Desierto (Narrativa Punto Aparte 2018) es la segunda novela de Daniel Plaza. El corredor (2011) le había abierto sin estridencias la puerta a la narrativa chilena, pero me atrevo a decir que con Desierto, entra con paso firme y voz potente a la actualidad literaria.

Narración de un mundo netamente urbano, de los alrededores de la plaza, del complejo comercial El Dársena, del bar El Foro, el hotel Preludio, el locutorio, la palabra “desierto” es una metáfora, que usado sin artículo, sin adjetivación, así a secas, representa la narratividad de un mundo yermo, infértil. Un desierto sin horizonte, sin destino. La novela es eso, un baldío humano, reseco, donde no hay mas que desconfianza, donde cursan su vida emigrantes solos, extrañados de su tierra como lo enuncia el nombre de una mujer que comparece furtivamente en la novela. Solitaria.

Con referencia a la situación global más urgente del siglo XXI, la emigración, Daniel Plaza construye un relato que podría situarse en la novela negra, pero que la excede: un policía y un crimen no bastan para dar cuerpo a una novela policial, más bien el crimen solo cumple la función de un señuelo, para introducir la lectura a la marginalidad de un sector social excluido, donde todo puede ser posible para resolver existencias de precariedad extrema.

Estructurada en 4 capítulos, en cada uno una voz interior se dirige a otro que podría ser el lector o la lectora, pero también sí mismo. Voces que representan hablas sociales del escepticismo, la explotación, la desesperación y la despertenencia, que no alcanzan a construir una trama narrativa, sino más bien enuncian roces, frotes entre intimidades abatidas por el mismo mal. Sujetos en devenires minoritarios hablan desde una total falta de poder, feminizados, transmiten toda la concentración del poder sobre sus cuerpos.

Las voces de los varones convergen en “el cuerpo del delito”, Nina, la mujer asesinada, cuerpo en disputa alrededor del que circula el deseo; es el signo en que se unen las voces masculinas. Ella concentra la precariedad y la máxima minoría, que se manifiesta en la violencia extrema, en la brutalidad de un femicidio del que no sabremos ni su causa ni su condena.

Las últimas palabras con que se da fin a la narración dejan abierto el caso y la novela. Aunque podría leerse en clave policial, el lenguaje utilizado no es el propio de ese tipo de narración, más bien advierte a la lectura otro punto de atención, que no va por el esclarecimiento de un crimen, ni por alimentar el interesante y misterioso mundo de la novela negra, tampoco por descubrir el misterio del alma de un asesino, ni menos por la construcción de un héroe escéptico como suelen ser los detectives. Este comparece como la primera voz de esta polifonía con la ironía de mostrar su falta de capacidades para el trabajo: asqueado, vomita cada vez que ve sangre y, distraído, no advierte cuando un revolver lo apunta directamente.

El relato no va por los meandros del género ni en su versión clásica, ni en una versión neo, aunque el hotelucho miserable y el encuentro del cadáver detrás de la cortina de la ducha, cite a Norman Bates en el film Psicosis de Alfred Hitchcook. Todo sucede en un barrio relativamente normal donde circulan emigrantes con deseos de integrarse al trabajo y comunicarse con su familia. ¿Por dónde va entonces esta novela?, ¿cuáles son los sentidos que la sitúan tan radicalmente conectada con la temporalidad presente, con la crisis de una sociedad que sitúa en las voces de quienes hablan una depurada representación de un mundo desierto de humanidad y donde el crimen está más bien representado en las formas de su organización: discriminación, desigualdades, desprecios, violencia, falta de oportunidades?

Quizás el verdadero crimen que la novela enuncia es otro, el de un sistema que depreda el alma y la vida de quienes están excluidos de sus ofertas. El lugar de los hechos sin nombrarse es Chile, hay un norte y un sur que reconocemos, hay una plaza que podría ser la Plaza de Armas de Santiago, pero también cualquier plaza de cualquier ciudad globalizada. Los habitantes referidos por quienes hablan somos nosotros, los chilenos representados por la voz del hombre del locutorio, al decir, “Este trabajo es una mierda Manuel… A nadie debiera tratársele de esta forma. No nos miramos siquiera. Lo que nos toca vivir nos convierte en monstruos (…) No nos merecemos tal trato. Pero es lo que tenemos y lo necesitamos. En este país lo saben, lo saben y lo usan. No tenemos otra cosa. Por eso nos rechazan y sin embargo nos aguantan. Porque el trabajo que hacemos les sirve. Ellos hacen como que no se enteran de nuestra presencia y nosotros guardamos silencio y tratamos de pasar desapercibidos, invisibles a sus ojos”.

Desde la fantasía de pertenencia a un mundo que los desprecia y excluye, las voces de los migrantes nos muestran nuestro propio desconocimiento de una realidad que nos atañe y nos nombra. Voces que construyen un retrato social alarmante. Cada una vive en el aislamiento, en la humillación, en un malestar que contamina, en el padecimiento, la desconfianza y falta de comunicación. Sin caer en la denuncia o en una actitud moralizante, ni menos ceder al sentimentalismo, la novela podría ser un exacto catastro de los signos que dominan la actualidad.

El lenguaje de Desierto funda su eficacia en el trabajo de escritura, en la literariedad de una prosa certera, poco adjetivada y sin adornos, la frase corta, seca –como el desierto humano en que se mueven los personajes– hace ingresar en cada fragmento narrativo, densidades que penetran punzantes el espesor de la historia que cada voz narra. De este modo las experiencias de los cuatro personajes, como coro revelador de una verdad oculta, sitúa en lo público los ocultamientos de los relatos mediáticos, de los coloridos mundos televisivos, donde engañosamente se difunden las promesas que nunca se verán cumplidas.

Desierto
Daniel Plaza
Narrativa Punto Aparte
96 páginas
Precio referencia $8.000

Raquel Olea