El tarot ha recogido dos grandes representaciones visuales de la muerte. La baraja de Cary-Yale muestra a un esqueleto andando a caballo sobre los cadáveres de ricos, pobres, mujeres, hombres, niños, e incluso animales, sin fijar su mirada en ninguno de ellos, sino en su camino. La carta de la muerte en la baraja de Marsella, por su parte, nos muestra al esqueleto portando una guadaña sobre un campo de trigo. En ambas representaciones, que datan de al menos el siglo XV, muestran a la muerte con sequedad y sin alegría, muestran principalmente una de sus características más destacadas a los largo de los siglos de Occidente, que se resume en la frase latina pulvis sumus et pulvis reverterimur. Polvo somos y en polvo nos convertiremos.

Hay un elemento común al momento de representar a la muerte que tiene relación con su dimensión igualadora: mientras la primera de las ilustraciones nos dice que todos mueren bajo los pies de La Muerte, ricos y pobres, mujeres y hombres, niños y perros; la segunda nos dice que todas las espigas de trigo son cortadas igualmente por la guadaña. La igualdad que no perdona y que no distingue, la muerte igualadora fue un tópico muy patente que se desarrolló durante la alta edad media, en gran parte por las pestes, cuyo efecto fue que las poblaciones convivieran de manera cotidiana con la muerte.

Sobre esa imagen de la muerte y su relación con la igualdad, el actor John Carroll Lynch dirige su primera película, Lucky. Nos cuenta la historia de una anciano que está en los últimos días de su vida, interpretado de manera sobresaliente por el icónico Harry Dean Stanton, quien moriría a los 91 años, casi al mismo tiempo que el filme fuese estrenado. El viejo, al que todos llaman “Lucky”, no padece mayores problemas de salud, tiene rutinas que lo mantienen conectado cada día y conversa al paso con los habitantes de un pequeño pueblo desértico en Estados Unidos. Lucky, un ateo que combatió en la Segunda Guerra Mundial, no se muestra abatido por la vida y menos aún atemorizado por la muerte, más bien se presenta con una consciencia humilde ante ese momento que se avecina. Y esa humildad le permite alejarse de las típicas figuras de ancianos ateos huraños que tanto ha trabajado alguien como Clint Eastwood, y al mismo tiempo acercarse a una figura de hombre solo.

Esa cuestión, la del hombre solo, es importante para Lucky. En una breve conversación de bar, con sus camaradas habituales, Lucky hace la distinción entre ser solitario y estar solo, dando cuenta que quien está solo, a diferencia del solitario, está abierto a reunirse y relacionarse de manera liberada con otros que están también solos. Diferente del solitario, encarnado en la figura del vaquero que recorre su camino sin compañía, fuera de toda comunidad posible. Es así como Lucky, un viejo que está solo, no tiene problemas en compartir un pito de marihuana con una joven negra, tomarse un café con un veterano de guerra de mayor rango que él, o ir a una fiesta mexicana y cantar junto a los mariachis el bolero Volver, volver, en un perfecto castellano, interpretando la escena más emotiva de la película.

Lucky ante la muerte no se vuelve un solitario, sino que se iguala con cualquiera a fin de conformar una comunidad, por pequeña que sea. Dicha igualdad se ve atravesada en el filme por una accidental intervención de David Lynch, el cineasta, quien interpreta a otro viejo que perdió a su tortuga llamada Presidente Roosevelt. Tanto Lucky como la tortuga Roosevelt están viejos y la muerte les respira de cerca, y pareciera que esa posición, de estar frente a la muerte, hace que la vida pierda sus metas y sus fines, hace que lo importante de la vida sea simplemente vivirla, algo que el filme de John Carroll Lynch destaca.

Pareciera que, con la muerte en frente, aparece la posibilidad infinita de los que están solos de juntarse. Y si lo pensamos de manera política, la muerte parece ser no solo la expresión máxima de la igualdad, sino la condición básica para el comunismo.


La mirada de los comunes