¿Qué ve, Jerónimo, tu ojo atónito?

¿Qué palidez de tu rostro?

¿Ves ante ti a los monstruos y fantasmas del infierno?

           (Dominicus Lampsonius)

En Galápagos, de Kurt Vonnegut, el narrador anuncia muy al comienzo de la novela que pondrá asteriscos junto a los nombres de los personajes que habrán de morir en el transcurso del relato. El recurso anula la sorpresa, pero gana en tensión, en esa espera inquietante del cómo y cuándo. En La risa invisible, de Guillermo Valenzuela (Das Kapital, 2017), uno pone instintivamente asteriscos a los nombres de los personajes, dado el contexto histórico de la novela, la segunda mitad de los años setenta en Chile, donde los protagonistas se mueven arrancando de la represión o padeciendo la tortura, mientras en Chacarillas el dictador habla de patria y de heroísmo. Así, la novela se lee con la tensión de la muerte inminente, lectura cabal de una época, sustento dramático de nuestra infancia, un asterisco que se abre como las fauces babeantes de la bestia.

No es el único cruce con la novela de Vonnegut. Hay algo que también se desprende de la perspectiva con la cual el narrador se enfrenta a sus personajes, las consecuencias del punto de vista. El narrador de Vonnegut plantea una distancia temporal extrema, un millón de años respecto a los acontecimientos ocurridos en 1986, cuando los seres humanos tenían inmensos cerebros que pesaban cerca de tres kilos, anomalía que los llevaba a tomar las más estúpidas decisiones. Y si bien el narrador de La risa invisible no se sitúa a tanta distancia de sus personajes, comparte una manera común de mirarlos, cierta extrañeza mordaz, como a bichos raros cuyas acciones, a la distancia, resultan absurdas, risibles ¿Es esa la risa invisible, la del propio narrador que mira lo ocurrido como si lo viera todo a un millón de años de distancia? Porque pese a la brutalidad del material narrativo, hay humor en la novela. Lo que nos pone frente a una dimensión que con frecuencia se olvida: la verdad de lo reconocible y el dolor de esa verdad sin remedio como resortes de lo cómico. Y aunque nadie saldrá riendo a carcajadas –espero- después de leer esta novela, se siente una presencia invisible que lo va ganando todo, la de una risa cáustica, inteligente, depuradora.

El ojo del narrador salta de un personaje a otro en su focalización, y su discursividad, su fraseo, se complementa no solo con la mirada y el humor que se desprende de ella, sino también con la retórica de la época que se representa. El mecanismo lo activan personajes como Che Almeja: “Un capo de los cordones farmacéuticos, un asaltante armado con recetas médicas falsificadas, un guerrillero de los estados alterados de la conciencia que ya se había lanzado de un quinto piso librando el cerco de la muerte gracias al aparato logístico de un árbol frondoso”. Habría que agregar que Che Almeja era auxiliar de un colegio, miembro de la banda de rock Ensalada Rusa, que en medio de la debacle exclama: “rock o muerte, venceremos”.

Hay también una serie de personajes de tinte diabólico-carnavalesco, al estilo de esas figuras pintadas por el Bosco, un jardín de las delicias que se expresa en pleno en el episodio referido a la celebración en el cerro Chacarillas, en julio de 1977, liturgia cívico-patriótica donde el dictador comulgó con su juventud fascista, representada por 77 héroes resucitados de La Concepción. El reverso de ese circo monstruoso lo constituye la familia compuesta por Lucio, Marcia y Santoro. Porque esta es, sobre todo, la historia de una familia o, mejor, la historia de la desintegración de una familia, como metáfora de la desintegración de un país entero. Sin embargo, ante ellos el narrador -puntilloso, reflexivo, de aliento filosófico- no renuncia al ojo escrutador, ese ojo que logra llegar a los pliegues menos amables de sus personajes y siempre entrega de ellos un costado algo ridículo o grotesco.

La militancia irreductible de Santoro, el padre, su sobreideologización que lo lleva, por ejemplo, a ver en el rock un “azote capitalista en su lomo libertario” o en los pañales de su hijo el “uniforme de una guagua de la clase trabajadora”, se vuelve, vista con este ojo, una práctica risible. La militancia como una condena del Destino, con mayúscula, esa idea peregrina afianzada en la convicción de que las malas acciones del enemigo iban a quedar en su conciencia como un peso, una tortura.

Frente a ese voluntarismo, esa construcción antojadiza e imposible de invulnerabilidad, la figura femenina de Marcia, la madre, deja en evidencia otra variante del revolucionario clásico: el machismo de una heroicidad excluyente, que solo espera de la joven burguesa la dedicación exclusiva al cuidado del combatiente herido. El hombre nuevo atrapado en las viejas mañas del hombre a secas. “Coser un botón, ese ha sido mi aporte a la logística”, ironiza Marcia en un diálogo imposible, planteado en un tiempo intermedio entre la vida y la muerte.

Ella, por su parte, es expuesta por el narrador en sus dudas y debilidades, su culpa burguesa, su sed incombustible -y no de justicia social, precisamente-, sus deseos inesperados. Me atrevería a decir, incluso, que una corriente de deseo corrompido, una erótica oscura, recorre -como el fantasma del comunismo por Europa- toda la novela. Una pulsión que resiste, a modo de parodia, en medio de la degradación y la muerte.

También está Lucio, el hijo, el hilo conductor, a quien vemos pasar de los quince años a una mayoría de edad dudosa que lo sorprende cagando en el baño de un bar piñufla del centro de Santiago. Es el dolor de la transición, del paso forzado a una adultez sin épica y sin rumbo, donde el único triunfo posible parece ser el de la sobrevivencia. Aunque, volviendo a Vonnegut, habría que decir, sin temor al spoiler, que Lucio también tiene un inmenso asterisco encima de la “o”.

La risa invisible

Guillermo Valenzuela

Das Kapital

231 páginas

Precio de referencia $11.500


Luis López-Aliaga