Luego de 30 años de haber terminado con la dictadura cívico-militar que tanto daño causó a Chile, nuestra sociedad aún no entiende que hay situaciones que no debemos tolerar en democracia. Un desconocimiento congénito provocado y mantenido por el neoliberalismo, que usando los medios masivos de comunicación -y actualmente aprovechando las redes sociales- ha educado a su conveniencia.

La discusión sobre la tolerancia y la lucha contra los discursos de odio no es algo nuevo. En 1945, durante la Segunda Guerra Mundial y la consolidación del discurso antisemita, Karl Popper, filósofo austríaco liberal y uno de los ideólogos del neoliberalismo, curiosamente escribió sobre la “paradoja de la tolerancia”. En ella sostiene que una sociedad tolerante al extremo está condenada al fracaso y que los individuos que toleran cualquier discurso de odio serán destruidos en algún momento por los intolerantes.

Popper señala que para que una sociedad sea tolerante, la misma debe ser intolerante con los intolerantes. Entonces, cuando hay manifestaciones que entendemos como negativas, ¿las debemos tolerar porque ese es el costo de vivir en democracia?

La paradoja implica que hay consenso, de todas las partes, acerca de lo que es ser intolerante. Aunque como siempre ocurre, la parte intolerante no reconoce su propia intolerancia: la justifica como una “defensa” contra una intolerancia aún mayor (real o imaginaria) venida de la otra parte. De hecho, la dictadura chilena justificaba su barbarie en términos de una “defensa” contra el “enemigo interno” y la “amenaza comunista” que tenía elementos subversivos que afectaban al “orden”.

El razonamiento de Popper en el contexto social, cultural, político y económico actual se puede analizar con el creciente protagonismo de grupos de extrema derecha en el escenario global, cuya influencia ha entrado con fuerza en los países latinoamericanos, con un discurso similar de odio racial y social, en todos los casos.

En Chile, estos discursos que siempre han existido, con el regreso de Sebastián Piñera al poder, se han masificado. Algunos representantes de la derecha recalcitrante diariamente bombardean con sus discursos de odio disfrazados de libertad de expresión. Comentarios aplaudidos por un número importante de compatriotas (a quienes el neoliberalismo logró su objetivo de moldear conciencias) que, sin mayor conocimiento los comparten en las redes sociales, expandiéndolos sin cuestionamientos.

La intolerancia ideológica, social, política, religiosa, racial, sexual, cultural o de cualquier tipo, está en personas que promueven el odio y rechazan a aquellos considerados diferentes y que ven como seres inferiores, lo que se convierte en una plaga que contamina a los más fáciles de manipular. Este público intolerante, que además quiere cambios urgentes y drásticos en el país, está alimentado por un nacionalismo extremo y egoísmo endógeno, y son amantes del orden y la mano dura frente a situaciones que puedan provocar un caos social.

Ejemplos en Chile sobran. Acciones realizadas en los últimos días por el Movimiento Social Patriota es clara muestra de lo anterior y las autoridades le hacen vista gorda por conveniencia; el discurso de incitación al odio permanente de José Antonio Kast con tanta cobertura mediática de los medios hegemónicos; comentarios como los del exministro de las culturas de Piñera, Mauricio Rojas, en la forma, periodo y contexto que hayan sido, no se pueden aceptar. Negar lo ocurrido en Chile, intentando contar otra historia en que los victimarios aparecen como víctimas y las víctimas como victimarios, fomentando el desconocimiento y odio sobre un tema tan delicado, donde la herida aún está abierta porque hay sectores dominantes que se niegan a la verdad y justicia, no se puede tolerar.

Lo de Patricia Maldonado como parte de un matinal, es otro caso paradigmático. Nadie niega que es una férrea defensora de la dictadura de Pinochet y todo lo que significó y continúa significando para nuestro país. En su discurso de defensa acérrima al régimen, fomenta el odio hacia quienes están en una vereda política distinta a la de ella y promueve actos antidemocráticos como válidos para una sociedad moderna. Escudándose en la libertad de expresión, tiene la posibilidad de decir todo lo que quiera, mostrándose como tolerante, aunque en el fondo, no es más que un ser intolerante.

Por lo mismo, quienes salen en su defensa, alegando principalmente que no son tolerantes con ese personaje, solo buscan victimizarla a través de los medios y mantener vivo el discurso de odio que ya conocemos.

Es en casos como estos que Popper señala que esos discursos deben ser combatidos y no aceptados dentro de una sociedad democrática tolerante, en donde el uso de la argumentación racional debe sustituir la violencia. Sin embargo, hay quienes que se oponen a esos principios significando una amenaza, porque si los intolerantes toman fuerza, la preservación de la sociedad está en peligro.

Ahora bien, la paradoja de la tolerancia se contrapone con la idea de la libertad. En la sociedad actual, que valora la subjetividad y las libertades individuales, hablar de prohibir discursos genera, a lo menos, una gran incomodidad. Proclamar nuestro derecho a ser intolerantes con los intolerantes nos pone en una posición de árbitro sobre quién es o no tolerante y con ello nos convertimos en un agente de censura, por lo que indefectiblemente debemos reconocer la legitimidad del oponente de hacer uso de las mismas herramientas de censura frente a nosotros.

El fácil acceso a medios de comunicación y en este tiempo con el abuso de las redes sociales, se entrega al individuo total libertad de expresarse, teniendo la seguridad y blindaje que da estar detrás de dispositivo electrónico, donde sus actos no tienen consecuencias físicas, pero que le permite vomitar cuanto discurso de odio quiera, generando acciones de intolerancia reales e inmediatas.

¿Prohibir discursos puede cambiar el pensamiento intolerante? Claramente no. No logrará que personas con discursos preconcebidos de odio cambien lo que piensen, pero puede ayudar a impedir e incluso a disminuir la posibilidad de que esos discursos se consoliden en el plano práctico de la acción y puede evitar que situaciones concretas lleguen a suceder.

La intolerancia a los intolerantes es una solución extrema que debe ser utilizada cuando el método de la argumentación dejó de ser aceptada por los intolerantes y estos utilizan distintos medios para difundir el odio en la sociedad.