionisiaca con la que saldamos la deuda con el frío y la lluvia, es un grito de abandono de las tinieblas y el silencio, un canto a la exuberancia de la vida que año a año renueva su compromiso con nuestro existir. Son los restos del banquete, las huellas sobre la arena que el último tercio del año borrará con su vorágine de consumo finalista y neoliberal.

Si bien la transformación de la vida contemporánea nos ha convertido en productores y consumidores de servicios, la manufactura doméstica de la empanada, define el carácter de la tribu que se aventura en su creación. Las empanadas son un pan ahuecado al cual se les rellena con diferentes ingredientes. La reciente ola migratoria nos ha hecho enfrentarnos a variantes (para nosotros) exóticas, como las venezolanas hechas en harina de maíz con relleno de porotos negros, plátano y carne mechada.  Los argentinos tienen una variedad con carne y papas.

La clásica de pino chilena contiene carne de res, cebolla, pasas (actualmente en la polémica), aceituna y uno que otra especie, dependiendo de la mano de quien las prepare. Existen ciertas variantes que hacen gala de las condiciones que les plantea su medio. En La Araucanía se hacen con changle o dihueñes, uno de los triunfos de la hibridación cultural. Esta descripción encapsula a las empanadas de mariscos, majestad marina… se me nublan los ojos de solo pensar en estar frente al mar en cerro verde con una chorreante entre mis dedos, afinados los sentidos y perdida la mirada… pero ese es otro tema. La imaginería gastronómica de los últimos años ha dado paso a un limitado (pero incontable) número de alteraciones, cada cual con distinto grado de éxito, las con churrasco o vienesas, napolitanas, chaparritas, pircas, pollo,  choclo, champiñones, etc, las que en el fondo no son más que una redundante empanada de queso+algo.

Por lo menos de dónde vengo, es un ejercicio de conjunto, una tarea en la que solo en sus pequeñas y finas etapas está definida por la soledad: el castigo a la individualidad, a lo irrepetible del genio. Ese aislamiento nos recuerda que si bien el costo de lo bello y lo sublime es a causa del padecer de enormes masas de seres, la genialidad que conlleva parir esa idea, ejecutar su identidad o dotar de guirnaldas a lo que ha sido creado a punta de socavar la tierra y verter sangre sobre ella, es ese manto invisible pero denso que separa el yo de los otros, el aquí del allí. Casi siempre este ejercicio de soledad está dado, en la confección de la hojarasca y su posterior cierre. Ese ejercicio que es síntesis y expresión, por lo menos en la ruca que habito, está dado por nuestra madre. Algo nos comunica en su delicado cierre y en su ingente relleno, nos habla de la bondad de la mesa, de la inteligencia con que hace mutar la materia, la sabiduría implícita en la administración de los sólidos y los fluidos, la bonanza con la que recibimos el renacer de magnolias y camelias. La medida, como entidad no existe, es el cucharon con sus variantes y la mano la que sellan la creación. Como si el tiempo fuese otro, como si el metro y el kilo no hubiesen inundado con su razón instrumental cada espacio de nuestras vidas, la unidad vuelve a lo que fue, extensión de una identidad, la de ella.

En la oficina donde estoy, no hay nada parecido al fuego. La imagen del trabajo mediado por el poder transformador de las llamas es algo que se ha perdido de las imágenes de mi presente. Incluso en los recuerdos de infancia, cuando iba a visitar a mi padre a la imprenta donde trabajaba, el poder y el vértigo de las máquinas en su tronar incesante, daban la idea de que había una fuerza habitada por el poder de las llamas, de la combustión y la aceleración. Ahí, en un rincón de ese helado espacio en el cual se desgastaba su vida a un ritmo más acelerado que el de las piezas de acero del offset, tenía un anafre con el que le devolvía la vida a la merienda. Ese mundo, por lo menos en mi vida, ya no existe. Voy con mis empanadas dieciocheras y solo tengo un microondas, en el mejor de los casos, pero lo que añoro es un tostador. Recorro y disfruto los rostros de expectación al ver a su majestad, la reina del recalentado en su primer día de presentación, rostros que con el paso de los días darán paso al hastío y la incredulidad, el “hasta cuándo traerá empanadas este cristiano?” no tardará en llegar y así será hasta el final de la semana, cuando el oleaje del nuevo ciclo borre las huellas de un tiempo, que ya no será el nuestro.

PD: Hojarasca debe ser una de las palabras más bellas del español, sin duda. Solo pronunciarla y pensarla es un acto delicado e infinito.