La primera semana de octubre nos trae un panorama quizás esperable, pero no menos impactante. El 4 de octubre (San Francisco de Asís), nos enteramos de la muerte de Alejandro Castro, quien, a todas luces asesinaron. Una pésima coincidencia; para el día del patrono de los animales nos tratan peor que animales.

Al igual que a Nicolasa Quitremán, Juan Pablo Jiménez y Macarena Valdés, a Alejandro lo mataron por luchar. No es de extrañarse que estos hechos sucedan en latino américa, donde más de 100 defensores medioambientales murieron en 2017 (Global Witness, 2017). Y, más allá de la cifra generalizada en el contexto, esto no sucede comúnmente en Chile, no obstante, sabemos que los intereses del imperio han fijado sus garras en nuestra tierra hace mucho, ¿Cuál será el límite de este depredador?

Esto se suma el casi indudable triunfo del extremista de derecha Jair Bolsonaro, quien supo capitalizar en los errores de la izquierda. Los dardos de Bolsonaro dieron en las bases éticas del discurso moral/emancipador de la izquierda, el cual cayó por su propio peso, pasando la izquierda a ser el pastor Gatica. Esta efectiva táctica entró de cajón en la (ir)racionalidad de la masa (Le Bon, 1895). Y en este sentido, la masa decantó en una racionalidad de fines antes que en una racionalidad de valores (Weber, 1976), es decir, fue capaz de condenar más enérgicamente los actos de corrupción, como faltas éticas, antes que los valores de un “fascista”, racista y homofóbico como Bolsonaro.

Ahora cabe preguntarse; ¿qué repercusiones tendrá la llegada del “fascismo” a la potencia más grande de Sudamérica?

Coloquialmente el “fascismo” ha vuelto, y no solo ha vuelto a Latinoamérica, en Europa las fuerzas de dicho corte ideológico sino gobiernan, son primera fuerza de oposición (a excepción de Inglaterra y Portugal). Un contexto más que preocupante, esta situación es alarmante. Y requiere algo más que radicalidad.

Sin embargo, no todas las propuestas que circulan en el medio de la izquierda chilena suelen dar respuestas. Ya nos acostumbramos a ir tras una mayoría ficticia que no tiene otra solución que creer en el discurso. Así se conmemoraban los 30 años del triunfo del NO, y la crisis de los 30 ya asomaba a la luz, llena de eufemismos, digamos las cosas por su nombre; la transición se pactó y los actores que realmente lucharon no llegaron al poder. El neoliberalismo se volvió la patria de muchos, mientras que la dignidad y los sueños de democracia se opacaron para el resto. 30 años y seguimos esperando la alegría ¿Qué hacemos? ¿Radicalizar las consignas, el discurso? ¿Pelear entre las fuerzas de izquierda por quien tiene la mejor tesis?

Y como el cliché de; “nadie es dueño de la verdad” ya es conocido como ley de empate discursivo, este, al mismo tiempo, esconde uno de los sentidos que más efectivos del (neo)liberalismo; el individualismo. La incapacidad de pensar como grupo es el gran triunfo de este sistema podrido (Chul Han, 2012).

Consecuentemente, quienes han logrado pensar de tal manera, se les persigue, más aún si tocan los intereses del capital, se les elimina porque se les sabe portadores de la verdad. Esa verdad doliente no significa volcarse sobre el sistema político y cambiarlo radicalmente, significa cambiar el sistema en sí.

Hoy por la vía democrática se eligen a fascistas, hoy por la vía democrática las mayorías no son sino expresión de la profunda alienación en la que el neoliberalismo nos ha sumido, hoy no basta con radicalizar la democracia. ¿Entonces, qué?

Queda luchar, pero no luchar desde las simples palabras. Alejandro, al igual que Nicolasa, Juan Pablo y Macarena, lucharon desde la acción y eso les costó la vida. Porque sí; “morir luchando” es la consigna, entonces que nos maten a todos y todas antes de seguir viviendo en esta realidad enferma. Y formas de lucha las hay; nuestros hermanas y hermanos argentinas paralizan su país frente a políticas inhumanas de su gobierno, los hermanas y hermanos peruanos sacaron a un presidente corrupto del poder, mientras que otros eligen un camino pasivo.

Finalmente; ¿Cuál es la respuesta? Ganarle a la democracia y radicalizar la dignidad.


Estudiante de Derecho UAI