El Teatro Teletón está hermoso. Se nota que la fundación que se preocupa de la rehabilitación de personas con discapacidad motora cumple 40 años, porque las emociones están a flor de piel. El equipo se ha preocupado de que la inclusión no se vea solo como una frase, integrando personas en situación de discapacidad en las más diversas funciones, lo que se agradece.

El teatro se llena de historias en 3D, que llenan de vida recuerdos que todos guardamos en nuestros corazones. Niños con fierros en sus extremidades, que aprenden cosas tan básicas como comer solos o dar algunos pasos y que nos llenaron de emoción año tras año.

Hasta Don Francisco llega a las lágrimas tras recibir una escultura por su labor y vivir un momento que él desconocía de la pauta. Pero Mario Kreutzberger sabe que así como muchos de los que estamos en el teatro nos emocionamos y añoramos cuando llegábamos junto a nuestros padres a entregar una alcancía llena de monedas y sentimientos infantiles al banco, las nuevas generaciones no sienten el mismo apego por la obra. Nacieron con ella funcionando, los tratamientos hoy son mucho menos invasivos (o vistosos) y hasta capaz que hayan escuchado alguna sospecha sobre la forma en que se financia y críticas que han venido hasta de la ONU por promover los estereotipos de los discapacitados como “sujetos de caridad”.

Foto: Agencia Uno

Así es que Don Francisco decide, esta vez, hacer un discurso algo distinto, que incluye qué pasará cuando él no esté y que habla de la verdadera inclusión, la que tiene que suceder una vez que los niños de la Teletón se transforman en adultos, en eso es lo que estamos realmente en deuda como sociedad: la inclusión laboral. Hace hincapié en la colaboración que la institución prestó al estado para lograr una ley de inclusión (que indica que las empresas con más de 100 trabajadores deben tener un 1% de empleados discapacitados). Y uno de los principales testimonios es el de Graciela Fuentes, quien relata la difícil misión de encontrar trabajo cuando no tienes brazos ni piernas. Y que eso sea lo único en que se fijan quienes te entrevistan.

La mente de Don Francisco se mueve rápido. Y cuando habla de que en algún momento, más pronto que tarde, no podrá estar, se preocupa de no hablar de un heredero o heredera. Da la impresión que lo que quiere es que cada chileno sienta que la Teletón es suya. Nosotros la construimos, nosotros tenemos que cuidarla esté o no Mario Kreutzberger a la cabeza. “Comenzamos atendiendo a 75 niños con discapacidad, hoy después de 40 años hemos atendido a más 100 mil, gracias al apoyo de todo Chile”, declama. Yo lo siento, lo creo, este año donaré, como lo he hecho desde que tengo memoria.

Pero los desafíos para que eso también lo sientan los menores de 40, son enormes.

Creo que ni Don Francisco, ni Ximena Casarejos, ni nadie que trabaje en la Teletón lo ha entendido: para que sintamos que la Teletón es nuestra, necesitamos que los rostros que son sus embajadores –como se llaman ahora a los principales animadores que estarán el próximo 30 de noviembre y 1 de diciembre, entusiasmando a la gente para que vaya a donar- estén más preocupados de ser un aporte a la sociedad, que de parecerse a ese rostro aspiracional, que supuestamente buscan los auspiciadores.

La televisión de los noventas exigía conductores imparciales, compuestos, inalcanzables, que no discutían y que, si los juntaban sobre el escenario, se reconciliaban por una bonita causa. Hoy, tras años de reality shows y farándula, sabemos que no todo lo que brilla es oro, que Alvarito Salas es el rey del chiste corto y los errores largos, que Rafa Araneda y Carola de Moras no se soportan y que las 27 horas de amor son también las 27 horas de codazos.

Aunque quieran negarlo yo estoy ahí. Y después de ver videos y escuchar discursos de inclusión me siento excluida. Sí, no me siento parte. Estoy conversando con Fernando Godoy de lo más animada y llega una productora, lo toma del brazo, y se lo lleva porque hay un punto de prensa donde no me invitaron. No pertenezco. No les importa dejarme sola. Me quedo afuera con Oscarito, que debería ser el primero en hablar con la prensa. Pero tampoco fue invitado.

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Aprovecho el momento de conversar con los verdaderos protagonistas. Me siento a conversar con Graciela, que tiene una interesante crítica a la Ley de Inclusión. Le manifiesto mi admiración a Perla, la bailarina que nos emocionó a todos unos minutos atrás, volando sobre el escenario con gracia y equilibrio a pesar de la falta de un brazo. Me encuentro con el Grillo Aránguiz, un atleta, un bailarín, que ha superado con creces estar en silla de ruedas. Converso con el primer niño símbolo, hoy convertido en profesor en La Pintana.

Nunca más supe dónde estaban mis colegas, los comunicadores, esos que tienen que motivar a la opinión pública y que deberían estar conociendo estas historias.

Me pregunto si no estaré exagerando. A lo mejor esa sensación es solo mía y responde más bien a algo de timidez por no pertenecer a ese grupo de personas. Pasan las horas y me convenzo de que soy una exagerada, que hasta capaz que haya sido culpa mía y que solo debí haber intentado integrarme.

Pero algunos días después, Natalia Valdebenito relata los abusos ocurridos durante el último año del clan infantil y todas las piezas encajan. Don Francisco reacciona de muy mala manera. Según relatan quienes lo vieron esos días estaba enojado y aunque en un primer momento lo negó y trató de bajarle el perfil, terminó por confirmar los dichos de Natalia y condenar los abusos. Se demoró. Muchísimo. Sin embargo, al menos, se retractó. Luis Jara y varios de sus compañeros, en cambio, se indignaron con Natalia. El cantante nacional dijo incluso la frase: “Esas elucubraciones dañan la marca”. Como si la integridad de esos niños, que hoy son adultos, valiera menos que una imagen comercial; cuestionando los tiempos de denuncia sin entender que hasta la ley le quitará la imprescriptibilidad a las denuncias de abuso sexual infantil; haciendo un llamado al silencio, en vez de hacer un llamado a denunciar; revictimizando a quien denuncia, yendo en contra hasta de las orientaciones del Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género para informar sobre violencia a niñas y mujeres, lo que podríamos extender a la infancia.

Las emociones de nuevo se agolpan en mi corazón. Como esa noche que llegué y dije, voy a escribir sobre los 40 años de la Teletón y decidí mejor no hacerlo porque mi primer impulso no fue positivo. No quiero mezclar los temas. Porque nadie los había mezclado hasta que Don Francisco se enojó y Lucho Jara se indignó.

Es que, nadie podría estar en contra de la obra que le enseñó a Graciela, que no tiene ni brazos ni piernas, a desenvolverse de una manera impresionante, a entender que su mente no tiene ninguna discapacidad, a enfrentar el mundo, aunque le cierren 100 veces la puerta en la cara. Nadie podría estar en contra de la institución Teletón.

Por lo mismo, necesitamos que los comunicadores que se hacen cargo de ella estén a la altura. Para que las nuevas generaciones también la sientan propia. Para que se alcance la meta de los 32 mil millones de pesos. Para que esa Teletón que comenzó en una casona de Huérfanos y hoy ya tiene 14 institutos y 50 mil metros cuadrados construidos en el país, llegue mucho más lejos. Para que todos los niños tengan las mismas posibilidades de salir adelante. Porque los niños son mucho, pero mucho más importantes, que cualquier marca. Luis, con cariño, son ustedes los llamados a cuidar la “marca” Teletón.

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