A los diez años vi la película “El pianista”. Quedé angustiada al saber que era una historia real, y que además, cabía la posibilidad que un lado de mis antepasados podía haber tenido relación con esos horrores. Preocupada, le pregunté a mi mamá si sus padres o abuelos tuvieron algún tipo de vínculo con el nazismo. No me tranquilizó mucho saber que no tuvieron nada que ver -todo lo contrario, escapaban de las guerras-, mi cabeza de niña seguía estupefacta y revuelta con la crueldad humana que había sido real. Los adultos intentaron calmar mis ojos preocupados explicándome que fue algo que pasó hace muchísimos años. Pero yo seguía en shock. Fue el primer dolor que sentí ante la realidad humana, y ante Alemania, tierra romántica de mi infancia, y memoria de los orígenes de mis abuelos maternos. Siempre circulaba entre las conversaciones de los adultos este tema, sobre todo cuando vivíamos en Alemania. Predominaba un discurso de superación, por ejemplo cuando amigos alemanes enfatizaban en que hacer un saludo nazi en público es ilegal.

Al parecer, no era más que un discurso, porque ese mismo dolor y shock siento al ver las imágenes contemporáneas de neonazis fascistas marchando por Chemnitz, gritando “fuera inmigrantes”, ¡cazando refugiados! Me violenta hasta escribirlo.
Por experiencia, siempre tuve un resentimiento hacia los españoles y franceses, me parecía que tenían un tremendo sentimiento de superioridad colonialista como europeos, a diferencia de lo que viví en Alemania, siendo niña, porque nunca me sentí discriminada, exotizada quizás, pero nunca discriminada de forma negativa por ser latina. Tal vez mi ingenuidad me protegió de verlo, o tenía un buen círculo, no podría determinarlo. Pero al regresar al territorio europeo este año, lo que veo ahora es la realidad de un completo imperio colonialista que se niega a caer. Tanto es el chorreo de privilegios, que las portadas de sus diarios hacen más hincapié en el desagrado cotidiano que “sufren” por la creciente presencia de refugiados, que en el genocidio del pueblo sirio. Tanta es su comodidad, que se quejan del uso del turbante en las mujeres musulmanas, proponen proyectos de ley que lo penalizan, expulsan a mujeres de sus trabajos, discriminan constantemente, siendo que lo más mínimo que podrían hacer es darle una acogida solidaria a estas personas expulsadas de sus propias tierras, por las guerras que ellos mismos propician. Pero como diría Eduardo Galeano, este es el mundo al revés, donde los seres más privilegiados de la tierra son las víctimas, y las y los desplazados, criminalizados y exterminados.

Como feminista me duele afirmar, que Alemania ha hecho realidad la figura de la “feminazi”, mediante la organización de manifestaciones racistas que culpan a los inmigrantes de ataques sexuales, o cuando la diputada de la AfD Alice Weidel, afirma que la “invasión” de extranjeros pone en peligro los derechos de las mujeres. En su texto “El mito del violador negro”, Angela Davis explica que el movimiento sufragista, propio del feminismo blanco liberal, levantó acusaciones de violación contra hombres negros, para legitimar su linchamiento y para evitar que ellos obtuvieran el voto antes que ellas. La historia es cíclica, nazismo, fascismo y racismo nos inundan, a veces se sumergen, siguen latentes, y otras veces emergen desnudos.

Recientemente, cuando junto a mi pareja íbamos saliendo de recoger nuestras maletas en el aeropuerto de Berlín para salir a la ciudad, observé que la policía alemana detenía a algunas personas para solicitar pasaporte. Mientras las y los rubios altos pasaban por un lado tranquilamente, las y los morenos, fuimos detenidos y controlados en una selección abiertamente racista. Cuando la policía nos devolvió nuestros pasaportes, mi insoportable ira y deseo de protesta se intentó calmar y se tradujo en un antipático “ah, así que esto lo hacen solo con las personas de piel morena, ¿cierto?”. Fue tanto lo que se descolocaron y enfurecieron, que abriendo los ojos, con voz elevada, me respondieron una mezcla de explicación absurda, intento fracasado de autoritarismo y fascismo: “este es nuestro trabajo y aquí no hay nada que discutir. Y si no le gusta, se va de Alemania”. “Este es nuestro trabajo”, típica respuesta de la policía chilena cuando se le discute y no tiene ningún argumento. Y lamentablemente, la misma explicación que daban los guardias de las cámaras de gas en los campos de concentración nazi, durante los juicios posteriores a la guerra. Y luego, con su sugerencia de expulsión, el policía dio a entender que si no me someto a su opresión racista, no sirvo en este territorio, mismo territorio del cual escaparon mis abuelos maternos, siendo bienvenidos por el Estado blanqueante chileno, paradójicamente.

El discurso de superación del nazismo no ha sido más que eso y pienso que puede ser porque se ha disputado el símbolo del nazismo en sí, como si la misma esvástica o el saludo hitleriano fueran el problema de fondo. Arrestan a quienes levantan su brazo derecho, pero a la deriva quedan los inmigrantes “cazados” por alemanes fascistas y xenófobos, que no necesariamente adscriben al nazismo. En este hostil y peligroso contexto, donde el racismo está disfrazado y es una grave ofensa visibilizarlo -hasta para la policía- , queda luchar contra el sentido común blancocentrista, ese que dice que el lápiz color piel es un rosa pálido. Y a mi piel mestiza, morena, le toca reivindicar con orgullo a mi abuela paterna, Graciela, costurera del campo chileno y a mi tía abuela, Norma, tejedora, trabajadora doméstica, proveedora de cuidados, quien durante años fue migrante latina en los Estados Unidos, y escuchaba alegremente la canción “Ojos negros, piel canela”


Antropóloga, Universidad Alberto Hurtado