Soy la señora Juanita, la que tanto nombran los ejecutivos, productores y especialistas de marketing de televisión. La única en el edificio que ve los canales nacionales hasta altas horas de la noche. La que se levanta a servirle por la mañana el desayuno al viejo. La que lloró hasta más no poder cuando murió Felipe. La que amó por siempre a Nice en Ángel Malo. Porque yo también fui nana como Nice, por allá en los 80′ conocí a los pitucos del barrio alto. Y sé donde les aprieta el zapato.

Hemos salidos adelante, a porrazos, pero hemos salido adelante. Varias veces renegociamos nuestras deudas, y gracias a dios nuestros cabros estudiaron algo. Salimos de Lo Prado para vivir en un departamentito en Avda. Matta cerca de Mega. Soy la que se acuesta tarde con la tele encendida (eso ya lo dije), la que añora que vuelva Pampa Ilusión, la que cree en las historias que cuentan en la tv. No tengo un doctorado en el extranjero ni soy muy estudiada, pero sé cuando una historia funciona. Tengo ese elemental talento que han extraviado los canales de televisión. No todos, porque Perdona nuestros pecados fue de lo más entretenida. Por eso, porque amo que me cuenten una historia, vi el otro día Pacto de sangre del 13, que debería llamarse más bien Pacto de silencio. Si a una chiquilla mía le hubiera pasado eso, de que unos cuicos la mataran, aunque fuera por accidente, no cesaría de buscar a los culpables. Rara la teleserie. Funciona como un relato de Chile. Tanto que se ha hablado de los derechos humanos y los derechos de la mujer. Y tengo que comerme la uñas con estos cabros, amigos de infancia, que en una despedida de soltero se pegan el condoro de sus vidas.

Me cuesta decir esto con lo mucho que me gusta Nestor Cantillana. Hay que añadir que la Blanquita Lewin se ve bien cambiada. Y el Alvarito Espinoza, que lo hizo tan bien de árabe en Los Pincheira. ¡Ah me acuerdo de esa época!, ¿cómo no me voy acordar? No puedo evitar emocionarme, perdonen. Mis chiquillos estaban en el colegio en esos años, y nos reuníamos todos a la hora de once a comer pan con palta para ver la teleserie. En lo Prado todos la veían. Pero ahora que vivo en Avda. Matta, en un departamento chiquito que nos compramos con el viejo, no sólo cambiaron las teleseries sino que también nosotros. Ahora por fin puedo verme todas las teleseries sin culpa ni remordimiento. Los chiquillos ya crecieron, si hasta uno se casó y soy abuela. Por eso el otro día me senté a ver estos Pactos de silencio o Pacto de sangre, ya no sé como se llama. Todos en la teleserie tienen los mansos autos y las medias casas. ¿Pensarán los ejecutivos del canal qué nosotros queremos tener esos autos y esas casas? Digo yo, para que los pongan tan ampulosamente en sus historias. Porque la gente de plata no ve estas leseras. Ellos ven series. Los que ven sus leseras somos nosotros, los de clase media, la gente modesta.

Soy la famosa señora Juanita, una mujer de esfuerzo. La que ahora mismo está apenada con la muerte de Italo Passalacqua. La que llora con las teleseries o ríe a carcajadas, cuando nos hacen vivir esos mundos que retratan. La viuda de Romané y Donde está Elisa. La que no se traga estas historias de ahora, en que ni siquiera se hacen asesorar por un abogado, y los personajes giran una y otra vez sobre lo que pasó en el primer capítulo. Soy la que odia los pactos de silencio. No soy weona. Ni tan inteligente. Mi viejo se parece cada día más al pelado de Los Venegas y mi hijo, que estudió ingeniería en la universidad, me habla siempre que puede de las series de Netflix. Soy la Juana, la señora Juanita, como quieran llamarme. La que les da una oportunidad a las áreas dramáticas de los canales nacionales. Soy ese punto de rating, ese efímero punto de rating, que tanto desean los ejecutivos del canal.

He dejado de ver Pacto de sangre, me gustaron los actores, pero después del segundo capítulo, se desinfla. Repiten lo mismo, no hay vida, sólo muerte y fantasmas por todos lados. Tengo demasiados problemas como para andar viendo más problemas, más encima de cabros pitucos. Historias de cabros que tienen resuelta la vida. Historias que no tienen nada que ver con mi realidad ni la del vecino, ni la de mis hijos. Historias sin ternura ni pasión. Sin sueños. Pactos de silencio, eso es lo que hay. Un cuerpo de una chiquilla modesta, enterrado en el terreno de un viejo cuico.


La señora Juanita