En estos días, en que campean los “dueños” del NO, he leído con atención al artículo de Eugenio Tironi en El Mercurio sobre el rol del PC en el Plebiscito de 1988. No comparto la tesis de éste de que el triunfo en el Plebiscito significó por sobre todo una derrota de la vía insurreccional propiciada por el PC. Es un análisis simplista del proceso que llevó al NO, donde hay mucho de ideología y auto-felicitación y poco de sociología política. Pero ese no es mi tema en esta ocasión. Mi tema es tratar de poner un poco de hechos históricos en este debate.

Como presidente del Movimiento Democrático Popular (1985-87) y vicepresidente de su sucesora la Izquierda Unida (1987-89) tengo la vivencia directa de cómo fueron las definiciones de los partidos del MDP y de la IU en torno al Plebiscito, que han sido muy invisibilizadas y hasta distorsionadas. Al respecto, puedo decir lo siguiente, para tratar de separar realidades de mitos y profecías autocumplidas, así como de tanto “padre” de un triunfo que fue de muchos, desde luego del pueblo chileno y, políticamente, tanto del centro como de la izquierda –en todas sus tonalidades– y hasta de derecha democrática (no olvidemos los aportes de los liberales como Adolfo Ballas y de los republicanos democráticos como Jaramillo y Subercaseaux).

Lo que llamamos la “vía insurreccional de masas” que propiciamos los partidos del MDP para terminar con la dictadura no tenía como eje fundamental la violencia armada, guerrillera, de un “ejército popular” contraponiéndose al ejército del Estado. Más bien propiciábamos la fuerza de cientos de miles y millones de chilenos movilizándose activa y permanentemente contra la dictadura, hasta desatar una situación de ingobernabilidad del país y conseguir que el régimen se viera obligado a convocar a elecciones libres en los términos impuestos por las fuerzas democráticas, para establecer entonces un Gobierno de Unidad Nacional y una Asamblea Constituyente para tener una Constitución plenamente democrática, como era la propuesta del MDP. Con las Protestas Nacionales esa línea comenzó a darse, especialmente entre 1983 y 85. En cuanto al tan traído y llevado tema de la violencia, y que tanto fue usado para separar aguas con nosotros por parte de la oposición centrista, sí estábamos por contar con formas de autodefensa frente a un régimen que usaba a diario la violencia contra nosotros y contra todos quienes  se oponían a él. Promovíamos, entonces, algo así como lo que después vimos, a fines de los 80, con la caída de los regímenes dictatoriales de los países del bloque de la URSS, o lo que vimos en las grandes movilizaciones de masas de la llamada “primavera árabe” en los años 2000. En ambos ejemplos hubo, inevitablemente, algunas expresiones de violencia, en muchos casos de autodefensa, pero especialmente por parte de la represión del Estado, pero no hubo “ejércitos populares” enfrentándose a los militares que sostenían esos regímenes.

Otra cosa diferente, al parecer, es lo que entendía el PC por la línea “insurreccional de masas”, como quedó develado con el atentado a Pinochet y el ingreso masivo de armamento por Carrizal Bajo. Ambos hechos demostraron en la práctica que efectivamente el PC privilegiaba la salida militar por sobre la de masas. O al menos las impulsaba de manera paralela y supuestamente sirviéndose una a otra, mutuamente (lo que la práctica demostró, en todo caso, como incorrecto, como Camilo Escalona y yo se lo dijimos al PC Cubano en 1987, dado que “la ruedita chica” –como ellos llamaban al componente armado– en la práctica trancaba y no contribuía a potenciar la “ruedita grande”, o la lucha de masas, que ya se venía dando en Chile mucho antes de que apareciera el FPMR).

Esta no fue, al menos, la línea del Partido Socialista que dirigía Clodomiro Almeyda y que yo representaba en el MDP. De hecho, fueron esos dos episodios claves promovidos por el PC los que produjeron una profunda brecha entre el PC y el PS Almeyda –así como del MDP con el resto de la Oposición, inviabilizando futuras movilizaciones masivas–, y lo que llevó al PS a decidir llevar adelante una línea política propia e independiente de lo que se decidiera en el MDP, que el PC intentaba permanentemente hegemonizar. Fue esto lo que le señalé a la Comisión Política de mi partido en una carta que le envié desde mi lugar de detención en la Tercera Comisaría de Carabineros (donde compartimos encierro con Ricardo Lagos, Rafael Maroto y otros dirigentes del MDP desde el día del atentado a Pinochet), punto de vista que la CP también había asumido en paralelo. De hecho, la frase clave de mi carta (que no sé quién guardó al final) era que “entre el sectarismo y anticomunismo de la DC dirigida por Valdés y el voluntarismo y hasta aventurerismo del PC, esto no va a tener salida y Pinochet se va a eternizar en el poder”. Y abogaba en seguida por que el PS asumiera una línea propia e independiente para buscar un amplio acuerdo antidictatorial, cosa que fue así decidida por la CP.

La primera expresión de aquella independencia fue promover que a las elecciones de la FECH de noviembre de 1986 levantáramos una lista de todas las fuerzas de Izquierda, tanto las que estábamos en el MDP como las que estaban en el Bloque Socialista (PS-Núñez, MAPU, IC, MOC), cosa que se logró. La segunda, crucial, y de la cual la primera era precondición, fue promover una “superación” del MDP, ampliando la alianza de izquierda a todos los partidos que se definían como tal, lo que incluía al menos a la rama escindida del PR conducida por Luis Fernando Luengo, la IC, el MOP, el MOC, objetivo que también se logró al crearse la Izquierda Unida el 26 de Junio de 1987, a la que no se adscribió el PS “renovado” ni el MAPU. La tercera fue tratar de abrir una nueva y más incisiva política de alianzas con la DC, lo que se vio favorecido, curiosamente, cuando en noviembre de 1987 asume la presidencia la DC Patricio Aylwin. Éste, a diferencia de Gabriel Valdés –que siempre privilegió la alianza con el PS “renovado” y discriminó al PS-Almeyda, considerándonos sólo como una especie de “extensión” del PC–, curiosamente mostró mucho más apertura y pragmatismo para entenderse con nosotros, aunque representaba un sector más conservador de la DC. Quizás influenciado por el pragmatismo de Edgardo Boeninger y de Gutemberg Martínez, con los cuales hacía equipo en la nueva conducción de la DC, fue Aylwin el que dio el paso de convocar al PS-Almeyda, en enero de 1988, a trabajar juntos por el NO, en una reunión que sostuvimos con ellos tres en la casa de Boeninger, donde con Ricardo Solari y Luciano Valle representamos al PS Almeyda.

Después del atentado a Pinochet y una vez que recuperé mi libertad después de dos meses de cárcel, en noviembre de 1986, volviendo a ejercer como presidente del MDP, se inició entonces un período de fuertes debates en el seno del MDP y en especial con el PC. El primer punto fue que me correspondió representar al PC la profunda molestia y rechazo del PS Almeyda por al atentado a Pinochet, básicamente por dos razones. Una, porque el magnicidio no correspondía en absoluto a la línea “insurreccional de masas” supuestamente acordada conjuntamente  en el MDP como estrategia para poner término a la dictadura, ni tampoco al diagnóstico sobre la dictadura –que se suponía que compartíamos–, que no era de una tiranía individual y personalista sino que se trataba de un régimen, con proyecto político propio y con fuerzas de sustentación social, política y militar y que, remover a su cabeza visible, Pinochet, no significaba necesariamente que se ponía término al régimen y a su modelo institucional, económico, social y político, que era nuestro objetivo estratégico. Otra razón, porque el actuar unilateral del PC había mostrado no sólo falta de confianza política en sus aliados –al mantenernos totalmente desinformados de tal decisión– sino también una total falta de respeto por la seguridad y vida de sus aliados del MDP, que había costado la vida a José Carrasco –miembro del Consejo Nacional del MDP en representación del MIR– y el encarcelamiento mío (que pudo haber sido algo peor y similar a lo ocurrido con Carrasco) y de otros 15 dirigentes del MDP. Siendo así, notificamos entonces al PC que a partir de ese momento el PS-Almeyda se declaraba en plena libertad de acción respecto a los acuerdos que se suponía que compartíamos en el MDP y que desde ese momento el PS buscaría las formas de lograr la más amplia unidad de la Oposición para poner término a la dictadura cuando antes, a como diera lugar. Fueron decenas de horas de discusiones, hasta en mi hogar, que sostuve con los dirigentes del PC, hasta casi el agotamiento.

Para el PS-Almeyda estaba claro, ya desde mediados de 1985 –como lo discutimos y aprobamos en las resoluciones de una reunión del Comité Central en junio–, que el movimiento de mases se venía debilitando y que las Protestas venían perdiendo convocatoria y masividad una tras otra, habiendo podido el régimen dictatorial re-estabilizarse. Los graves errores del PC en 1986, sumados a la insistencia de las fuerzas de la Alianza Democrática desde 1983 por lograr una “salida pactada”, separando aguas una y otra vez de las fuerzas del MDP y mostrando reiterada timidez frente a las movilizaciones, finalmente llevaron a que Pinochet retomara la conducción política, debilitada en el período de las primeras protestas y de la aguda crisis económica que vivía el país desde 1982, recrudeciendo la represión sobre las nuevas protestas y lanzándose de lleno, a través de “las siete modernizaciones”, a la implantación del modelo neoliberal.

El año 1986 fue decisivo, sin duda, pero no en el sentido buscado por el PC y el MDP. Ese año, en buena parte por los errores del PC y su voluntarismo de insistir en una línea política ya bloqueada desde julio, marcó el final de la posibilidad de lograr el término de la dictadura a través de la estrategia de movilización de masas de perspectiva insurreccional, planteándose entonces como vía la única posible, el Plebiscito, cuyos plazos se nos venían encima aceleradamente. Fue precisamente lo que discutimos con Fidel Castro en Junio de 1987 cuando la directiva del MDP visitó la Isla, ocasión en la que Fidel hizo un documentado y brillante análisis de la situación chilena y de los escenarios posibles de término de la dictadura, planteando con mucha delicadeza que, si otros escenarios más deseables –como el que propiciaba el MDP– se hacían inviables, no era entonces descartable una participación en el Plebiscito. Pero, sabiendo que pisaba terreno resbaladizo, su planteamiento fue tan sutil que permitió que el dirigente del PC que nos acompañaba –José Sanfuentes– nos discutiera a Neghme y a mí que el Comandante efectivamente había planteado aquello. Pero sin duda lo hizo.

Se abrió entonces un período de intenso debate en el seno del MDP acerca de la línea a seguir, en vista de que aceleradamente comenzaba a abrirse el escenario plebiscitario, proliferando los Comités por Elecciones Libres, que levantaban exigencias respecto a las condiciones con que tendría que cumplir el proceso plebiscitario para participar. Trataba entonces el PC de que el PS-Almeyda se mantuviera dentro de la línea del MDP –pese a que ésta ya había recibido un golpe mortal por el aventurerismo del PC–, aunque compartieron nuestro objetivo de buscar una alianza más amplia de los partidos de izquierda. Pero incluso en torno a este objetivo tuvimos una diferencia clave: según el PC en la nueva coalición debíamos incorporarnos como MDP y no como partidos individuales, mientras el PS-Almeyda planteaba que en la nueva alianza cada partido participaba individualmente, poniendo término al MDP, cuestión a la que el PC se oponía fuertemente. La razón era evidente: el PC percibía que en la nueva alianza predominarían los partidos que se definían como socialistas, con lo que se pondría término a la hegemonía que habían tratado de mantener dentro del MDP, apoyados por otros partidos menores. La controversia fue zanjada de facto por el PS Almeyda en el acto político en el Teatro Cariola que el MDP había convocado para conmemorar el aniversario del natalicio del Presidente Salvador Allende. En la ocasión, en el discurso que me correspondió entregar como presidente del MDP (cuya grabación tengo), anuncié la creación, ese mismo día, de la nueva alianza de las fuerzas de izquierda, la Izquierda Unida, dando por “superado” el MDP. Los comunistas inmediatamente protestaron, al término del acto, y en los días siguientes siguieron tratando de convocar a reuniones del Comité Ejecutivo del MDP, pero nosotros, junto a otros partidos del MDP como el PS-XXIV Congreso, simplemente dejamos de asistir y así se lo expresamos al PC, poniendo fin al MDP.

El debate político que se dio en el MDP después del atentado a Pinochet, aparte de aquél sobre las consecuencias de éste ya señaladas, se dio en torno a cómo comportarse frente al escenario plebiscitario que se abría. En el PS-Almeyda la definición por llamar a inscribirse en los Registros Electorales, aunque se dio con cierta fluidez entre los dirigentes –pese al escepticismo de algunos, como fue el caso de la Nueva Izquierda, algunos de cuyos dirigentes también han intentado “re-escribir” la historia planteándose como grandes impulsores de hacerse parte del plebiscito– no lo fue así en relación a la militancia, que estaba muy comprometida con el camino de la “via insurreccional de masas”, como he tenido ocasión de recordarlo con algunos en estos días. Por ello, primero nos pronunciamos por inscribirnos en el Registro Electoral abierto por la dictadura –como condición impuesta por los Comités de Elecciones Libres de aquel entonces–, dejando abierta para una futura decisión si íbamos a participar o no en el Plebiscito propiamente. La traída de Almeyda desde Chile Chico a Santiago por la dictadura en septiembre, donde lo tenía relegado desde su ingreso clandestino a Chile en marzo de 1987, y su activo involucramiento en la política diaria desde la cárcel, ayudó bastante en ese esfuerzo.

Formada la IU en junio de 1987, el PC fue quedando aislado, dada la posición favorable del resto de los partidos a llamar a inscribirse en los Registros Electorales. El llamado del PS-Almeyda a inscribirse en octubre de 1987 desencadenó el pronunciamiento similar del resto de los partidos de la Izquierda Unida, con excepción del PC y del MIR

El PC no pudo evitar entonces que formáramos el Comité por las Elecciones Libres y Populares de la IU, donde designamos como presidente a Luis Maira y yo como vicepresidente. El PC, aislado en la Izquierda Unida y su dirección crecientemente abandonada por sus bases, que se venían inscribiendo a raudales en los Registros desde ya hacía tiempo –perdiendo, además, a algunos destacados militantes como María Maluenda, Fanny Pollarolo, Patricio Hales, todos miembros de la directiva del fenecido MDP– finalmente llamó a inscribirse en los Registros recién en junio de 1988. El MIR nunca llegó a hacerlo formalmente, por la gran confrontación interna entre su ala “militar” y su ala “política”, plegándose no obstante esta última plenamente a la campaña del Plebiscito, como lo hizo mi gran amigo Jecar Neghme, asesinado por los esbirros de la dictadura después del Plebiscito.

Estos son los hechos. Es cierto, como dice Tironi, que el PC por largo tiempo siguió manteniendo la validez de la línea política de “rebelión popular”  –FPMR incluido– que habían seguido, incluso después que ésta había devenido inviable, en parte por los graves errores del PC antes señalados. Por ello es que el PC no fue parte de la Concertación de Partidos por el NO cuando ésta se constituyó en febrero de 1988. No fueron excluidos. El PS Almeyda, aun a pesar de la profunda brecha abierta con el PC, no habría permitido que lo fueran. Pero al mantener el PC una posición a lo menos ambigua respecto al Plebiscito hasta junio de 1988, se auto-excluyó del acuerdo por trabajar juntos por el NO que forjamos en enero de 1988 entre la DC de Aylwin y el PS-Almeyda, que dio paso a la formación de la Concertación de Partidos por el NO en febrero de 1988. Cuando la Dirección del PC se decidió, habían pasado ya cinco meses y era tarde para hacerse parte de la iniciativa, aunque participaron en muchas actividades convocadas por la Concertación como uno más, aunque obviamente no a nivel de dirección política del acuerdo. Sus militantes y simpatizantes, con excepción de aquellos pocos que se hicieron parte de la ruptura del FPMR disidente, participaron masivamente en el Plebiscito y contribuyeron al triunfo sin duda.

Sobre si esto representa el “triunfo” de una línea política –negociar con la dictadura una salida– y la “derrota” de otra –la insurrección de masas que promovía (aparentemente) el PC y el MDP–, como plantea Tironi, aparte de ser algo mezquino al no reconocer el aporte fundamental que esa línea hizo a la lucha antidictatorial a través de las movilizaciones y las protestas, es tema de otro debate. Porque uno bien podría argumentar que lo que más fortalecía a la dictadura era la división de la Oposición, una parte de la cual permanentemente subordinaba la decisión de movilizar a la gente a la decisión de pactar con la dictadura, lo cual debilitada la fuerza opositora y facilitaba al régimen el permanente aislamiento –por ser “promotores de la violencia” (sic) – y persecución a las fuerzas de izquierda que impulsábamos la movilización masiva de los chilenos y nos oponíamos a toda negociación con la dictadura. Entre septiembre de 1983 y 1986, de los 18 miembros de la directiva del MDP, 14 sufrimos una represión sistemática, con decretos de detención cada vez que se convocaba a una movilización, encarcelamientos y hasta un asesinato, el de Pepe Carrasco, aparte de la masiva y sistemática represión a los sectores poblacionales y populares, de donde principalmente se nutría la fuerza de las movilizaciones convocadas por el MDP. Podría decirse, incluso, que esa tesis de Tironi tiene hasta un saborcillo de “profecía autocumplida”.


Sociólogo y académico. Fue presidente del Movimiento Democrático Popular (1985-87) y vicepresidente de la Izquierda Unida (1987-89).