Nos hemos reunido hoy para despedir los restos del maestro Vicente Bianchi Alarcón, músico de autenticidad, versatilidad y productividad incomparable, quien ha muerto mientras vivía ya su nonagésimo noveno año y que nació el mismo día que Mozart, aunque 164 años después.  Fue, sin duda, el principal músico chileno durante casi un siglo de vida, que fue alegre, modesta, generosa y colmada de logros.

Don Vicente fue un compositor de extraordinario talento creativo: compuso piezas de esa música que algunos creen exaltar llamándola “docta”. También piezas de jazz, como el celebrado “Abejorros”, que nada tiene que envidiar a las famosas composiciones de Gershwin. Musicalizó boleros de autores diversos. Compuso tres Misas. Transformó en tonadas las cuecas que Neruda incluyó en su Canto General, comenzando por la dedicada a Manuel Rodríguez, el “príncipe de los caminos / hermoso como un clavel…”. Así la poesía del vate se difundió en el pueblo chileno, que era la ambición máxima del futuro Premio Nobel. De esta manera Bianchi ganó la amistad de Neruda.

Fue el inicio de una colaboración fértil, cuyo último fruto fue ese waltz vallecentralino llamado “Las noches de Chillán”, con el que ganaron el Festival de Viña del Mar en 1986. Tuvo por amigas, entre otras, a las destacadas actrices, cantantes y compositoras chilenas Ginette Acevedo, Carmen Barros, Margot Loyola, Violeta Parra y Liliana Ross. Su educación formal comenzó en el Liceo Experimental “Manuel de Salas” y continuó en el Conservatorio, también de la Universidad de Chile.

Su amigo desde la juventud de don Vicente, el entonces locutor Jorge Orellana Mora, Cucho Orellana, padrino de su primogénito, decía que era el único hombre capaz de enamorarse sentado. Se refería a que, contemplando a la cantante a quien acompañaba al piano, don Vicente caía, como se decía entonces de la pasión amorosa, “envuelto en llamas”. Así le ocurrió, elijo con cuidado mis palabras, hasta que en 1948 conoció a la gran cantante antofagastina Ely Murúa, su mujer de largas décadas y madre de los tres hijos que son sus deudos directos aquí presentes: Alejandro, Silvana y Bernardita.

Más allá de Alejandro, Silvana y Bernardita, todos los chilenos somos deudos indirectos de don Vicente Bianchi Alarcón. Fue el músico chileno más versátil, prolífico y exitoso del siglo 20. Pero, por otro lado, después de Víctor Jara, fue también el músico más maltratado por el Estado de Chile. Durante décadas don Vicente sufrió la decepción de no recibir el Premio Nacional en diecisiete ocasiones (cuando era llamado “de Música” y, más tarde, cuando se apellidaba “de Artes Musicales”). Este oprobio fue causado por el fenómeno que Lucy Oporto Valencia, filósofa residente en Valparaíso a quien don Vicente y doña Ely conocieron, bautizó como “mezquindad organizada”. Apoyados en la tesis absurda, es decir, inteligible pero ridícula, de que el referido premio estaría reservado para los cultures de “música docta”,  el maestro Bianchi fue preterido. Como si los más excelsos compositores de música clásica hubiera buscado inspiración en algo distinto de la música popular.

Gracias a la entonces Jefe del Estado, al entonces Rector de la Universidad y a los miembros del jurado para el Premio Nacional de Artes Musicales, don Vicente recibió en 2016, por fin, el galardón que mereció haber recibido, diez, quince, tal vez veinte años antes. Estas fueron, por cierto, buenas noticias para él. Su Patria, a la que don Vicente, como Balmaceda, “amó por sobre todas las cosas”, no lo había olvidado. Pero fueron aún mejores noticias para todos nosotros, sus deudos indirectos. No tendremos que vivir en un Chile que en el que Vicente Bianchi Alarcón, a pesar de haber recibido ya múltiples premios y distinciones chilenas, argentinas y peruanas, hubiera muerto sin recibir el Premio Nacional.

Fue un miembro rutilante de la bohemia santiaguina de los años 40 y 50, participando en tertulias en el departamento de su compadre Cucho Orellana con, entre otros, Luis Álvarez (el “Tenor de la Raza”), Carmen Barros, Victoria Benado, Leopoldo Castedo, Francisco Coloane, Malú Gatica, Julio Lanzarotti, Mireya Latorre, Margot Loyola, Augusto Olivares, Desiderio Papp, Aníbal Pinto Santa Cruz, Malucha Solari, Enrique Soro, Rolando Soto, Arturo Soria, y las hermanas Sonia y Miriam von Schrebler.

También brilló en Buenos Aires. Ahí conoció a Atahualpa Yupanqui, el gran compositor y guitarrista argentino que, más tarde, fuera el pionero en popularizar el folklore sudamericano en Paris. También a Ariel Ramírez y Aníbal Troilo. Todo esto mientras su carrera avanzaba en la radio El Mundo de Buenos Aires. Vivió luego con su familia en Lima, donde tuvo también grandes éxitos. Fue amigo de Chabuca Granda y otras figuras peruanas destacadísimas. Chabuca alabó su versión de “La flor de la canela” como la más lograda. Y su composición “Peruanita bonita” es emblemática hasta hoy en la tierra del Rimac.

Don Vicente y su compadre Orellana impulsaron también en sus inicios de la carrera de tantos otros artistas jóvenes, como el incomparable Lucho Gatica, cuyo primer éxito en Chile fue el bolero “Esa noche”, que tiene música del primero y letra del segundo.  La generosidad de don Vicente se extendió a muchas personas e instituciones. Formó coros y orquestas así como compuso himnos para municipalidades, liceos y centros culturales.  Y por todos estos motivos, despedir hoy al querido maestro Bianchi es también una celebración de los logros de su dilatada existencia.

Al ordenar duelo nacional por la muerte del maestro Vicente Bianchi Alarcón, S.E. hizo justicia. Interpretó el sentimiento de muchos chilenos. Todos los Premios Nacionales son iguales, pero algunos son más iguales que otros. Por este motivo, hoy nuestras banderas ondean a media asta. Adiós, maestro.


Académico Universidad de Chile y Autor de Educar es gobernar. Orígenes, fulgor y fines del triestamentalismo (Orjikh 2016)