Llegábamos los últimos quince minutos, momento en que la entrada se liberaba y los equipos sufrían un cambio de ritmo: ataques inesperados, goles y tarjetas arbitrales. En esos quince minutos finales se precipitaron las anotaciones que no se vieron en el resto del partido. En ese lapso todo era especial, incluso la brisa de la tarde se apoderaba de la situación en la cancha. Los banderines del córner, las serpentinas y papeles picados al viento.

Viví la niñez y toda mi adolescencia a los pies del Estadio Santa Laura. Recinto deportivo inaugurado en 1923, epicentro de gloriosos encuentros futbolísticos. La historia dice que el primer partido profesional de fútbol chileno se disputó ahí. Ocurrió el 22 de julio de 1933, entre Audax Italiano y Morning Star.

Estudié en un colegio de curas españoles ubicado en la calle Recoleta, no muy lejos. Los fines de semana solía ver a los parcos sacerdotes del colegio transformarse en el estadio. Vestidos de civil y con una boina vistosa, en la tribuna despotricaban tomándose la cabeza sin mesura, despachándose los mismos garabatos que nos prohibían decir en la escuela. Los partidos de la Unión eran, acaso, su gran vía de escape a la vida sacerdotal en la congregación Los Dominicos.

Se trata de una época en que pocos equipos tenían estadio propio. Los clásicos y las dobles jornadas eran memorables. Desde nuestra cuadra se escuchaba con nitidez la formación de los equipos, y también el grito ensordecedor de los goles. Si el gol era de un equipo chico apenas se oía desde donde estábamos, y era fácil adivinar si el otro equipo era uno de los grandes.

En los últimos quince minutos finales de un partido me encontré una vez al profe de educación física del colegio trabajando de guardalínea. Recuerdo perfectamente el bigote y su nariz alargada, corría ágil por la línea con el banderín en la mano. No pude evitar recordar sus fastidiosas clases de Educación Física y me acerqué a la reja, le grité a boca de jarro lo que siempre estuvo prohibido decir en clases, pero que todos de alguna forma pensábamos. Me sorprendió su profesionalismo, por ejemplo en el lapso del “fuera de juego” nunca quitó la vista de la cancha. Pese a que descargué mi artillería, no hubo señal que me reconociera, aunque fui bastante específico en mis improperios. Cuestión que terminado el partido evalué como inconveniente. Lo vería nuevamente en el colegio. Además tampoco calculé que relatar esta feliz coincidencia futbolística a mis compañeros de curso podría jugarme en contra. No tardaron en preguntarle al profe sobre su pituto de guardalínea. Tras la pregunta, nos mandó a dar diez vueltas a la cancha, me pareció bastante sensato dado el calibre de mis palabras. Obviamente fui el único que acató la medida con elocuente resignación.

En el Estadio Santa Laura conocí a Mario Moreno, el “Súper clase”, el jugador chileno más parecido a Garrincha, según Tito Fouillioux. Ambos fueron compañeros en la selección chilena que salió tercera en el Mundial de Fútbol de 1962. En ese tiempo, él entrenaba las infantiles de la Unión Española, yo jugué con ellos y hasta hice un gol de media cancha o mejor dicho me salió un gol de media cancha. Pero pronto fui relegado a la defensa y dejé de ir a los entrenamientos. Mi novia al preguntarle a un viejo amigo de esa época de cómo era para la pelota, él respondió: tenía fuerza. Lo que equivale a decir: es hachero y no bueno con el balón en los pies.

Después, con el tiempo, comenzó a crecer mi admiración por Marcelo Salas Melinao, aunque yo abiertamente no era de la Universidad de Chile, los de la U siempre me tuvieron buena por mi fe ciega al Matador, y esto los hacía aceptarme rápidamente. Recuerdo perfecto un partido de la selección chilena sub 23 contra Ecuador en el estadio. Ese día vi todo el partido en la galería norte, donde se ponía la barra de la U. Estuve pegado a la reja. No paré de darle instrucciones a Salas. La reja estaba a menos de dos metros de la cancha. Los ecuatorianos se refugiaron en la defensa, repelían los constantes ataques de la roja. Exactamente fue en un córner, en los escasos segundos en que se espera el centro llovido al área, vociferé mi mejor repertorio que se le puede decir a un ídolo, y el gol llegó en los pies del Matador. Salas corrió a la reja donde estaban Los de Abajo y les dedicó el gol, y quise creer que también, a mi arduo trabajo de director técnico.

En el Estadio Santa Laura una vez vi como a mi padre (que fue un antiguo dirigente de Iberia) lo sacaron del recinto los carabineros cuando le gritó todo el partido a un jugador que se descompuso y comenzó a patear la reja. El Santa Laura era el patio de nuestra casa. El público que llegaba los fines de semana nos parecían extraños, personas ajenas que estaban de visita. Aún guardo los balones que caían fuera del estadio. Desinflados trofeos que anidan en el rincón de mi memoria. Pese a que ahora vivo en el campo, lejos del barrio, extraño los faroles del Santa Laura encendidos a medias los días de semana, señal inequívoca de que el entrenador preparaba el equipo titular de la Unión Española para el fin de semana.

Pienso en todos los últimos quince minutos que me he perdido desde que me fui del barrio Independencia. Pienso en la cancha, y en mi viejo regalándome el carnet de socio de la Unión. La joya del barrio Independencia. La catedral del fútbol chileno.

 

 


Poeta y guionista