Juan Gabriel Valdés (71) fue uno de los encargados de lo político de la campaña del NO que derrotó a Pinochet en el plebiscito de 1988. Abogado y diplomático chileno, su vida ha estado marcada por la dictadura y sus consecuencias. Fue ayudante de Orlando Letelier hasta su muerte en 1976, trabajó con organizaciones en el exilio, escribió un libro sobre los Chicago Boys que fue admirado por la misma Naomi Klein, y junto a Patricio Siva, tomó la responsabilidad de conducir la campaña televisiva del No como uno de sus coordinadores políticos.

En su posición, tuvo que dialogar con dirigentes y partidos políticos de la incipiente Concertación. Al igual que sus compañeros de la campaña, defiende que la alegría si llegó el 5 de octubre, pero que existen miedos latentes hasta el día de hoy. En conversatorios, entrevistas y con compañeros ha desarrollado la idea de que durante la dictadura convivían dos tipos de miedo. El miedo al terrorismo de estado, la tortura y la desaparición empezó a acabar tras el plebiscito, sin embargo, el miedo a la precariedad y la miseria sigue presente hasta el día de hoy como parte de un sistema neoliberal vigente en el país.

Es crítico del bloque histórico de la Concertación a la que perteneció durante todos los gobiernos de esta, incluido segundo periodo de Michelle Bachelet, pero considera que lo que se hizo fue lo que se pudo hacer entendiendo los contextos que se tuvieron que vivir amenazados por el poder económico y el poder militar de la derecha.

Ad portas del 5 de cotubre, El Desconcierto conversó con Valdés para profundizar sobre las críticas, los miedos, errores y aciertos de 30 años de democracia “en la medida de lo posible”.

-Usted ha sido enfático en señalar que Chile convive con los miedos que el plebiscito no pudo acabar. ¿Cual sería ese miedo actual?

Los miedos propios de la dictadura, vale decir, el miedo a ser arrestado, torturado, a ser considerado un enemigo del Estado, cuando ese Estado actuaba de manera terrorista, se terminaron el 5 de octubre. Al menos para muchas personas comenzaron a terminar. En el país hubo personas que sufrieron de tal manera particularmente los familiares de detenidos desaparecidos, que naturalmente esta mezcla de dolor y temor se mantuvo. Pero en ese  momento en la sociedad chilena había surgido otro tipo de miedo, que no hemos terminado de tener y que yo creo que no es un miedo solo de Chile, ni tiene que ver necesariamente con la dictadura, sino más bien con el tipo de sociedad que hemos construido. Una sociedad basada en un cálculo economicista que lleva a la mayoría de la población vive de manera precaria. Precario en el ingreso, en su progreso como persona, en su capacidad para entrar a estudiar, de tener una relación estable, o de tener una casa. La gente hoy en el mundo tiene un temor permanente y un nivel de desconfianza entre unos y otros. Ese miedo no se acabó el 5 de  octubre, y para acabar con eso se requiere de otro 5 de octubre en el que podamos avanzar hacia una sociedad más igualitaria y menos economicista que esta.

-En efecto, la precariedad que existe actualmente y esos miedos sistémicos que usted señala, ¿no son responsabilidad de lo que fueron los gobiernos de la Concertación que se acomodaron al modelo y no lo transformaron?

Yo creo que es difícil hacer ese juicio por una razón, porque son muchos los gobiernos que han intentado cambiar esa situación y se han enfrentado con un muro que se llama “proceso de globalización”, o “economía mundial”, u “orden económico internacional”, como se quiera llamar. Como lo fue el caso de François Mitterrand, que ganó en Francia con la idea de transformar la economía francesa y al año tenía una situación crítica porque los capitales franceses escaparon de inmediato. Por lo tanto los gobiernos de la Concertación, y particularmente el primero se enfrentaba a una situación crítica porque existía un enorme temor a generar un cuadro de descontrol económico. Ahora, ¿Se podría haber pensado de otra manera? ¿Se podría haber hablado de la democracia de otra manera? Yo creo que sí, pero estamos enfrentando un caso en que los Chicago Boys y el establecimiento del Neoliberalismo no podemos solo adjudicarlo a la dictadura. Aquí fue más brutal y más directo que en otras partes, pero efectivamente ha sido un fenómeno mundial y por lo tanto cuando hablamos de este tipo de miedos yo no puedo dejar de desconocer que este miedo existe en Chile, en España, en Francia y en  distintas partes del mundo.

-Pero la Concertación en vez de avanzar en acabar con esos miedos terminó profundizando un modelo neoliberal.

Yo no sé si lo profundizó la Concertación, ella continuó un tipo de organización económica que existía y lo que hizo fue tratar de introducir una mirada socialdemócrata en la cual se apoyaba a los grupos que estaban más desvalidos, se buscaba una forma de incorporar a los sectores más pobres a la sociedad, de bajar la pobreza, ayudar en la educación y se exploraron formulas dentro del sistema para lograrlo. Obviamente, desde ese punto de vista, el gobierno que más reformas hizo y que más atendió esas preocupaciones fue el último de Michelle Bachelet. Pero yo creo que el famoso tango tiene razón “30 años no es nada” y que en la historia de un país, las transformaciones no son simultaneas, y por lo tanto creo que el fenómeno neoliberal hoy día está adquiriendo otra dimensión y la reacción de la sociedad en contra de la injusticia, la desigualdad, y de los temores de las personas es mucho más fuerte que era entonces. En ese entonces había un sufrimiento mucho más callado, hoy día no se tolera. Y eso es una señal de que la democracia que se consiguió el 5 de octubre tuvo un gran efecto, porque hoy día  la gente no tiene temor a dar su opiniones, que es una cuestión muy necesaria en una democracia, pero esas personas tienen el miedo de que a lo mejor está dando su opinión pero a lo mejor no termina el mes.

-Entonces, ¿qué cosas aún siguen vigentes de lo que era el Chile de 1988 con el Chile actual?

Es un Chile completamente distinto que tiene otras características, un Chile que ha tenido explosiones de crecimiento económico, participación de nuevos sectores sociales, pero quienes se incorporaron en este periodo sienten límites, se sienten limitados y lo que han conseguido es precario. Un país totalmente distinto pero a la vez conserva ciertas angustia que ya existían en ese entonces. En uno de los grupos focales que se hizo durante la dictadura para la campaña del No, había gente que declaró que era feliz en este nuevo Chile ya que la economía progresaba, solo para 10 minutos después confesar que su espacio era extraordinariamente reducido, que estaba asustado por lo que se venía y no sabía si iba a llegar a fin de mes. Por lo tanto, es un país que cambio pero que conserva ciertas esencias porque la forma de mirar la economía es la misma.

-Usted fue el coordinador político de la campaña, ¿cómo recuerda la relación con los partidos y dirigentes políticos de la época?

Había un factor muy importante de relación, la democracia todavía mantenía un conjunto de ideales y de conceptos morales que le daban  una enorme energía colectiva, y le daban un sentimiento de superioridad moral.  Esto marcaba a los partidos, la gente se sentía orgullosa de estar en un partido, en las regiones y pueblos sentía que era muy importante estar en un partido y seguir a sus dirigentes. Admiraban a sus dirigentes. a mi padre loa admiraban, a Ricardo Lagos lo admiraban, entonces la relación con los partidos políticos era una relación respetuosa, en la cual sin duda habían intereses en los partidos y grupos que querían estar presentes pero esas disputas por quien maneja algo son clásicas de la política. Yo creo que los partidos tuvieron la sabiduría de darse cuenta que Genaro Arriagada tenía que dirigir un comando que era autónomo y que tenía una mirada propia de lo que se estaba haciendo, porque el provenía de una aproximación científica, de estudios sociales de los que se nos veía encima que era la elección. La relación entonces nunca fue muy difícil, claro que había dirigentes políticos que se oponían a la manera que estábamos trabajando pero hubo grandes custodios de que este proceso se mantuviera, entre ellos estaban, Ricardo Lagos, Boeninger, Gabriel Valdés, Andrés Zaldívar, el “Cloro” Ameyda, había un conjunto de dirigentes que estaban de acuerdo con que lo mejor lo procesara un conjunto de personas especializadas que no necesariamente respondían directamente a las instrucciones de partido.

-Hoy, a 30 años de la recuperación de la democracia existe una crisis de representatividad de la clase política, la misma que estuvo involucrada en la victoria del NO. ¿Usted considera que la democracia que buscaba el pueblo con las movilizaciones era distinta que terminó planteando los dirigentes post plebiscito?

Yo creo que no, en ese momento había una coincidencia muy grande sobre lo que había que hacer, nosotros participamos en el plebiscito con el objetivo estricto de derrotar a Pinochet. Nosotros no queríamos hacer la revolución, no pretendíamos transformar la sociedad radicalmente con ese acto porque era imposible, nosotros prometimos efectivamente un nuevo estilo y una nueva manera de mirar el país y eso se consiguió porque la gente celebró, se sintió feliz y esa felicidad se estructuró en torno a un nuevo gobierno que abría espacios. Pero ninguno de nosotros tenía dudas de que el poder económico, el poder político de fondo, el de la fuerza, seguía conservando en Chile una enorme importancia. A los jóvenes de hoy les puede resultar muy sorprendente saber de qué a Aylwin lo amenazaron con un golpe de Estado, incluso cuando él estaba fuera del país. Las discusiones sobre como actuar fueron muy profundas, porque había gente que decía que “¿como vamos a permitir que esta democracia que hemos conquistado, la perdamos con un conflicto militar con gente muerta en las calles?”. Este país no hubiese tenido arreglo. Por lo tanto más vale negociar con estos señores, y otros que dijeron “no señor, aquí hay que pararle los carros de una vez por todas y hay que echar a esta gente”.

-¿Usted que creía?

Yo no estaba en Chile, estaba en España y sin duda que era una vergüenza tener que explicar que este proceso. Había condiciones que hacían muy difícil no negociar con ellos. En España se les murió Franco en la cama, han pasado 40 años y no hubo justicia con Franco ni nadie.

-Muy parecido a Chile.

No, en Chile se juzgó a mucha gente. Se tuvo a Manuel Contreras y a una enorme cantidad de militares en la cárcel

-Pero Pinochet no pasó por la cárcel…

No alcanzó, estuvo en Londres. Y cuando volvió a Chile abrieron el juicio, pero se murió antes.

-¿No cree que respecto a derechos humanos ha existido muy poco avance en Justicia, verdad y reparación?

Yo creo que ha habido verdad y reparación en mucho sentido, y la justicia ha sido muy lenta, pero no puedo dudar de la cantidad de jueces que han dado prueba  de ser implacables de la investigación y el castigo de los culpables. Hace poco castigaron a los que mataron a Víctor Jara…

-Pero sus condenas fueron, 45 años después, de 10 años solamente. Y sobre la verdad, hay familias que siguen esperando por conocer el paradero de sus seres queridos, entonces, ¿se puede considerar verdad si aún existen pactos de silencio?

Lo reconozco, tienes razón. El problema está en que pueden hacer los gobiernos en ese cuadro, no es un tema fácil, ha habido cambios de comandantes en jefe. Se niegan a decir lo que ya sabemos de cómo se terminó con los desaparecidos y como los lanzaron al mar a algunos. Entonces sí, yo soy el primero en aceptar las críticas, pero si lo comparo con procesos en otras partes del mundo, donde ocurrieron cosas tan horribles como aquí, me encuentro con casos donde hubo más justicia y casos donde no hubo justicia. Y Chile ha hecho un honesto esfuerzo por avanzar poniendo el tema de derechos humanos bastante en el centro, Aylwin lo hizo, Lagos lo hizo…

-¿En la medida de lo posible?

Así era, porque de otra forma cumplían la amenaza del golpe militar. Ese fenómeno no deja de ser importante porque Pinochet obtuvo un 43% de los votos del plebiscito, y esos votos tenían el agregado de que representaban todo el poder económico, militar y político, por lo tanto no obtuvimos una victoria abrumadora en contra de los militares y los civiles que apoyaron a estos militares y durante décadas hemos estado con esa gente instalada en situaciones de poder hasta el día de hoy. Y tenemos que convivir en una sociedad democrática con ellos, y hemos hecho todo lo posible para ello aunque a veces nos espanten las cosas que dicen de lo que paso en ese entonces. Se pueden criticar muchas cosas de la transición, y esos era una larga discusión histórica pero honestamente, veo difícil imaginar maneras de como se pudo haber procedido distinto, si uno analiza caso a caso, son pocos en los que yo haría condena.

-¿Como cuáles?

Por ejemplo cuando escucho hablar de traición, a mí me parece que es demasiado. Cuando dicen que se mantuvo el modelo económico, en el fondo lo que se hizo fue desarmar el poderío militar, devolverlos a sus cuarteles, impedir que el poder de Pinochet amenace el proceso democrático y tratar de ponerlo lo más lejos del sistema político. Pero para eso no se podía también enfrentar el modelo económico que definía todo ese poder de Pinochet. Por lo tanto había que mantener la lógica del sistema de mercado, tratando de moderarla con política sociales. Jamás se me ocurriría que eso era una traición. Era lo que se podía hacer. La medida de lo imposible no existe, es pura retórica.

-El problema es que la gente critica que las condiciones económicas mejoraron en la medida de lo posible solo  para un cierto grupo de personas, que son  los mismos que mantenían el poder desde la dictadura,  y los mismos que administraron la burocracia durante la transición. Eso se ve reflejado en que hoy tenemos una crisis de representitividad.

Yo creo que la gente que dice que no vivimos en una democracia habría que llevarla a ver todas las brutalidades que ocurrieron durante Pinochet para que me diga si estamos o no en democracia.Toda sociedad mantiene miedos, ahora que los miedos son exacerbados por una parte de la población por un tipo de mirada sobre la economía y la  sociedad que lleva a la gente vivir en la miseria y precariedad, porque el mercado así lo exige

-Entones qué hay que cambiar, ¿la sociedad o al mercado?

Lo que tenemos que hacer, y lo digo con una visión que va más allá de Chile, es establecer una transformación mundial mayor, no es simplemente el cambio ideológico, sino una transformación cultural sobre cómo organizamos a la sociedad y sobre como organizamos la vida entera. Yo siento que en el mundo que estamos, en materia medioambiental con los problemas de la atmósfera, de migraciones, de divisiones crecientes de sociedades polarizadas por la división económica y de los ingresos de la gente, nosotros podamos mantener el mismo tipo de discurso. Una sociedad sin alternativas termina estallando y hoy día pareciera ser que la única fórmula es la fórmula neoliberal y eso no puede seguir existiendo. Sin duda yo entiendo la impaciencia de los grupos más jóvenes, pero lo que estoy diciendo no afecta sólo a Chile, es un fenómeno global y lo que estamos viendo en el fenómeno global son los grupos de ultraderecha y grupos que en el fondo son neofascistas.

-¿Hay que profundizar entonces la democracia para enfrentarse al neoliberalismo y a la ultra derecha?

Yo creo que si hay que profundizar la democracia. La democracia que buscó la campaña del No era la que quería eliminar las posibilidades de que el Estado actuara de forma. Era una democracia donde íbamos a tener elecciones, mayorías, minorías, íbamos a ser gobierno, a defender los DD.HH y la gente iba a sentir cierta seguridad de sus derechos esenciales. Esa democracia tiene que cambiar, porque evidentemente la democracia no es un fenómeno terminado, ni es una fórmula rígida, la democracia cambia permanentemente y sin duda hay que profundizarla. Hace 30 años atrás discusiones como las que tenemos hoy no estaban. Alguien me podrá decir habían pocas mujeres y no me cabe duda de que era así, porque el concepto y la conciencia que tenemos hoy día de la necesidad que las mujeres participen en procesos de dirección es completamente distinta a la que había hace 30 años, cuando no había nada sobre regiones porque la región era como un fenómeno, y tampoco había entonces sobre los miedos que nos parecían menores a los miedos de ser sacados de la cama y llevados a un campo de concentración. Por lo tanto yo creo que hemos avanzado muchísimo pero no terminaremos de avanzar si no nos ponemos metas nuevas y eso tiene que ser cambiar las formas con la que estamos mirando la estructura social del país y el tipo de democracia que tenemos.

-Algunos personajes de la Concertación, en especial Eugenio Tironi, han relativizado lo que fue el movimiento social que respaldó la campaña del No, ¿Usted está de acuerdo con esas posturas que señala que la dictadura solo fue derrotada con lápiz y un papel?

En profundo desacuerdo, la idea de que en realidad el triunfo del 5 de octubre fue la derrota de todo lo que había sido la movilización social y los distintos tipos de acciones que se desarrollaron contra la dictadura, francamente me parece una visión sorprendente. Ese día los que fueron derrotados eran los que querían que Pinochet se mantuviera en una manera idéntica a como estaba por los 8 años siguientes. Esos fueron derrotados, no creo que hubiésemos llegado al plebiscito sin la movilización y que la reacción de la gente hubiera sido la misma sin la protesta que existió desde el año 83 en adelante.