El plebiscito de 1988 fue una gran gesta democrática del pueblo de Chile. Para un país que había sido duramente golpeado, tener la posibilidad de decirle No al dictador y recuperar la democracia constituye siempre una grata esperanza. Y así lo demostraron los centenares de miles de personas que se aglutinaron en enormes concentraciones por el No en todo Chile durante ese año. Así lo evidenciaron también millones de chilenos/as que salieron tranquilos pero decididos ese 5 de octubre a votar en las urnas por un nuevo Chile.

Conviene también aclarar que la convocatoria al plebiscito se debió a múltiples factores. No fue una simple dádiva de la dictadura, como piensan algunos. Tampoco fue un plan maestro o una “trampa” en que todos caímos (esas visiones de la historia son demasiado maniqueas). Si hubiese que citar una explicación más sólida diría que se trató de una conjunción entre la presión de las grandes movilizaciones sociales de los ’80 sumado a la habilidad de las fuerzas políticas y diplomáticas que optaron por ese camino para tumbar a Pinochet. Lo que hay que descartar de plano, es que el plebiscito haya sido un simple acto electoral en donde el dictador fue derrotado por medio de “un lápiz y un papel”, como algunos fantasiosamente imaginan. Todo el que vivió ese proceso sabe que ese 5 de octubre un pueblo entero se echó al hombro el miedo y le dijo No a Pinochet y a su régimen, y eso es algo más que una simple raya en un papel.

Una pregunta distinta es ¿qué paso tras el 5 de Octubre de 1988? Mirado retrospectivamente, el plebiscito constituyó una salida institucional a una dictadura que ya había hecho su pega: instalar un nuevo modelo económico que ahora requería urgente una legitimidad democrática (como escribiese Boeninger algunos años después). Eso lo entendieron bien los que luego administraron eficientemente el “Chile neoliberal en democracia” que sobrevino.

Ahora bien, ¿le quita esto valor al plebiscito como evento democratizador? En ningún caso. Decir eso, como aseguran algunos sectores contestarios mirando lo que devino tras él, significa ningunear la intuición profunda que moviliza a los pueblos y que les hace saber mejor que ningún intelectual o político afiebrado que siempre se estará mejor en una democracia imperfecta que en una dictadura violadora de los DDHH (cuestión no menor y en la que muchos dirigentes del gobierno de derecha actual fallaron, más allá de lo que digan hoy). Estar siempre con el pueblo (y no atrás o delante de él) es una primera gran lección del plebiscito para las fuerzas de cambio del Chile actual.

¿Significa esto blanquear todo lo que vino después? Por cierto que no. Partamos diciendo que la transición no fue una “historia necesaria” (como argumentan los dirigentes complacientes de la ex-Concertación). Piénsese, por ejemplo, en el carácter constituyente que se le quería dar al No (tesis sostenida por ese tiempo por algunos sectores y esgrimida argumentativamente por Luis Maira) que implicaba hacer de ese triunfo popular un nuevo comienzo institucional –dotarse de una nueva Constitución-. Esta fue por cierto una tesis derrotada (en la mesa chica de las reformas constitucionales que se negocian en el año siguiente al plebiscito, habría que decir). Sin embargo, ello no implica necesariamente que fuese una tesis absurda. Yo diría más bien que se trató de una posibilidad clausurada por un pacto de gobernabilidad, en donde el pueblo artífice del plebiscito del ‘88 no fue convocado (sólo se plebiscitaron 54 reformas en 1989, ninguna de ellas de carácter constituyente). Se dirá que aquello era una quimera. La respuesta que habría que dar es: sí, pero una que hace a la esencia de una democracia en forma. Y que se mantiene viva desde entonces, actualizada permanentemente como la principal expresión del déficit de la democracia chilena post-Pinochet: la ausencia de participación popular en la decisión sustantiva del tipo de país en que se quiere vivir.

Para las fuerzas políticas y sociales que sueñan con un nuevo Chile, esta lección es fundamental. Denostar el plebiscito del ‘88 por lo que no fue (un acto constituyente) es igual de erróneo como celebrarlo por lo que generó (una democracia en formas neoliberales). Más bien, lo que correspondería hacer es reivindicar la voluntad soberana expresada con fuerza ese 5 de octubre y disputar sus significados aún pendientes.

En dicha disputa, convendrá sostener que Chile sigue teniendo pendiente pisos mínimos en lo político, lo social, lo laboral-productivo y en la participación de sus habitantes, si de lo que se trata es de ser un país democráticamente en forma. Un marco institucional decidido por todos sus ciudadanos y ciudadanas (la asamblea constituyente) es la principal deuda política. Un sistema de educación pública, gratuita y de calidad, un sistema público de seguridad social y un sistema público universal de salud son los consensos mínimos en lo social que hay que reivindicar. Negociaciones por rama de actividad que mejoren efectivamente las remuneraciones y beneficios sociales de los trabajadores y la recuperación de los bienes estratégicos (como el litio), son requisitos básicos para la soberanía de nuestro país. Y finalmente, una extensa agenda de participación efectiva de las comunidades en las estrategias de desarrollo que las afectan (desde lo proyectos industriales hasta el desarrollo de sus barrios) resulta indispensable defender en la esfera pública.

Es muy importante compartir estrado con protagonistas del No. Lo es también, debatir con miembros destacados de la ex-Concertación que fueron partícipes de los gobiernos post-No. Incluso es saludable dialogar con los otrora defensores del Sí y hoy conversos mediáticamente al No (que abundan). Pero todo el punto es hacerlo disputando los significados pendientes para el Chile actual de dicha gesta. Nada se saca con “historizar” el No. En cambio, todo se juega en disputar los horizontes de sentidos clausurados por muchos de los que hoy celebrarán –y en buena hora- el acontecimiento de hace 30 años, cuando un pueblo salió temprano de sus casas para ir a la urnas resguardadas por el ejército de Pinochet y le dijo No al dictador. Es teniendo presente las esperanzas de ese pueblo, encarnado hoy en un programa de much@s, lo que debe guiar nuestro recuerdo y sobre todo disputa de los sentidos del plebiscito del 5 de octubre de 1988.


Profesor de Derecho, Universidad de Chile. Militante del Movimiento Autonomista, Frente Amplio