Cargado de cosas que pesan

Para 1970, Walsh ya sentía el peso de las valijas en el espinazo. La materia prima de las estampitas y figuras de yeso de su propia leyenda: sus libros, esas investigaciones poniendo todo el cuerpo; su paso por Cuba y la agencia Prensa Latina, los medios obreros, la vida clandestina y la militancia activa; una hoja de vida copiosa, de movimiento fértil de arrojo y contradicción. En abril de 1970 anota en su diario: “Escribo con la punta de tres dedos de cada mano, lentamente, como si aprendiera dactilografía, ganando tiempo en realidad, cargado de cosas que pesan. Pesan, pienso, porque están mal acomodadas, como un montón de valijas y paquetes que me hubieran puesto a la espalda, y que yo no pudiera controlar, aunque por supuesto estoy dispuesto a llevarlas hasta el fin”.

La escritura por encargo no se detiene. Gasta sus días en las colaboraciones para el diario La Opinión y Siete Días, y algunos artículos para Panorama, dejando atrás las crónicas sobre tradiciones y formas de vida en la provincia argentina publicadas en la misma revista, junto a las fotos de Pablo Alonso. Su prontuario impreso y vital lo convertía en un hombre “marcado” en el ecosistema periodístico argentino, un nombre propio incómodo en las oficinas de directores y editores. Todos confiaban en su probada eficacia como “colaborador”, pero como parte del equipo estable de redacción, “ni en pedo”. A él tampoco le interesaba. En enero de 1970, escribe en su diario: “He resuelto –pero casi lo resolvieron los demás por mí, los demás que ven en mí una especie de héroe que no puede mancharse– no entrar fijo en Panorama, pase lo que pase. No me voy a morir de hambre, supongo, y sin embargo, estuve tan cerca de entregarme, tan asustado”. Al mes siguiente, agobiado por el extenso trabajo que le demanda la investigación y escritura de una crónica por encargo y el exiguo pago recibido, anota en su diario: “Conclusión evidente: no puedo volver a hacer notas para Siete Días, ni Panorama, ni probablemente ninguna otra revista, salvo esporádicamente, cuando no lo necesite de verdad, y sean ellos los que me necesiten a mí. La cara de la necesidad es lo primero que ellos ven. Bien, pero hay que trabajar para ganarse la vida, hay que trabajar en política, hay que trabajar en literatura. Hay que hacer las tres cosas al mismo tiempo”.

En octubre del 70, Walsh viaja a Bolivia. Va a escuchar, a presenciar y a escribir sobre el nuevo Presidente de la República, Juan José Torres –quien se hace del poder el 7 de octubre de 1970 amparado en un levantamiento popular integrado por trabajadores, campesinos, universitarios y un sector de las fuerzas armadas–, “el general proletario”, un atípico militar “corpulento aunque bajo de estatura, de trazos aindiados y mirada penetrante”. En su crónica “Bolivia: el general proletario” –publicada en Panorama a fines de ese mes–, Walsh escribe: “Tanto el general Torres como algunos miembros de su entourage exhiben lecturas a veces tenaces de Lenin y Mao. La ideología del nuevo régimen no responde sin embargo al marxismo ortodoxo ni a sus derivaciones tercermundistas, sino que es una adaptación ad hoc cuyo ingrediente más fuerte procede acaso de una de las ramas del trotskismo rioplatense, aquella que postula la unión de Ejército y trabajadores para la liberación nacional”. Claro y convencido en su proyecto político, Torres afirmaba: “En un país semicolonial, como Bolivia, existe una frontera interior, que es invadida invisiblemente. La frontera interior no es invadida por tropas extranjeras, sino por medios más poderosos y sutiles: el endeudamiento financiero, la dependencia económica, política y cultural, el control del comercio exterior, el estrangulamiento de la industria nacional, la sumisión de los grandes diarios, la desnacionalización de la universidad.”

En diciembre de ese mismo año Walsh viaja a Chile. El recién asumido gobierno de Salvador Allende ejecuta el programa y firma la nacionalización del cobre en un ambiente enrarecido luego del asesinato del comandante en jefe del Ejército, René Schneider, por un grupo de civiles y militares. Walsh se mueve por el centro de Santiago escuchando, anotando lo que luego nutrirán la crónica “La muerte de Anaconda”, publicada en la revista Panorama el 29 de diciembre. Días antes, el 15 de ese mes, el presidente Allende se había instalado en la plaza de la Constitución para anunciar la firma del proyecto de ley de la nacionalización. Walsh está ahí, y escribe: “Los aplausos llenaron la plaza de la Constitución, en Santiago, cuando el presidente Salvador Allende leyó la semana pasada el proyecto de reforma constitucional que nacionaliza el cobre”. Ya en el segundo párrafo, pone el dato sobre la mesa y advierte: “La multitud era menos numerosa que la que acompañó su campaña electoral (…) que lo llevó al poder en septiembre último. Los organizadores del acto invocaron el calor, la proximidad de las fiestas y, menos abiertamente, la dificultad de galvanizar a las masas chilenas en torno a consignas que no encierren la satisfacción de reclamos inmediatos”.

Walsh deambula por los alrededores de La Moneda; está ahí para certificar el acontecimiento: “Varios miles de personas siguieron sin embargo lo que el vespertino Última Hora calificó de “segunda independencia de Chile”, y se derramaron luego por las calles céntricas entre centenares de quioscos atestados de baratijas navideñas”. Contextualiza, ordena el hecho y establece vínculos y filiaciones políticas y empresariales. “La frase del vespertino allendista no era quizás una exageración. En todo caso, el cobre chileno figura entre las cinco nacionalizaciones mayores realizadas en el continente –petróleo en México, ferrocarriles en Argentina, estaño en Bolivia, azúcar en Cuba– y vincula de algún modo el nombre de su autor con el de Cárdenas, Perón, Paz Estenssoro y Fidel Castro”. A continuación, despliega con precisión los antecedentes históricos, políticos y económicos de la resolución del Estado chileno. Operación que fue considerada como una afrenta por las empresas cupríferas, de gran “potencial económico muy superior al de muchos países latinoamericanos con bandera y con ejército”, aclara Walsh, que “sirve para dar una idea del enemigo que se ha echado encima el nuevo gobierno chileno”.


El Desconcierto