“Ella no merece ser violada, porque es muy mala, muy fea, jamás la violaría” …”El error de la dictadura fue torturar y no matar” … “A Brasil le hace falta un Pinochet”. Tres frases del candidato presidencial brasileño Jair Bolsonaro, quien obtuvo la primera mayoría en las elecciones de este domingo, ¡al obtener más de 45 millones de votos!

Que el gigante sudamericano, la sexta mayor economía del planeta, esté prefiriendo a este personaje debiera obligar a una profunda reflexión y autocrítica a los sectores de izquierda, humanistas o progresistas, sobre todo cuando el triunfo de Bolsonaro ya no es una excepción, pues es un fenómeno muy parecido al de Trump o Beppe Grillo en Italia y tantos otros, basta observar lo que está haciendo JAK en nuestro país.

Estamos en un momento en que coinciden, por un lado, una crisis en la legitimidad del neoliberalismo construido durante la postguerra con, por el otro lado, una crisis terminal de la socialdemocracia europea. Y frente a este desgaste los pueblos han comenzado a mirar con simpatías a los populismos neofascitas que comienzan a multiplicarse y crecer.

Lo anterior coincide con el fin del ciclo de los gobiernos progresistas de América Latina, que están terminando muy mal, por no decir desastrosamente. Sin ser ingenuos y sabiendo que en paralelo a esta tendencia hay un diseño que se ha aplicado en los distintos países para desprestigiar y derribar a los gobiernos progresistas, tal situación en ningún caso es una justificación suficiente que explique todo este lamentable desastre.

Es un dato de la causa que cuando triunfa un gobierno reformador (ni siquiera revolucionario) que amenace los intereses del Gran Capital, la reacción será severa y la prensa manipuladora se alineará con sectores judiciales y los grandes grupos económicos, para iniciar un proceso de erosión y demolición de estos procesos de transformaciones. Por tanto, cualquier proyecto transformador debiera tener en cuenta esto si es que realmente quiere llegar al gobierno.

Sin dudas que son varias las causas que podrían explicar lo que está sucediendo, pero quiero centrarme en lo que podríamos llamar como un “distanciamiento abismal” entre los proyectos transformadores y los pueblos a los que representan o aspiran representar. Y cuando hablo de “pueblos” me refiero a los sectores populares, pero también a los sectores medios, profesionales y pequeños emprendedores. Quien quiera caricaturizar a estos últimos como pequeños burgueses, aspiracionales y reaccionarios a las transformaciones, olvida que estos mismos sectores fueron actores importantes en los triunfos de Chávez, Correa, Morales y los Kichnner cuando el progresismo parecía una marea imparable.

Lo que está pasando es que los populismos fascistoides -como los de Trump o Bolsonaro- han logrado representar y conectar, aunque de la peor forma, con los sentimientos de desamparo, desprotección y abuso que están experimentando los pueblos en medio de la crisis del Neoliberalismo, los fracasos de la socialdemocracia europea y el desastre del progresismo latinoamericano.

Abuso de una clase política que se llena de privilegios y negociados mientras las poblaciones apenas sobreviven. Desprotección frente al despido, la enfermedad, la vejez o la educación de los hijos. Y desamparo ante una delincuencia y narcotráfico que avanza y crece, generando gran inseguridad, poniendo en riesgo el futuro de los hijos y la integridad de toda la familia.

El discurso de los populismos neo fascista se centran en estos tres elementos con eslóganes fáciles de aprehender y entender por las poblaciones:
”Hay que matar a todos los delincuentes” (que amenazan a mi familia), “mano dura que ponga orden y respeto a la autoridad” (que se atreva a encarcelar a los delincuentes y corruptos), “hay que echar a todos los extranjeros” (que me quitan el trabajo), “¿cómo le dan subsidios a un haitiano?” (si yo llevo 10 años esperando por mi casa), “¿Por qué atienden en el consultorio a un peruano?” (si yo debo levantarme a las 5 am para que me atiendan), son sólo algunos ejemplos de frases cortas que resuenan mucho en las poblaciones y que de seguro pronto comenzaremos a escuchar en boca de algunos políticos populistas que observan con atención lo que ha pasado con Bolsonaro.

Entonces, uno de los desafíos (hay muchos otros) que debe asumir el progresismo, el humanismo y la izquierda es dar respuesta clara, creíble y concreta a estos sentimientos de desamparo, desprotección y abuso que experimentan los pueblos. Así como se logró calar en el sentido común la demanda por educación pública  gratuita y NO+AFP; habrá que hacer lo mismo con la salud; buscar la respuesta adecuada  a la delincuencia y el narcotráfico, sin transformarnos en vaqueros pero tampoco en permisivos y tolerantes con el delincuente; además, quizás uno de los déficit más grande de este sector, un modelo de desarrollo que permita el pleno empleo;  y todo lo anterior acompañado con una praxis política absolutamente alejada de la corrupción y los privilegios de la clase política tradicional.

Cuando los proyectos transformadores comienzan a ser percibidos como “los mismos de siempre”, como parte del “club de privilegiados y ladrones” estamos ante el comienzo del fin de tales proyectos. Por el contrario, cuando los proyectos transformadores son percibidos por los pueblos como los distintos, lo nuevo y fresco, alejados de la “casta política”, es que estamos en condiciones de avanzar. Algo de esto fue lo que sucedió en la ultimas elecciones con el Frente Amplio y es lo que debe ser profundizado si es que de verdad queremos llegar a ser un gobierno de transformaciones.

Dicho en otras palabras, el fracaso o la socialdemocratización  del proyecto transformador del Frente Amplio puede ser la puerta de entrada para que se consolide un neopinochetismo o neofascismo en Chile encabezado por  Kast,  Ossandón o cualquier otro que quiera transformarse en el Bolsonaro chileno.


Coordinador Nacional de Fundación Moebiüs y Secretario General del Partido Humanista.