En mi casa nunca hubo Biblia. Crecí con un código de honor que tengo la sensación mis padres lo fueron escribiendo en el proceso, y todas sus reglas podían ser discutidas, aunque solo fuese por el ejercicio de elaborar un buen argumento. No obstante, sí tuve censura. Inmediatamente me di cuenta que la aceptación de las excentricidades, la tolerancia de la sana locura, tan extravagante para algunos extraños a mi línea genealógica, tenían un límite cuando a los 18 llegué con un novio que había estado en la Escuela de Aviación. Mis hermanos y mi padre inmediatamente lo apodaron “El milico”. En mi casa esto era el equivalente a un insulto. Voy a explicarles por qué.

Nací en el 83. De la dictadura en esos años recuerdo cosas que no me causan dolor. Recuerdo haber acompañado a mi papá a las marchas en su Nissan Sentra. El mismo auto que en otras circunstancias retumbaba con Rapsodia Bohemia, durante las marchas hacía sonar el cassette completo de la campaña del No, en la que mi papá colaboró. Esta campaña permitió aprobar el plebiscito que daría fin a la dictadura de Augusto Pinochet. Aprendí el significado de lo sagrado en momentos como esos, aún antes de conocer la palabra, y cuando los domingos por la tarde después de la sobremesa los juegos de los niños se interrumpían sin aviso para escuchar juntos la Cantata Santa María de Iquique interpretada por el conjunto Quilapayún, que narra cómo la lucha de los mineros del norte derivó en una masacre histórica en la Escuela Santa María de Iquique en 1907. Un cementerio en la memoria.

El estéreo hacía las veces de altar. Nadie te explicaba nada, no era necesario saberlo para entender lo importante. Participábamos juntos de un silencio elocuente. Recuerdo que en esos momentos evitaba mirar a mi padre a los ojos, pues nunca he sabido cómo sobrevivir su tristeza, que también tenía algo de sagrado.

Uno de los síntomas de la enfermedad que el ser escritor prolonga como un paliativo imperfecto, es el exceso de imaginación, y una empatía que nos hace ganar heridas o entender muy bien las ajenas. El libro de mi padre, Con tres heridas (Ocho Libros, 2018), tiene tres. Y cuando lo leo me sucede como cuando niña. La tristeza de mi padre es la mía, e intento buscar rastros de estas tres heridas en mi propio cuerpo.

Abrimos el libro y estamos en plena dictadura. El personaje principal, Leo, camina por un desierto de concreto o las calles de Santiago. No ha dormido, no ha comido, camina sin rumbo después de haber sido liberado del centro de detención del Estadio Nacional. Da la impresión que no queda más tiempo, que no hay futuro, y que Leo camina para echar a andar el tiempo. La escena es posapocalíptica. En este mundo no hay Dios, o bien Dios mira hacia otro lado.

La herida de la tortura es una forma de castración. Leo recibió corriente en los genitales. En el futuro se preguntará si se le va a volver a parar. La erección parece secundaria a la sobrevivencia, a un campo de concentración ardiendo en la memoria, a tener que presenciar el asesinato de los propios padres para hacerte delatar a otros militantes como le sucedió a Leo, pero no en este libro, pues en Con Tres heridas el sexo aparece reemplazando una narrativa de la vida, como deja de manifiesto la relación de Leo y Teresa. Teresa es la mujer de 44 años que encuentra a Leo sentado en su antejardín, mucho mayor que él que ronda los veinte. Podría ser la madre que acababa de ver morir. Esta mujer lo acoge como si fuese su hijo detenido por los militares y que no ha vuelto a aparecer. Un hijo desaparecido por la dictadura es un hijo muerto. La familia de Teresa sufrió el mismo destino que los padres de Leo.

Ambos personajes jugarán más de un rol en la historia. Juntos se permitirán ser madre, hijo, y amante. Juntos se inventarán una vida después del fin del mundo, y tal vez solo pueden hacerlo porque también juntos pudieron tocar la huellas de la muerte en la consciencia. El Trauma. Jorge Cucurella le permite a sus personajes lúcidamente recrear el amor incestuoso, y reconocer que transgredir el drama edípico, otro trauma, les permite ir juntos al encuentro de sus propias heridas. Entre estos dos traumas, el trauma de la castración freudiana, que da origen al complejo de Edipo en el sexo masculino, y el trauma de la muerte y la dictadura, se desarrolla una historia de amor. Las heridas del trauma crean un surco donde aparece algo nuevo, algo hermoso a pesar de no carecer de dolor. Leo y Teresa enamorados vuelven juntos a luchar por la vida y con la resistencia contra la dictadura.

Y si es como dije al comienzo, que el sexo aparece en este libro reemplazando una narrativa de la vida, esa narrativa no excluye nada humano, el sexo, la muerte, el Edipo, el trauma, el dolor y el amor. Aunque no obstante esta absolución de lo doloroso en su necesidad vital, es un libro triste. En esa tristeza, reconozco la tristeza de mi padre, el rostro que evitaba mirar mientras escuchábamos La Cantata Santa María de Iquique.

 


Doctora en Literatura Comparada. Académica, traductora y poeta. Actualmente enseña Creación Literaria en la Universidad de Texas, EEUU.